El corazón también se cansa

El corazón también se cansa

Dicen que el corazón es terco, que insiste incluso cuando todo alrededor se desmorona. Pero nadie habla de cuándo se cansa. De cuándo deja de latir con ilusión y empieza a hacerlo por costumbre, como quien respira sin darse cuenta de que el aire ya no alcanza.

Mateo lo descubrió una tarde cualquiera, sentado frente a una taza de café frío. No hubo una ruptura escandalosa ni palabras hirientes que marcaran el final. Solo silencio. Un silencio pesado que se instaló entre él y Valeria, creciendo como una grieta invisible que nadie quiso reparar.

Al principio, él creyó que el amor resistía todo. Aguantó desplantes, ausencias, promesas que nunca llegaron a cumplirse. Se decía a sí mismo que amar era eso: quedarse incluso cuando dolía. Pero el dolor, como la lluvia constante, terminó erosionando algo más profundo.

Una noche, mientras revisaba mensajes antiguos, encontró palabras que ya no reconocía. “Siempre”, “para toda la vida”, “nunca te voy a fallar”. Sonaban ajenas, como si pertenecieran a otras personas, a otra historia. Fue ahí cuando lo sintió: un cansancio distinto, no físico, sino emocional. Un agotamiento que no se curaba con dormir.

Valeria seguía ahí, pero ya no estaba. Y él también había dejado de estar, aunque su cuerpo aún ocupara el mismo espacio. Sus conversaciones se volvieron automáticas, sus miradas evitaban encontrarse. Lo que antes era refugio, ahora era rutina.

Mateo comprendió entonces que el amor no siempre se rompe de golpe. A veces se desgasta, lentamente, hasta que ya no queda nada que sostener. Y en ese desgaste, el corazón aprende algo que nadie le enseña: también tiene límites.

No hubo lágrimas el día que decidió irse. Tampoco reproches. Solo una calma extraña, como si finalmente hubiera dejado de luchar contra algo que ya estaba perdido. Al cerrar la puerta, sintió por primera vez en mucho tiempo que podía respirar sin peso en el pecho.

Porque el corazón, aunque fuerte, no es infinito. Se cansa de insistir, de esperar, de sostener lo insostenible. Y cuando eso pasa, no es cobardía soltar… es sobrevivir.

Esa noche, Mateo caminó sin rumbo bajo un cielo despejado. Y aunque aún dolía, también entendía algo nuevo: a veces, perder un amor es la única forma de encontrarse a uno mismo.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS