La noche se despliega sombría, envuelta en una llovizna persistente y esa bruma espesa que emana del suelo como el descanso de un día de sol intangible. Allí, contra el horizonte liso, se yerguen los muros de piedra de la penitenciaría más insigne de la región; el destino final para quienes el mundo ha decidido no volver a nombrar públicamente. Las luces, intimidantes y de un brillo crudo, barren la cortina de oscuridad buscando rastros de fugitivos imposibles, pero también aguardan que nadie se aproxime; a este recinto no se llega por voluntad, aquí siempre se entra por invitación del infortunio.

El Castillo, así lo bautizaron los lugareños con un respeto nacido del espanto, y así lo llaman los hombres de celda, pues su estampa es la de una fortaleza antigua varada en una era que no le pertenece. Es una muralla de cuatro lienzos gruesos, mampostería de unos metros de espesor escoltada por ocho torres que se elevan tres metros por encima de los seis de los muros infranqueables. Se erige en medio de una pradera solitaria, un campo llano de sembrados extensos y monótonos que parece contener el mismo paisaje de varias partes del mundo y todas las épocas de la historia. Por la única ruta de tierra que conduce hasta ella avanza el transporte, llevando a un habitante más de la perpetuidad hacia su único portón. Cuando se cruza ese umbral, la entrada se vuelve la única salida; un portal que solo se abre para recibir la carne de nuevos reos. Nadie escapa de allí; sus pobladores son “los perpetuos”.

En ese transporte llega el último de los hombres que este lugar conocerá. Lo llaman El Gitano, pero en otras vidas lo llamaban por otro nombre, su nombre. No es un simple apodo, sino el título de su estirpe nómada: es un recolector de historias que ha cruzado fronteras de naciones; esas fronteras que juegan como paso de un tiempo a otro, donde al cruzar sientes que vas muchos años hacia adelante o hacia atrás. Esa sensación de sentir que donde llegas será mejor porque tienes futuro es un espejismo; él recorrió muchas veces el mapa y lo vio cambiar tanto en sus límites como en sus pasos.

Fue ladrón cuando el hambre era ley y estafador cuando la supervivencia lo exigía, pero hoy llega aquí no por nada de aquello, sino por haber puesto todo ese ingenio al servicio de una causa justa; siempre fue, es y será un excelente comerciante. Es conocido en los pasillos de la justicia, respetado en el mundo del hampa e incorrectamente querido por Pedro en las puertas del paraíso.

Mientras el camino se agota, el corazón le pesa con el lastre de la memoria. Evoca los años en que su astucia arrancó a multitudes de las garras de hombres que se creían superiores; seres que ocultaban su propia pequeñez bajo el manto de la tiranía. Recordaba todo aquello mientras la ruta hacia su destino final se hacía más breve, tan breve que finalmente se había detenido. La reja cuadriculada se abre con un lamento de hierro para dar paso a una construcción minimalista, de un estilo funcional y gélido, con ventanas tan ínfimas que parecen heridas cerradas en el cemento. De allí ningún hombre escapa; el impacto contra el suelo gris sería tan letal que, si la parca no te alcanzara en el acto, lo haría pocos días después en una agonía silenciosa.

—Por fin veo mi última morada —susurré para mis adentros, mientras el aire rancio y viciado de la galería me acariciaba el rostro—. He vivido más de un siglo, aunque mi apariencia es la de un hombre de cincuenta años desde hace ya cinco décadas.

Llegué aquí a buscar la paz que la libertad me negó. He venido a buscar descanso en este nido de miseria humana, entre gente que recorrió mis mismos senderos pero para alimentar sus propias sombras. La quiromancia, las líneas de mi mano que han visto pasar imperios y desmoronarse regímenes, marcaba con claridad este destino: aquí debía salvar al único inocente que habita estas sombras, y aquí, finalmente, la quietud me encontraría a mí.

Aislado, solo busco la compañía del silencio y el refugio del perfil bajo. Mi única consejera es la observación, ese arte que se perfecciona cuando se ha visto demasiado y se ha callado aún más. Mis ojos, cansados después de un siglo y frágiles ante la mirada de estos hombres —algunos de los cuales visten el mismo uniforme desde antes de que el mundo se rompiera en mil pedazos—, me han permitido desarrollar una intuición casi animal hacia la chispa de bondad. Pero aquí, en el corazón del Castillo, la bondad es un idioma que ni los guardias recuerdan cómo hablar.

Una noche, en la penumbra de mi calabozo, leo La Caverna. Mis ojos recorren las páginas mientras observo las sombras proyectadas contra la piedra; son ellas, caminantes dependientes de su ser, eternas enemigas de la luz que solo existen para imitar las formas.

—Así es, son los refugios de los demonios —una voz rompe el silencio, seca y profunda.

El estruendo metálico de muchas llaves girando en la cerradura precede al chirrido de la puerta al abrirse. El hombre me extiende la mano con un gesto que no pertenece a este lugar de ruidos secos y órdenes gritadas.

—Me presento: yo soy Pedro Pascal López Salvago.

Se produce un silencio denso, coronado por una sonrisa breve y un apretón de manos fuerte, de esos que buscan confirmar que el otro todavía es de carne.

—Hijo de esta tierra, pero nieto de la que está del otro lado del océano.

Hubo una pausa, un vacío de silencio en sus palabras mientras dejaba de mirarme para clavar la vista en la ínfima ventana. Terminó su oración con la melancolía de quien anhela un recuerdo que no le pertenece.

—Dime, Melquíades, ¿cómo una persona como tú llega a este lugar? Eres un ser cuasidivino de nacimiento —preguntó Pedro mientras sus botas marcaban un ritmo monótono sobre el cemento de los pasillos.

Caminábamos por las arterias de la prisión. Noté que el lugar sumergía sus muros en una tranquilidad extraña, casi antinatural. Todos dormían; una paz pesada, espesa como el aceite, se filtraba por las rendijas de los calabozos, que permanecían sumidos en una oscuridad absoluta. No había gritos, ni el eco de los lamentos que suelen habitar estos antros. Indefectiblemente, lo detuve con una pregunta.

—Antes de contestar a la tuya, quiero saber qué sucede aquí. ¿Cómo es posible que reine tanto silencio en este sitio?

Pedro se detuvo. Me miró con una fijeza que parecía atravesar los siglos que cargo en mis manos y sentenció:

—Es que esta no es una prisión cualquiera, Melquíades. Esta es la prisión de los arrepentidos. Aquí solo llegan los que han sido invitados por su propia culpa. Los guardias estamos porque así debe ser, pero nadie intenta escapar; de aquí nadie se va, si no es por mano de la muerte. Aquí los culpables buscan y ayudan en los sueños. Los condenados son almas arrepentidas que intentan hallar el perdón a través de las almas que salvan mientras el mundo duerme.

—Pedro, tú me preguntas qué hago aquí. Bueno, vengo a ayudar a un amigo que en su lecho de muerte me pidió que salvara a su hijo —continuamos caminando.

—Sé a quién te refieres, pero no es tan así. El hijo de tu amigo ahora se encuentra recorriendo el camino contrario al de su padre. Hace mucho tiempo llegó a este lugar, pero siempre su senda estuvo ligada a la perdición, y así se fue.

La caminata terminó en el mismo lugar donde inició: la puerta de la celda.

—Tú ahora deja de leer el libro y duerme. En tus sueños nos encontraremos y ayudaremos a tu amigo.

Ingresé a la celda y, sin más preámbulos, me recosté y me cubrí. La noche terminó para darle paso a las primeras horas del día, esas que llamamos madrugada, y como Pedro había profetizado, él estaba en el sueño.

—Acá estamos. Y tu amigo te pidió que salvaras a su descendencia, no a su hijo.

Así fue como llegaron hasta los sueños de una niña de solo seis años. La pobre duerme sin poder hacerlo plácidamente; tiene que hacerlo con la mitad de los sentidos despiertos, buscando escapar de las manos de la mujer que le dio a luz y a quien no le importa, tal como lo hizo su padre en su momento.

El Gitano se despertó transpirado. Ahí estaba Pedro.

—Debo ir por ella.

Pedro le contestó: —Acá se ayuda desde los sueños, pero de acá no se puede salir. Cuando eres un condenado del Castillo, solo la muerte te deja marchar.

—Bueno, Pedro, ya nos veremos en las puertas del paraíso en poco tiempo.

El calabozo estaba abierto. Melquíades caminó hacia el patio y allí encontró al más viejo de los hombres del lugar. Él no se dejaba llevar por las apariencias, sino por lo que emanaban las almas, y aquel hombre no tenía.

—Tú estás acá porque me esperabas. Yo tengo algo que tú quieres y tú eres el único que puede sacarme de aquí.

El viejo lo miró a los ojos; la muerte es muda, solo habla desde la mirada. El Gitano sacó de su bolsillo un denario y se lo arrojó al piso como quien no lo quiere. Cayó a unos pocos centímetros de los pies de la Muerte, que en su disfraz de manos arrugadas lo levantó y lo besó. Lo tomó de la mano y lo llevó hasta la habitación de la niña que se encontraba sola. A través de ella, la Muerte le dijo:

—La moneda era el motivo de tu vida tan larga; tú lo sabías y me la has devuelto. Sé que tu causa es noble, es por ello que tienes hasta que la luna llena llegue a este firmamento para salvar a esta niña; luego de ello, vendré por ti.

La niña volvió en sí y lo miró con miedo, como a todos los hombres que llegaban a su habitación, pero a él, con sus muchos años e impronta, no le costó mostrarle que venía en su ayuda. Dejaron la casa y caminaron por las calles de una ciudad majestuosa donde se hablaban muchos idiomas. Él sabía que a la próxima noche su tiempo habría terminado. Buscaron refugio y recordó que no muy lejos de ahí estaba el lugar perfecto para ella, pero que la distancia sería larga.

Sin perder más tiempo, tomaron un bus que los llevaría a ese lugar. Llegaron en el crepúsculo, pero quedaban varios kilómetros para alcanzar la casa de los que podrían hacer feliz a la niña. La noche empezaba a vestir el firmamento. Él tomó a la niña, la cargó y corrió lo más que pudo. Ya se veía la casa a lo lejos, pero la luna completa se presentó en el firmamento y su fuerza empezó a menguar. Tuvo que bajar a la niña y cayó de rodillas; su apariencia ahora era la de un hombre viejo al que la vida iba abandonando.

Ahora, a su lado, estaba un hombre elegante y joven, de unos treinta años. Lo miró y le dijo a través de la niña: —Tu intención fue buena, pero no has llegado.

Pero el buen Gitano, sabio por viejo, sacó con sus pocas fuerzas un clavo de su bolsillo: era el de la muñeca derecha de Cristo.

—Te doy esto, pero solo si llevas a la niña hasta la puerta de esa casa y la proteges hasta el último día de su vida.

La Muerte miró el clavo y no pudo negar el ofrecimiento. Tomó el cobre torcido y aceptó. Él cayó en ese camino olvidado de tierra y la Muerte, sin tocar a la niña, la llevó hasta el umbral de aquella casa donde fue acogida como una pérdida para luego ser bendición. Ese mismo día, pero un año antes, ellos habían enterrado a su único nieto.

El Gitano despertó en el calabozo y allí estaba Pedro esperándolo. —Es hora de que nos vayamos…

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