
Alex era un obrero inglés fornido de hombros anchos y manos fuertes. Su jornada laboral solía terminar con algunas cervezas en el pub del pueblo. Su vida era tranquila junto a su esposa Jessica y su perro Fatmax; jugaba squash los sábados a las 3:00 p.m. y tomaba el té a las 5:00 p.m. Su casa era de las antiguas de los pueblos de Inglaterra, la compró a buen precio a Neville Staple, cantante de The Specials, una de las bandas preferidas en su juventud.
Alex era un melómano incansable, fue seguidor de bandas como The Cure, The Smiths, The Clash. Le encantaba disfrutar las vacaciones con su esposa, la buena comida, las cenas con amigos y las largas noches en el pub. “Una más”, eso fue lo que le dijo a su compañero en la obra aquel día del accidente y ese movimiento cambió su vida para siempre. El vuelco de la máquina con la que aplanaba el asfalto dañó los tendones de su brazo derecho y su vida cambió por completo.
El mundo de Alex se detuvo en cámara lenta, los amigos y la familia se evaporaron como los sábados de squash. Sin poder conducir ni nadie que lo visitara, se fue convirtiendo en el olvido de todos. Los fuertes dolores del brazo no lo dejaban descansar así que prefería quedarse hasta la madrugada viendo la tele. Más de una vez, hipnotizado por las ofertas de la pantalla, terminó comprando cosas inútiles. Pasaron cinco años de este encierro y aislamiento, y se prometió que la vida, se los tendría que devolver. Tras la separación definitiva de Jessica y la venta de la casa, Alex encontró en ese dinero el tiquete de salida para una nueva vida.
El reemplazo a esos días grises de su pueblo lo encontró en un folleto de una agencia de turismo. El nombre brilló ante sus ojos ¨Santa Marta, Colombia, un refugio tranquilo frente al mar¨. Pero lo que no sabía él es que el Caribe colombiano es alegre y no pide permiso para hacerse escuchar.
Aterrizó en Santa Marta con su camisa de lino impecable y la determinación de quien va a nacer de nuevo. En una vieja casa del centro, vio la oportunidad para empezar un proyecto; después de todo, él sabía cómo construir casas. Mientras intentaba nivelar los ladrillos con su brazo lesionado, el ambiente acalorado se mezclaba con el grito continuo del carretillero de aguacates, el pitico constante de los mototaxis y el bajo fondo que dejaban las canciones de vallenato y reguetón en el picó de su vecino Humberto. Su sueño de paz y silencio, se transformaban día tras día en una tortura rítmica.
Pasó un año así resguardándose en su casa como en una trinchera, disparando canciones en inglés para no escuchar el ruido afuera. Le encantaba escuchar London Calling del grupo británico The Clash, ahora su himno: “Londres llamando a las ciudades lejanas. Ahora la guerra está declarada…”
La hipersensibilidad a los sonidos lo perseguían, el simple mordisco de una manzana, el sorber de alguien o los bajos tortuosos de música que no entendía a medianoche eran su mayor tortura.
Un día quiso ir al mar, pero en cuanto llegó, un yate se ancló frente a él con una turba de turistas con cavas de licor y encendiendo una música inentendible. ‘Oh, for fuck’s sake’, dijo mientras su piel iba cambiando a un color rojo camarón. En el camino a casa, su porte de extranjero lo delataba a metros de los vendedores ambulantes: ‘¡Ey, Gringo! ¿Buscas habitación?’, ¿Amiguito, buscas almuerzo? Y escapando del acoso entró a un restaurante popular, solo para quedar atrapado junto a una familia del interior; el padre sorbía la sopa con exageración, el hijo devoraba el pescado relamiendo sus dedos y la novia, masticaba chicle con un chasquido rítmico que parecía ser todo un cuadro grotesco de mala educación.
De regreso a casa, Alex ya no se sentía bien, su mandíbula se movía de lado a lado, uno de sus ojos temblaba, sus palpitaciones se hacían más fuertes. Sintió un calor subirle por el cuello, pero no era el calor de la Costa, era la furia contenida.
Abrió su puerta de un solo golpe, el vecino, con una sonrisa de oreja a oreja, lo vio y levantó el brazo para saludarlo, mientras rechinaba la mecedora: «¡Epa, míster! ¿Ajá, y esa cara? Los pulmones de Alex se inflaron con el aire caliente de la costa y soltó un grito que pareció detener el tiempo, el viento y hasta las olas del mar:
— «¡SHUT THE FUCK UP!» JUST…. ¡SHUT THE FUCK UP!
Para Alex era una guerra declarada, así que encendió su picó y a todo volumen le puso al barrio “London Calling”. El vecino se quedó con el saludo en el aire. Doña Gladys quien manejaba la tienda del barrio tiró la escoba. Entonces Humberto soltó una carcajada que retumbó más fuerte que su propio picó.
— «¡Ajá, Míster Alex! —gritó, dándole una palmada en el hombro y una cerveza helada tratando de suavizar la situación— ¡Cógela suave!
Doña Gladys, recuperada del susto: — «¡Eche, no joda Sr. Alex, ese picó si que suena!
Alex miró la botella, miró a sus vecinos, que lo rodeaban con una curiosidad genuina y afectuosa y allí comprendió su nueva vida: en Santa Marta, el silencio no era una opción, y su rabia de inglés era simplemente un nuevo ritmo para la fiesta. Suspiró, sintiendo cómo se derretía ante el calor del Caribe. Tomó la cerveza con su mano buena, le dio un trago largo que le heló el pecho y, por primera vez en años se sintió ser parte de algo.
— «Cheers”—susurró Alex, dejándose caer en una mecedora vacía mientras el picó volvía a encenderse, esta vez con una canción de Humberto. Alex sólo pudo esbozar una sonrisa media y descubrir que la guerra continuaba y en medio del vallenato sabía que era más fácil perderse como el “gringo” ruidoso que estar en silencio como un inglés solitario.
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