Hay un dolor que no necesita cadáver. Un duelo que no exige epitafio ni fecha. Es un duelo sin objeto visible, una pérdida que no ha ocurrido todavía pero que, de algún modo, ya nos habita.
No ha muerto nadie —nos decimos con la lógica de los vivos—, pero el alma, que no es lógica sino memoria anticipada, ya ensaya la ausencia. Quizá porque toda vida es, en secreto, la lenta preparación de una despedida. No de una en particular, sino de todas.
El dolor del alma no irrumpe: se filtra. No es un estruendo sino una sospecha. Algo en nosotros sabe —sin pruebas, sin calendario— que todo lo que amamos está condenado a la finitud. Y ese saber, que no siempre se formula en palabras, se manifiesta como una melancolía inexplicable, como un duelo sin nombre.
Se dirá que es absurdo sufrir por lo que aún no ha ocurrido. Pero también es absurdo el tiempo: esa convención que ordena los hechos en un antes y un después, como si el corazón respetara esa secuencia. El alma, en cambio, percibe simultáneamente lo que fue, lo que es y lo que será perdido.
Así, el duelo se adelanta a la muerte. La precede como una sombra fiel. No lloramos al muerto: lloramos la certeza de su muerte futura, la fragilidad de su presencia actual, la insoportable evidencia de que incluso este instante —pleno, intacto— ya está siendo erosionado por el tiempo.
Tal vez por eso el dolor es tan preciso. No duele lo que se pierde, sino lo que, aun estando, ya no puede salvarse.
Y sin embargo, en esa lucidez hay una forma de consuelo. Porque si todo habrá de morir a su tiempo, también todo —por un instante irrepetible— está vivo. Y ese instante, aunque condenado, es absoluto. Como si el universo, en un gesto secreto, nos concediera la eternidad bajo la forma engañosa de lo efímero.
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