“En el último suspiro de su vida cuido la tuya…”
de AG Bauer.
El despertar no fue un regreso a la vida, sino un naufragio en el más amargo de los puertos. Soy joven, una pieza de ajedrez en la corte de Francia que apenas cuenta con catorce años y aguarda el peso de los quince como quien espera una sentencia. Yazco sobre el suelo de piedra viva, una losa fría que parece haber absorbido la humedad de mil inviernos olvidados en la Aquitania. No hay cama, no hay consuelo; solo un puñado de paja rancia y desmenuzada que exhala un vaho fétido, pegándose a mi piel como el recuerdo de quienes murieron aquí antes que yo. Mis ropas, jirones de seda y terciopelo que antes vestían a la futura esposa del hermano del Delfín, son ahora trapos sucios que apenas me protegen de la dureza del suelo.
Abrí los ojos. El mundo era una mancha de grises, una escena velada por el humo de un incendio lejano. Intenté incorporarme y el dolor me respondió con una punzada eléctrica que viajó hasta la médula; era la memoria del cuerpo, ese registro implacable que no sabe mentir sobre las caídas en el único sendero posible: el de la huida por el bosque oscuro.
La habitación es un calabozo asfixiante, una caja de piedras mampostadas que parecen sudar la agonía del mundo. Es un espacio tan ínfimo que, al estirar los brazos, las paredes grises se sienten como el abrazo de un amante frío. Una pequeña ventana, una herida en el muro, deja filtrar un rayo de luz que golpea el suelo con la precisión de un reflector, atravesando barrotes herrumbrados que son las garras de un destino que se niega a soltar su presa.
Me puse de pie con un gemido que rompió el cristal del silencio. La puerta era una plancha de madera pesada de roble negro, carcomida por los años pero aún formidable, reforzada con bandas de hierro forjado que la hacían impenetrable. Me asomé por el mirador semicircular, apenas una rendija entre los tablones. Afuera, la torre —una catedral del cautiverio aislada en medio de la nada— mostraba sus celdas abiertas como bocas mudas en un grito eterno. El portón principal invitaba a la desolación con la cortesía de un anfitrión muerto.
—Acá hubo una batalla sangrienta —susurró para mí, y mi voz sonó extraña, casi intrusa en aquel vacío—. Solo quedó la muerte buscando entre la carroña el último vestigio de vida.
Intenté empujar la madera pesada para unirme a esa nada, pero no cedió. Al pegar el rostro a la rendija entre la madera y el marco, descubrí el secreto: un pesado barrote de hierro forjado atravesaba la entrada, encajado en profundos soportes de piedra mampostada. No era la cerradura de un carcelero, sino el sello de alguien que, en su último suspiro de fuerza, decidió que ese calabozo sería el único lugar sagrado en un mundo que se caía a pedazos.
Yo siempre fui la voz de su silencio. Mi hermano mayor, poseedor de un ingenio descomunal, era mudo de nacimiento, pero su oído captaba los susurros de los ángeles y los demonios por igual. Él veía el mundo en patrones que nadie más comprendía. Siempre lo cuidé de la crueldad de la corte, y él, a cambio, me amaba con la pureza de quien no necesita palabras para entregarlo todo.
Encontré una piedra cilíndrica en el suelo y, con la destreza de quien teje su propio destino, utilicé la tela de mi enagua, rasgándola en tiras largas y resistentes hasta trenzar una soga rústica de tres metros. Pesqué el cerrojo tras varios intentos, sintiendo el peso de su amor en cada tirón. Cuando la barra de hierro cayó al suelo, empujé la madera pesada, pero algo resistió desde el exterior. Al salir, la luz del salón me golpeó como un insulto.
El suelo estaba infestado de cuerpos. No era solo mi escolta real; entre ellos yacían las criaturas, las Ratahombre. Eran una blasfemia anatómica: cuerpos del tamaño de un hombre cubiertos por un pelaje ralo y sarnoso que exudaba una grasa negra y ácida. Sus rostros eran una pesadilla; el hocico de un roedor estallaba violentamente desde una estructura ósea humana, con ojos del tamaño de huevos de gallina, orbes de un rojo lechoso desprovistos de párpados. De sus fauces asomaban dientes amarillentos como dagas, y sus manos conservaban el pulgar humano pero terminaban en garras negras de una longitud obscena, endurecidas para abrir armaduras como si fueran papel.
Me giré y lo vi. Allí estaba él. Mi hermano, el genio silenciado, yacía sentado contra la puerta de madera. Había convertido su propio cuerpo en el último y definitivo cerrojo. Corrí a tomar su mano, fría como el mármol, y supe que la muerte lo habitaba hacía tiempo. Apoyé mi frente contra la suya y lloré: —Lo siento… lo siento mucho —dije, sabiendo que el perdón es un tesoro que los muertos ya no necesitan reclamar.
Con una piedad infinita, acomodé su cuerpo y prendí fuego a la torre. Entonces, lo irreal se manifestó: de las sombras surgieron más de esas figuras grotescas, corriendo en dos o cuatro patas como teas humanas. El fuego derretía la grasa negra de su pelaje mientras chillaban con un sonido agudo y metálico. Al contacto con los rayos del sol, sus carnes encendidas reaccionaban con una combustión aún más violenta, como si la luz del día fuera ácido para su existencia corrupta.
Corrí al bosque oscuro y me refugié en la copa de un árbol centenario, asegurada con mi soga improvisada. El sueño me trajo el recuerdo de nuestra pérdida en la espesura antes de llegar a la torre. Mi hermano comprendió que solo uno de nosotros podía escapar de esa emboscada infernal, y me empujó al calabozo para ser la sobreviviente de su sacrificio final.
Desperté con el sabor de las cenizas en la boca. Un caballero de la corona, parte de la partida de búsqueda enviada desde París, me encontró allí arriba. Al bajar, su armadura brillaba con una luz que me resultaba ajena.
—¿Qué pasó aquí? —pregunté, mirando el suelo.
El caballero me ofreció agua con la fatiga de quien ha cabalgado leguas de incertidumbre. —Nadie sabe realmente quiénes son estos asaltantes —contestó—. Pero es evidente que ha sido un ataque aislado y brutal. Los nidos de resistencia de los enemigos del Delfín han brotado en esta región como una plaga de traición. Se han atrevido a emboscar a vuestra escolta real en esta última puerta de su control para evitar vuestra unión con la sangre real.
Miré las ruinas humeantes. Mi hermano no murió por la política de los hombres ni por las ambiciones de un Delfín. Él, que nunca pudo pronunciar una sílaba, había sido el candado final contra un horror que el caballero ni siquiera podía imaginar. Me alejé sintiendo el peso de su ausencia: ahora yo soy el único monumento que queda de su genio y de la única persona que realmente me amó por ser yo.
OPINIONES Y COMENTARIOS