Me rodean los mentirosos.

Me rodean los mentirosos. No los descubro por sus palabras —que suelen ser prolijas, incluso elegantes— sino por esa tenue discordancia que se instala entre lo dicho y lo que persiste. Hay en ellos una vocación por el orden aparente, como si la verdad fuese un accidente del lenguaje y no su destino.

He sospechado, no sin cierta indulgencia, que el mentiroso no miente para ocultar sino para construir. Edifica una versión más tolerable del mundo, una arquitectura frágil donde él mismo puede habitar sin el peso de lo real. En ese sentido, su falsedad no es un vicio sino una forma de consuelo. Quizás por eso proliferan: porque la verdad, como el tiempo, resulta inapelable.

No obstante, el problema no es que me rodeen, sino que, de tanto observarlos, empiezo a reconocer en mí ciertos hábitos que me incomodan. ¿Acaso no he corregido algún recuerdo para hacerlo menos áspero? ¿No he omitido, con una delicadeza que se pretende moral, aquello que me dejaba en evidencia? Tal vez la diferencia entre ellos y yo sea de grado, no de esencia.

Imagino un universo —no imposible— donde cada palabra pronunciada fuese irrevocablemente verdadera. Un mundo así sería inhabitable. La cortesía desaparecería, el amor sería una transacción brutal de certezas, y la memoria, despojada de sus indulgencias, nos condenaría a una lucidez insoportable.

Por eso tolero, aunque no sin melancolía, a los mentirosos que me rodean. Son, en cierto modo, los guardianes de una ficción necesaria. Yo, que desconfío de ellos, también desconfío de mí cuando digo la verdad. Porque en ese instante, sospecho, no hago más que elegir —con mayor torpeza— entre las infinitas formas de la mentira

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