La máxima expresión del ser humano —pienso— nace, se siente, se cultiva y se manifiesta de manera contundente en alguna parte de estos cuerpos, expandiéndose en su interior como aquellos pétalos de colores que se abren en un jardín. El odio y el amor son así: florecen en lo más profundo del alma, y sus semillas brotan una y otra vez, de tiempo en tiempo, cuando hay alguien que las riega y las hace renacer.
Las emociones aparecen vestidas de colores, revolotean en el espacio y se perciben de múltiples formas en la expresión humana; pero nunca pensaríamos que el odio y el amor fueran pistilos y pétalos de una misma flor, conjugándose; que, en el aroma del quererse, puedan unirse en un solo sentido, como si una fuera la fuente de la otra. El amor tiene, en su esencia, un odio de ego que camina ligeramente encopetado y que luego se convierte en una actitud expresada en reproches al sentirse ignorado. Eso parece posible en este mundo de cosas andantes e intrigantes.
Hay algo que surge del ser de manera espontáneamente pura: saber que el amor no puede mostrarse cuando se gusta de otra persona y no se acepta esa situación. Entonces intenta ocultarse bajo una máscara que se manifiesta en silencios profundos, miradas a distancia y rostros apagados, como si fuera una negación del sentimiento; pero no lo es, pues es un fuego que el corazón lleva por dentro y que reconoce muy bien. Esos impulsos de ironía, en juegos de palabras perturbadoras, junto con la imaginación de una mente necia que no se queda quieta —porque cree que puede ser orgullosa—, y esas carcajadas petulantes que aparecen de vez en cuando para anularme de su pensamiento, me hacen pensar en lo extraño que es esto de la vida y de los sentires: momentos de humanidad confusa.
Solo sé que en mí hubo una correspondencia a su rechazo, porque las mariposas de mis percepciones me confundieron en ese contraste de colores. Mi sensibilidad se alejó de mí, la preocupación me invadió y la rabia se fue anidando en mi pecho. Me refugié en mi soledad, y de allí no volví durante mucho tiempo: perdí en ello varios instantes de su vida y de la mía. Sus miradas, cargadas de dureza, me apuñalaban cada vez que podían; su bello rostro se nublaba con un gesto de desprecio, y sus labios rosados se tensaban con coraje, creando un espejismo que me alejaba de su ser especial.
Sentí su rechazo en cada mañana en que la veía, y mi alma, poco a poco, le correspondió sin querer. Me llené de rabia, porque de su rabia no era culpable yo; solo fui víctima de su fría sequedad, una manifestación de su carácter de verano: fuerte como el sol, sincera como la mañana, pues dice las cosas como son; digna característica suya como mujer valiente. Muchas veces fui víctima de centellazos de sus miradas, de torceduras de ojos que blanqueaban el espacio donde coincidíamos. Aún recuerdo sus manoteos a mis espaldas, que mi intuición imaginaba —o que tal vez sí ocurrían—, y cómo fui triturado por aquellas muecas de labios que me golpeaban con ira.
Le daba rabia mi rabia, le producía odio mi lejanía, le incomodaba mi forma de ignorarla —según ella—, actitud de la que no era consciente. No imaginé que se sentía ignorada por no acercarme a ella; jamás pensé que quería conocerme tal cual soy, y eso la llevó al resentimiento hacia mí, mientras yo vivía mi vida creyendo que mi presencia le disgustaba profundamente, sin saber que era lo contrario: que mi actitud inconsciente era la que hería su ego.
Ella obedecía a la ira de su corazón, a aquello que brotaba de lo profundo de su alma al no tener cercanía conmigo; sin embargo, yo me apartaba lo más posible, me alejaba cuanto podía de su hostilidad. No quería que mi presencia fuera veneno para alguien, y, entre más lejanía, mayor rabia ella sentía. Yo llegué a aceptar su odio, aunque no lo entendía; me resigné al duro y cruel distanciamiento. No pude estar cerca de su olor, no pude apreciar su belleza con detenimiento, no entendía la luz de su sonrisa y, en ese tiempo, desconocí la esencia de su ser.
Mi imaginación escribía una y otra vez el guion de la distancia; configuraba párrafos de la poesía del silencio y la soledad, y, en cada palabra escrita en el papel en blanco de mi mente, se formaban caminos oscuros que me conducían siempre hacia su odio. Llegué a pensar que mi presencia era amargura y que mi rostro era despreciable para sus ojos, mientras el tiempo transcurría serenamente en ese mar de adversidades imaginarias mías que golpeaban día tras día mis pensamientos.
Y era eso: un odio de amor, una forma de actuar frente a mi lejanía. Mientras más rabia sentía ella, más me apartaba yo, y ese efecto de distancia y odio se instalaba en el espacio que compartíamos. Mi distanciamiento discreto, interpretado como rechazo hacia ella, despertaba una ira que brotaba de forma descontrolada en su interior, como semilla en tierra fértil. Y ahora que le escribo, me ignora; y cuando no lo hago, me reprocha. Así se va viviendo un odio del amor, que no puede ser más que eso: un odio… del amor.
Fredys A. Bravo Ortiz
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