
En el texto «escritura(s)», Ramón C. nos sitúa frente a una evidencia innegable: la forma en que nos comunicamos está mutando y, con ella nuestras herramientas narrativas. Coincido plenamente con la tesis que nos propone: esta nueva forma de comunicarse a través de las pantallas es una maneras de contar historias tan válida como cualquier otra.
La pantalla, como legítima heredera del cine, ha traído consigo nuevas posibilidades para la narración. Lo único que nos dice el autor —y en esto le doy la razón— es que escribir y relatar puede llevarse a cabo desde distintos medios. Al fin y al cabo, los niños, como todas las demás personas, tienen la necesidad innata de expresarse y pueden hacerlo de formas muy diversas adaptándose a los soportes de su tiempo.
Sin embargo, aunque la exposición de Ramón C. resulta descriptivamente certera, adolece de una carencia analítica fundamental: lo que no nombra ni defiende es el efecto real y transformador que tiene contar historias en determinados formatos. El autor no emite juicios de valor; se limita a celebrar que hay un nuevo lenguaje popular en las superficies luminosas.
Es aquí donde resulta vital recuperar las advertencias del teórico de la comunicación Neil Postman. El 27 de marzo de 1998 en el «Congreso internacional sobre tecnologías y persona humana: comunicando la fe en el nuevo milenio» en Denver, Postman pronuncia la conferencia titulada «five things we need to know about technological change» en la que representa una interesante reflexión sobre la fenomenología posible de los cambios tecnológicos y la relación que tiene este con el cambio social. Postman nos recuerda que la tecnología nunca es neutral y que los medios de comunicación no son simples vehículos, sino «ecosistemas» que alteran nuestra forma de pensar. Para Postman, la cultura de la imprenta fomentaba un discurso racional, argumentativo y paciente. Al pasar a la pantalla, la epistemología cambia: el medio exige rapidez, impacto visual y, a menudo, prioriza la emoción sobre la lógica. Toda tecnología es un pacto faústico; siempre nos da algo (en este caso, una riqueza visual y multimedia sin precedentes), pero también nos quita algo.
¿Qué le ocurre al mensaje de nuestras sociedades históricas cuando el soporte cambia de la quietud del papel a la urgencia hipervinculada de la red? La forma no solo alberga la historia; altera su ritmo, su profundidad y su calado. Esta nueva forma de escribir con hiperenlaces, como hace Ramón C. me recuerda más a la disonancia visual que produce la serie «The midnight Gospel» en la que se distrae al receptor innecesariamente —a no ser que ese sea el efecto deseado, como es el caso—, que al hecho de narrar una historia por un nuevo medio.
Además, en su exploración de este entorno híbrido, el autor se queda en la capa más superficial al nombrar únicamente los emojis y los gifs. Deja fuera de su ecuación una pieza retórica mucho más compleja: hay toda una nueva forma de comunicarse a través de los memes.
Los memes no son meros adornos infantiles #. Muestran en muchos casos, sentimientos complejos, ansiedades generacionales y sátira social. Son imágenes que han sustituido a las onomatopeyas clásicas y que ya tienen su propio significado independiente. Siguiendo la línea de Postman, el meme es el triunfo absoluto de la imagen sobre el texto argumentativo, pero los usuarios lo han retorcido hasta convertirlo en algo nuevo. Requieren, ineludiblemente, que el receptor posea un conocimiento previo del contexto digital para poder ser descifrados, exactamente como si de un nuevo alfabeto se tratara.
Las pantallas nos han dado un nuevo lienzo, sí, pero los usuarios hemos creado un nuevo idioma. Un ecosistema que merece no solo ser celebrado con optimismo ciego, sino analizado críticamente en toda su profundidad y en todas sus consecuencias.

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