Aventura semanal

No puedo decir que te amo,

porque tu ausencia está decidida.

Lo que entendí, y muchos olvidaron,

es que un alma se sostiene con tan poco,

y ese poco puede serlo todo.

Aventura semanal:

sos corrupto,

y tu piel me tiene secuestrada.

Me tienta a reclutarte

para actividades detectivescas.

Si no es para desearte,

¿para qué te tengo?

Vivís actuando la simpleza de la vida,

pero no puedo corregirte.

¿Qué me queda?

Si estás vos,

me prendo fuego.

He descubierto, no sé cuándo,

que siento tu cariño,

que tus manos recorrieron mil caminos

y peregrina me volví al seguirte.

—Incertidumbres no. No es necesario —respondió Gabriel con frialdad—.

Siempre hay alguien que quiere engancharte.

Gabriel sostuvo la mirada

como quien ya conocía el final de la escena.

No se movió.

No pidió disculpas por la distancia,

ni por esa forma suya de aparecer

cuando todo parecía calmo

y desordenarlo otra vez.

Yo lo observé en silencio,

como si detrás de su voz hubiera una contraseña.

Siempre hablaba como quien sabe algo

que los demás ignoran.

Como si cada frase dejara una pista.

Como si el amor, en su idioma,

también fuera una forma del espionaje.

—No todo el que se acerca viene a salvarte —dijo—.

Algunos solo quieren probar

si todavía sos capaz de incendiarte.

Entonces entendí

que la aventura no eras vos.

La aventura era seguirte.

Era aceptar que cada semana

tu nombre podía convertirse en un laberinto nuevo,

en una coartada distinta,

en una herida con modales elegantes.

Y aun así, me quedé.

Porque hay ausencias que se deciden, sí.

Pero también hay presencias que arrastran.

Y la tuya tenía ese talento oscuro de los secretos:

cuanto menos prometía,

más me llamaba.

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