Apuntes para la historia de la SGM (X)

Apuntes para la historia de la SGM (X)

El desembarco de Normandía

Tras la
derrota del VI Ejército alemán en Stalingrado (31 de enero 1943) y
la rendición incondicional del ya mariscal Friedrich von Paulus, los
temores que Hitler sentía acerca de un segundo frente en el Oeste de
Europa le obligaron a transferir a Francia algunas unidades del
escenario ruso, debilitando aún más las fuerzas de la Wehrmacht,
que tan sólo en Stalingrado habían perdido hasta 220.000 hombres,
incluyendo los 91.000 prisioneros capturados por los soviéticos.
Como todos sabemos, la batalla de Stalingrado significó un antes y
un después para las armas alemanas y precipitó el ocaso del Tercer
Reich.

Antes
de este triunfo de los soviéticos y durante más de dos años
seguidos, Stalin presionó a los aliados para iniciar ese segundo
frente, pero conscientes de las enormes dificultades para entreabrir
una brecha en la Europa fortificada por los alemanes, británicos,
canadienses y norteamericanos seguían preparándose a conciencia,
acumulando hasta dos millones de hombres que esperaban en Inglaterra
el momento propicio para asaltar el continente. Entretanto,
convertida la isla en un vasto campamento y arsenal militar, las
fuerzas aéreas estratégicas machacaban día y noche todas las vías
de comunicación de Francia y Bélgica, al tiempo que bombardeaban
las ciudades alemanas y demolían en parte la poderosa industria
germana, con el objetivo de debilitar todas las defensas levantadas
por los nazis.

Consciente
de todos estos preparativos, el mariscal de campo Karl Rudolf Gerd
von Rundstedt (1875-1953), responsable de todas las fuerzas alemanas
de Occidente, contaba con 61 divisiones, nueve de ellas acorazadas,
para rechazar la invasión aliada y defender los mil kilómetros de
costa existentes desde Holanda al golfo de Vizcaya que su segundo, el
también mariscal Erwin Johannes Rommel (1891-1944), había
fortificado con un vasto muro de hierro y cemento que la propaganda
nazi anunciaba como la inexpugnable Muralla
del Atlántico.

La misma estaba compuesta por fortines, bunkers, reductos artilleros,
campos de minas, alambradas y zonas batidas por los nidos de
ametralladoras y morteros, además de las zanjas y obstáculos
antitanques dispersos por todas las playas y posibles accesos para un
desembarco de tropas aliadas. Rommel aprovechó los recursos de armas
y piezas artilleras de gran calibre existentes en las antiguas líneas
Maginot (francesa) y Sigfrido (alemana), que la evolución de la
guerra había dejado obsoletas, e incluso sembró de minas navales
las aguas costeras y las tachonó de obstáculos, formados por el
cruce de vigas y raíles de hierro, además de inundar y minar los
campos de la retaguardia como medida de seguridad contra los asaltos
de las tropas aerotransportadas. Instalando, por ejemplo, centenares
de postes telegráficos minados contra los que se estrellarían
muchos planeadores.

Las
divisiones alemanas se distribuían en dos Cuerpos de Ejército. El
primero, denominado B, estaba a las órdenes de Rommel, incluyendo el
88 Cuerpo de los Países Bajos, el 15 Ejército desplegado en el Paso
de Caláis y el 7 Ejército en Normandía, mientras que el segundo,
denominado G, quedaba al mando del general Johannes von Blaskowitz y
se desplegaba por la retaguardia francesa. Sin embargo, las
discrepancias existentes entre ambos mariscales terminarían por
favorecer a los aliados, sumadas a la batalla clandestina que ya
libraban los comandos de la Resistencia francesa contra la ocupación
alemana.

Rundstedt
opinaba que no disponía de tropas suficientes para defender esos mil
kilómetros de costa atlántica y sabía que muchas de sus divisiones
habían sido reclutadas a la fuerza en países subyugados por los
nazis. Además se mostraba crítico respecto a la Muralla
levantada por Rommel, que para él carecía de profundidad y la
superficie necesaria. Su plan consistía en mantener las mejores y
más experimentadas divisiones junto con el grueso de sus fuerzas
blindadas a retaguardia, en algún lugar bien apartado de la costa,
para lanzarlas contra las tropas aliadas cuando estas hubieran
desembarcado dando la cara. Rommel, por el contrario, estaba
convencido de que la batalla decisiva se libraría en el asalto
inicial, e insistía en que la guerra se ganaría o se perdería
peleando en las playas del desembarco.

El
Zorro
del Desierto

y héroe del Afrika
Korps,
sabía
que la gran superioridad aérea de los enemigos impediría el
movimiento de sus fuerzas y blindados situados en esa reserva
estratégica propugnada por Rundstedt, por ello propuso al Alto Mando
de la Wehrmacht la concentración de las fuerzas acorazadas bajo su
mando en posiciones seleccionadas, de forma que estuvieran próximas
para cerrar las brechas que se produjeran en la Muralla
del Atlántico.

Llevado de su prestigio, Hitler apoyó a Rommel en un primer momento
con su Directorio
nº 51,

ordenando que los aliados fueran arrojados al mar tan pronto como
pisaran la costa. Sin embargo, Von Rundstedt acabó saliéndose con
la suya, agrupando las divisiones Panzer
alejadas de la costa en el interior de Francia, prestas, en teoría,
para taponar cualquier brecha que se produjera en esa larga Muralla
atlántica.
Cuando
quisieron movilizarlas y acudir a dónde se necesitaban ya era tarde.
La distancia a cubrir, la superioridad aérea aliada y el mucho
terreno ganado para entonces por el enemigo, impidieron a Rommel
abortar el desembarco.

Por
su parte, el general norteamericano Dwight David Eisenhower
(1890-1969), quien había nacido en el seno de una modesta familia de
Kansas, descendiente de inmigrantes alemanes, había alcanzado esta
graduación en 1941, era el comandante en jefe de todas las fuerzas
norteamericanas destacadas en Europa y desde 1943, los aliados le
habían puesto al frente de la Operación
Overlord,

la operación anfibia más importante de todos los tiempos destinada
a la invasión de Francia, reuniendo bajo su mando los efectivos
procedentes de una veintena de nacionalidades.
Entre ellas, la hoy olvidada Spanish Company Number One,
del Ejército británico, formada por los cientos de combatientes
republicanos españoles que primero habían luchado contra los
fascistas durante la Guerra Civil, y luego se habían exiliado en
Francia antes de volver a combatir contra los alemanes en la SGM.

Ike,
tal y como resultó conocido el artífice de la victoria de
Normandía, era un general inteligente, metódico y conciliador, que
más adelante llegó hasta la presidencia de los Estados Unidos
durante dos mandatos seguidos (1953-1961). Gracias a su habilidad
para resolver las rivalidades entre los generales y comandantes bajo
su mando, su talento para la organización, destreza como
planificador y visión estratégica, el norteamericano sentó las
bases que le darían el triunfo en suelo francés, asistido por otros
dos generales de leyenda, Bradley y Patton. Famosa fue la arenga que
en forma de misiva entregó Ike, firmada de su puño y letra a todas
sus unidades, y en la que condensa el ideal de su liderazgo: «Tengo
plena confianza en vuestro valor, devoción por el deber y habilidad
en combate. ¡No aceptaremos otra cosa que no sea la victoria total!»

Debido
a la mala visibilidad, los fuertes vientos reinantes y la mar gruesa
habidas en el Canal de la Mancha durante los inicios del mes de junio
de 1944, el desembarco aliado tuvo que retrasarse hasta la jornada
del martes día 6, que ha pasado a la historia como el Día
D,
por las dos iniciales de su
planificador, el general Dwight
David Eisenhower, y el Día
más largo
por
el sobrenombre que le otorgó Rommel, consciente, como era, de que
sólo la contención de la ofensiva aliada tras su desembarco en
Normandía, podría ofrecer alguna oportunidad de victoria para los
suyos. Ese día, una flota de casi cinco mil buques, con más de
140.000 soldados a bordo, se aproximó a una cabeza de playa de 96
kilómetros de longitud, elegida como el lugar de desembarco más
propicio en las costas de Francia.

El
escenario de la invasión se había escogido con el mayor de los
secretos, sabiendo que los alemanes esperaban la invasión aliada a
través del paso entre Dover y Calais, que es la ruta más corta que
separa Inglaterra del continente y el espacio en donde existen los
mejores puertos. En su lugar, la costa de Normandía aparecía como
menos guarnecida y fortificada, por lo que ofrecía cierto elemento
de sorpresa. En su contra, los dos puertos existentes, El Havre a la
izquierda y Cherburgo a la derecha, quedaban entre sí a una
considerable distancia, aunque ambos estaban bajo el radio de acción
de la RAF y su conquista simplificaría el abastecimiento de las
tropas desembarcadas.

Desde
finales de 1943, el conocimiento de la fecha y el lugar del
desembarco fue motivo de la guerra de desinformación llevada a cabo
por los aliados y que dio lugar al cruce de espadas entre los espías
de ambos bandos. El famoso agente doble español Juan Pujol García,
alias Garbo
para los británicos y Arabel
para los alemanes, consiguió engañar a Hitler sobre esa fecha y
lugar, y aunque el Führer tuvo la intuición de que los desembarcos
se realizarían en Normandía, Garbo
convenció a sus generales de que tendrían lugar en el Paso de
Calais. Eisenhower fomentó y reforzó esa creencia mediante una
campaña simulada de concentración de efectivos con cañones,
camiones y blindados de goma inflados en Dover, que dio buen
resultado en las fotografías aéreas y engañó al Alto Mando
alemán, hasta el punto de creer que el asalto a Normandía sólo era
una operación de distracción y mantener el grueso de sus fuerzas
frente al Paso de Caláis hasta casi finales de julio. Rommel fue de
los pocos que desconfió de esas imágenes y dio crédito a los
informes del también célebre agente Cicerón,
el espía de origen albanés Elyasa Bazna, reclutado por la Abwehr
(la
Defensa)
del
almirante Canaris y que servía como ayuda de cámara al embajador
británico en Ankara, sir Hughe M. Knatchbull-Hugessen.

Cicerón
ya había proporcionado a Berlín las copias de los documentos sobre
los acuerdos firmados en las conferencias aliadas de Moscú, Teherán
y El Cairo, y muchos de los planes sobre la invasión en las playas
de Normandía y las fechas que se barajaban. Pero la caída en
desgracia de Canaris, relevado de su puesto en abril de 1944, restó
credibilidad a los informes del albanés, quien por cierto, los
vendió por dinero y los alemanes le pagaron una fortuna con las
libras que falsificaban y resultaban idénticas a los billetes
emitidos por el Banco de Inglaterra. Esta operación, cercana a los
140 millones de libras esterlinas más otra cantidad sustanciosa de
dólares norteamericanos, resultó un éxito total que desestabilizó
la economía británica, porque esos billetes falsificados eran tan
perfectos que fueron aceptados sin dificultad en todas partes.

El
comandante Bernhard Krüger, que prestó su nombre a esta operación
de falsificación de divisas llevada a cabo en el campo de
concentración de Sachsenhausen,
cerca de Brandeburgo, contó con los servicios de un judío de origen
ucraniano, Salomon Smolianoff, quizá el falsificador más talentoso
de todo el siglo XX. Smolianoff fue rescatado del campo de
concentración de Mauthausen
para encabezar el grupo de expertos judíos en impresión, artes
gráficas y tipografía, a los que se les perdonó la vida para
llevar a cabo esta increíble falsificación. Justo al terminar la
guerra, los aliados recogieron unos sesenta millones de libras
falsificadas, sin contar las sacas de billetes que los propios
alemanes arrojaron al lago Toplitz, sito en los Alpes austriacos.

Pero
volviendo al Día
D,

las primeras oleadas de la invasión corrieron a cargo de los
paracaidistas y las tres divisiones de tropas aerotransportadas que
saltaron por detrás de las líneas enemigas, con la misión de
destrozar las comunicaciones alemanas y atacar por retaguardia esas
posiciones defensivas que dominaban las playas, tratando de crear el
máximo desconcierto y confusión. Pese a que muchos planeadores
cayeron lejos de sus objetivos, otros fueron derribados o destrozados
por los obstáculos de Rommel, y que los hombres morían en
colisiones aéreas, ahogados en los pantanos por el peso de sus
equipos, o abatidos por las explosiones de las minas y los disparos
de los soldados alemanes, al quedarse indefensos colgados de sus
paracaídas enganchados en las copas de los árboles, los invasores
fueron capaces de alcanzar sus objetivos sorprendiendo a sus enemigos
con rapidez y valor. También durante la noche previa al desembarco,
alrededor de dos mil aviones habían atacado a conciencia todas las
fortificaciones de Normandía, y al amanecer se inició el masivo
bombardeo naval con artillería y cohetes contra las fuerzas que
defendían las cinco cabezas de playa elegidas para la Operación
Overlord,
llamadas,
de Oeste a Este: Utah,
Omaha, Gold, Juno y Sword.

A
la famosa Hora
H,

fijada para las 6:30 de la madrugada, las tropas de asalto
norteamericanas desembarcaron en Utah
y Omaha,

haciéndolo los canadienses y británicos en las tres restantes. Los
combates que acontecieron en Juno
y Omaha,

fueron los más encarnizados y sangrientos, sembrando esas playas de
cadáveres y al finalizar esa jornada terrible, en la que la buena o
mala suerte, el buen o mal juicio y la acción rápida o lenta,
jugaron un papel decisivo en la lucha, los mandos aliados contaron
alrededor de once mil bajas, incluidos los 2.500 cadáveres que sólo
pudieron recuperarse más los desaparecidos, en su mayoría ahogados
antes de pisar las playas o víctimas en las barcazas de transporte
que habían tropezado con algunas de las minas que flotaban a la
deriva. Pero en total, bastantes menos muertos de los que se habían
temido al iniciar el asalto masivo a las playas. Seis días después,
esas cabezas de playa se habían unido en una gran área de ocupación
de 128 kilómetros de extensión por 32 de profundidad en algunos
extremos.

Según
opinan los historiadores, el factor decisivo para el éxito del
desembarco fueron los refuerzos. Los bombardeos aliados previos a la
invasión produjeron tantos destrozos en la red de carreteras y los
ferrocarriles que junto con los sabotajes llevados a cabo por los
miembros de la Resistencia francesa, impidieron a los alemanes
organizar una eficaz resistencia. La señal de alerta para que
actuaran esos comandos de la Resistencia, se emitió por la BBC de
Londres 48 horas antes del desembarco, y la clave fue una estrofa del
poema de Paul Verlaine titulado Chanson
d´ Automne,
que
señala: «Los
largos sollozos de los violines de otoño, hieren mi corazón con
monótona languidez…»

En
los días siguientes al desembarco de las primeras tropas, la
aviación aliada desbarató tan seriamente las columnas alemanas en
ruta hacia Normandía, que cuando estas llegaron a su destino ya
estaban diezmadas, desorganizadas y desgastadas. Los aliados, en
cambio, consiguieron llevar a tierra decenas de miles de hombres y
abundante material, prescindiendo al principio incluso de los puertos
franceses, gracias a sus dos puertos artificiales de la capacidad del
británico de Dover, que fueron remolcados a través de las aguas del
Canal. El primero de ellos para las tropas americanas de Bradley y
Patton en Saint-Laurent-sur-Mer, y el segundo para los británicos
del general Montgomery en Arromanches. En apenas cinco días, los
atacantes desembarcaron en la costa francesa hasta dieciséis
divisiones y a finales de junio disponían de un total de 850.000
hombres, 150.000 vehículos y más de 570.000 toneladas de material
de guerra. Dos meses después, a primeros de septiembre, ya eran dos
millones de hombres los que habían cruzado el Canal de la Mancha.

Cherburgo
fue la primera ciudad liberada por las tropas aliadas, que la tomaron
al asalto los días 26 y 27 de junio, capturando a unos 35.000
prisioneros alemanes. No obstante, los combates más duros y
encarnizados se produjeron en torno a la localidad de Caen, un
significativo nudo de comunicaciones, atrayendo al grueso de las
fuerzas blindadas alemanas. La espesura y dificultad del terreno,
equilibró la superioridad aliada en blindados y aviación, pero los
combatientes se mataban entre sí disparándose a cubierto entre los
numerosos setos y muros de piedra que rodeaban los abundantes campos
de cultivo. Hitler había ordenado a Rundstedt que arrojara a los
aliados al mar, pero al fracasar este en su cometido, mandó a la
Wehrmacht que no retrocediera un sólo paso. Pocos días después de
la invasión, el Führer anunció que estaba en posesión de unas
armas terribles que le ayudarían a ganar la guerra. Serían las
conocidas como las Vergeltungswaffe,
o armas de la venganza, que han pasado a la historia como las bombas
volantes V-1 y V-2, con las que Hitler trató de devolver los golpes
que los bombardeos enemigos infligían a las ciudades e industrias
del Tercer Reich.

Aunque
el Führer depositó grandes esperanzas en esos primeros misiles
balísticos, estos llegaron demasiado tarde para ejercer una
influencia decisiva sobre el resultado final de la guerra, salvo
ocasionar la muerte de unos 35.000 civiles, pero nunca doblegaron la
firma voluntad británica de resistir y vencer a los alemanes. Y
abundando en las desgracias, el propio Rommel resultó gravemente
herido en la tarde del 17 de julio de 1944, mientras viajaba a bordo
de su coche oficial, al ser ametrallado el vehículo por dos aviones
Spitfire
de la RAF, cerca de la localidad normanda de Sainte-Foy. Seguía
convaleciente de sus heridas cuando tuvo que suicidarse para evitar
el juicio y su condena pública, la de él y toda su familia, tras
ser acusado de participar en el complot contra Hitler del 20 de
julio, llevado a cabo por el coronel Von Stauffenberg en el Cuartel
General del Führer, sito a cubierto de un bosque en la Prusia
Oriental, cerca de Rastenburg.

Lástima
que Stauffenberg fracasara en su empeño.

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