Vivimos en una época que le rinde culto a lo que se ve, como si lo visible fuera lo único que existe. Cuerpos perfectos, pieles lisas, fotos que duran segundos pero buscan aprobación eterna. Se invierte tiempo, energía y hasta identidad en algo que, inevitablemente, está de paso.

Y no es que esté mal disfrutar del cuerpo. Habitarlo, cuidarlo, celebrarlo… eso es parte de estar vivo. El problema empieza cuando se convierte en lo único que define el valor de alguien. Cuando la mirada ajena pesa más que la propia esencia. Cuando el espejo tiene más autoridad que la historia que llevás dentro.

El tiempo no pide permiso. Avanza igual para todos, y lo que hoy parece permanente, mañana cambia. La piel se transforma, la fuerza se modifica, las formas mutan. Y en ese momento, muchos se quedan sin saber quiénes son, porque apostaron todo a algo que no podían sostener.

Lo que queda no es lo que se ve. Queda cómo hiciste sentir. Queda lo que pensaste, lo que construiste, lo que diste. Queda tu forma de estar en el mundo.
Lo superficial grita, pero lo profundo permanece en silencio y dura mucho más.

Tal vez la pregunta no sea cuánto dura un cuerpo, sino qué hiciste mientras lo habitabas. Un envase vacío vale menos que uno lleno.

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