Lo fragmentario fue mi bálsamo: el aforismo antecedió a la novela. ¿He sido devorado por una fantasía? Todo es relatable, todo es purgativo, excepto una dimensión: la fragmentariedad. La calle no es un todo dado, sino un universo construido: la luz de la farola, la solemnidad de la señal de tráfico, el filtro de los árboles, las voces emanadas de los cuadrados de cristal, la geometría de las terrazas y una atmósfera densa que encarna la hora; esa es la calle, no es un cosmos, son grietas. Nudos sin nexos flotan en la cotidianidad. Errar, vagar, deambular, merodear; sí, eso es. Y no me refiero a los límites impuestos por la luz de una pantalla; buscar, perseguir, tender, asir; ¿el qué? No lo sé, ¿huellas?, ¿vestigios?, ¿retales? Algo que deshaga esta sed, este sabor a cenizas. El amasijo de nervios responde al automatismo. El espectro errante del cerebro demanda negación; y…sí, negar lo dado. Y…Sí, si no hay objeto, la emoción se difumina; expongamos el reverso de la perspectiva: el objeto de la libertad no la plasma, la engulle. Es una falsa conjunción. Negar lo inevitable.
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