por LeónRots.
Me adueño de la oscuridad… ella me envuelve, fluye por mis venas. Todo tabú se disuelve. La carne y la mente se funden seminalmente, en un éxtasis literario y sexual.
Las almas gimen a las dos en punto.
El guardián me observa, curioso, hambriento. Sus ojos hablan de secretos oscuros que no se atreve a contar. Tiene cara de pajero gourmet el cocinero—leo en su gesto al verme llegar.
Me río y pienso: éste no me dejará pasar.
Una cúpula. Un portal. Me veo frente a mí mismo. Desnudo, recatado, sin miedo. Sólo el reflejo del instante frío y profundo. Qué pesadilla más rara, pienso. Y la historia sigue, como si alguien susurrara: «Leé esto antes de las 3:00 AM».
Demasiado tarde.
Ella aparece… mirada felina, fleco oscuro como Isis, anticipando mi lado más dark. Y yo me anticipo a la lectura diciendo que habrá risas y algún que otro tatuaje de saliva. Y después… bueno, ya sabemos. Tal vez el frenesí. Ella se entrega, sed y verdad se confunden, sus dedos recorren la imagen, el mar de su néctar masturba la esencia y se impregna de ella. Cada suspiro, un conjuro. Cada gemido, un ritual ancestral. Mientras se saborea diciendo: ¡qué rico, quiero más!
—Ya lo sé—le digo. Y se moja sonriendo.
Cree que soy un amante natural y salvaje. Y lo soy. El mundo se reduce a este vaivén de placer y oscuridad. El tiempo se disuelve, tres, dos… uno. La eternidad se comprime en un instante.
No es más que una mirada introspectiva, oscura, lunar, mágica, espiritual… carnal. Y esto último, como un cambio mortal de frecuencia.
No elegí la vida, ni la luz. Ni el teatro, ni la poesía. Elegí sentir. Profundo, intenso. Sin reservas, casi como escuchar La Vie en Rose por primera vez, mientras la observo mirándose frente al espejo… completa, eterna, despiadadamente deseada, desnuda. Entonces aparece París desde un balcón, como un susurro que nos envuelve. Cada día, más. El vaivén delirante me arrastra. Pierdo el control, me encuentro en el exceso de conciencia, dónde cordura y locura se abrazan y bailan, y otras cosas más.
El mundo externo desaparece. Solo queda piel, deseo, sudor, pensamiento y fluido, mezclados en una danza salvaje.
Por mi parte, elijo crear desde ese lado más oscuro, de carne y sangre, de entrañas, de piel y de corazón. Y tal vez fusionarlo con sexo, sudor y mierda. En la oscuridad, en su conjuro para invocar orgasmos. Que se sienta, se escuche y se goce. Esto es para que hagan lo que se les cante el alma a la hora del desayuno o mientras comen algo, y se detienen tal vez a descansar. Y después continúa la lectura y empieza el segundo round.
Faire l’amour. No solo hacer el amor… escapar de la mortalidad.
Ya lo decidí. No cruzaré.
Me quedaré por acá, un tiempo más, en esta oscuridad luminosa, dónde el orgasmo no es final, sino un portal. Un eco de eternidad.
Él no sabe… pero el cuerpo que ama coge, folla, respira, se funde y esto es solo el principio. Aquí, en esta tierra de mortales.
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