“Las brujas no existen, pero que las hay…”
Cuando nace una bruja, el mundo común no se da cuenta. No son seres buenos ni malos; son conciencias con otra sensibilidad, criaturas que perciben las hebras invisibles de la irrealidad y de las conductas humanas. Sin embargo, la responsabilidad de su destino no les pertenece a ellas, sino a su padre. Es él quien, con su deseo al nacer, determina si esa fuerza será un cauce para la vida o un veneno que lo marchite todo.
Así inicia la historia de la “Cabezona frentuda”. Nació en un pueblo de mala muerte, uno de esos lugares que no dejan nada a quien los cruza más que el recuerdo de su fealdad. Un páramo habitado por gente vacía y de escaso vuelo mental, donde el valor de un hombre se mide por el peso de sus bolsillos. Allí, el ladrón que roba con astucia es llamado “señor” por los alienados, y quienes ostentan el poder son venerados como patrones dueños de la verdad.
Ella no nació allí por azar. Las brujas aparecen donde las verdades y las mentiras están más juntas, y se presentan para cambiarlo todo o para perfeccionar lo peor. Ella llegó para esto último. Sus padres, dos simplones consumidos por la codicia, ya poseían algunos bienes cuando ella brotó del vientre. El día de su nacimiento, su padre salió a la calle con un fajo de billetes en el bolsillo, repitiendo una frase gastada, transmitida de generación en generación cuando el primogénito es mujer: —Por favor, que esta niña fea llegue con el pan bajo el brazo.
Pero en aquel paraje, los pedidos se escuchan de otra manera. Desde ese día, la economía familiar floreció como una infección, pero cada moneda traía su propia consecuencia. Mientras las casas, los autos y los viajes se multiplicaban, el entorno se volvía turbio. Se rodearon de personas de pensamiento oscuro y actos viles; evidencias que saltaban a la vista, pero que a ellos no les importaban mientras el oro siguiera brillando. Detrás de ella llegaron otros hijos que no eran hermanos, y eso se notaba desde lo físico: eran distintos, todos con la esencia rancia; almas podridas criadas en el caldo de cultivo de la ambición sin escrúpulos.
La Cabezona creció ocultando su podredumbre interna tras farsas de belleza y amantes imaginarios. Pero su verdadero poder era la difamación: cuando alguien con luz propia cruzaba su camino, ella tejía mentiras tan densas que lograba que los seres puros fueran raleados y expulsados por el juicio de los mediocres. Odiaba la luz porque revelaba su propia sombra.
En las sombras, otra voluntad movía los hilos. Una tercera entidad, la Bruja Mayor, decidió que los caminos debían unirse para que la maldad se consumiera a sí misma. El encuentro se gestó lejos, en un país de tierras altas; un paraje de aire ralo y cielos crudos donde las personas creen más en las promesas religiosas que en las leyes del hombre. Allí, en el silencio de los cerros, hizo que la Cabezona encontrara a su igual: un hombre pusilánime que evadía la vida con una sonrisa de cartón piedra. Él era el hijo de la Bruja Campesina, la que se convertiría en su suegra; una mujer amargada que, al igual que la joven, solo buscaba el bienestar material aceptando lo inaceptable.
Aquel encuentro fue un reconocimiento de depredadores. Nuera y suegra se midieron con ojos de serpiente. No hubo amor, sino un pacto cínico; internamente se repelían porque se reconocían iguales. Juntas convirtieron el hogar en un campo de batalla donde la bondad era perseguida. Si alguien con luz intentaba acercarse, ambas unían sus lenguas bífidas para ensuciar su nombre hasta que la persona, asfixiada por la calumnia y el fanatismo del entorno, se alejaba para siempre.
Bajo ese techo nada prosperaba. Los hijos llegaron y, con ellos, la decadencia física. Los niños enfermaban de males extraños mientras las dos mujeres perseguían soluciones mágicas que solo alimentaban el agujero negro de sus propias vidas. Todo lo que estaba cerca de ellas enfermaba, y lo que era bueno, moría o huía.
Un día, la Bruja Campesina, cargada de años y pecados, se presentó ante la Bruja Mayor en lo más alto de aquellas montañas. Su hijo no era nada, su nuera era un monstruo y la vida se le escapaba entre los dedos. La Bruja Mayor le soltó la verdad con una piedad gélida: —Elegiste el camino más simplón. Cambiaste el amor por el barro del dinero. Ni el hijo que criaste te quiere, ni la mujer que elegiste para él tiene un gramo de paz. Hoy solo te queda el arrepentimiento tardío. Y los hijos de ellos nacieron desde la falta de luz, pobres almas condenadas a pagar pecados de abuelos, tíos y padres.
La mujer se quebró en llanto sobre la tierra seca, reconociendo el daño hecho al mundo y a los seres de luz que alguna vez difamó. En medio de su agonía, suplicó una última gracia: —Tú estás por encima de nosotras. Ayuda a ese niño, mi nieto. Ayúdalo a que su vida sea mejor, sácalo de esta podredumbre.
La Bruja Mayor aceptó el encargo. Ese mismo día, el ciclo se rompió. La Cabezona, fiel a su vacío, se marchó con un nuevo amante que prometía más lujo, desapareciendo para siempre. La Bruja Campesina también partió hacia la muerte, pidiendo lo mejor para aquel niño antes de irse por el bien de todos.
El adolescente quedó solo por un tiempo bajo el cuidado de su padre, pero la magia de la restitución ya estaba en marcha. Como un trasplante milagroso, la esencia de ese niño fue arrancada de aquel páramo infecto y sembrada en un lugar lejano, en otra geografía y otro tiempo. Allí, donde el sol no quema y el alma tiene peso, el niño nació de nuevo en el seno de una familia que lo amaba desde la profundidad de su alma, lejos de las lenguas bífidas y el rastro de las brujas.
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