Efecto vexter
CAPÍTULO 1: EL JARDINERO DE CADÁVERES
Génesis-4. El Presente.
El cielo de Génesis-4 no es azul; es un tono violáceo espeso que huele a azufre y a sangre fresca. Aethel está sentado sobre el cráneo de una bestia hexápoda que él mismo destripó hace apenas una hora. Sus manos, antes famosas por sostener rascacielos que caían, ahora están hundidas en las entrañas del animal, arrancando filamentos de tejido nervioso para conectarlos a una batería de pulso.
A su alrededor, los nativos del clan Skara tiemblan en el barro. No lo miran a los ojos. Lo llaman «El Portador del Rayo», pero lo dicen con el mismo terror con el que uno menciona a una plaga.
Aethel levanta la vista. Sus ojos ya no tienen el brillo blanco de la justicia; son dos cuencas amarillentas, inyectadas en sangre por la radiación que emana de su propia piel.
—Traed al siguiente —gruñó. Su voz no era un trueno, era el sonido de grava triturada—. Si queréis sobrevivir a la marea de las llanuras, necesitáis que convierta a vuestros hijos en algo… eficiente.
Mientras introduce un electrodo en la nuca de un adolescente aterrorizado, su mente viaja a un tiempo donde la luz no quemaba.
Cinturón de Asteroides. El Origen (60 años atrás).
El silencio en la Mina 14-B era absoluto, roto solo por el pitido constante de los sensores de oxígeno. Aethel, en aquel entonces un minero de tercera clase con los pulmones llenos de polvo de sílice, ajustaba una carga de demolición en un filón de cuarzo negro.
No hubo una explosión ruidosa. Hubo un desgarro en la realidad.
Un núcleo de energía enana, una anomalía cuántica atrapada en la roca desde el inicio del tiempo, se fracturó. Sus compañeros de equipo simplemente dejaron de existir; sus átomos se dispersaron como ceniza al viento. Pero Aethel… Aethel sintió cómo su ADN se retorcía.
Sus huesos se rompieron y se soldaron al instante con la densidad de una estrella. Sus venas se llenaron de un fuego frío que gritaba por salir. No sintió dolor al principio, solo una expansión infinita. Por primera vez en su vida, el pequeño y miserable minero que no podía pagar sus deudas, sintió que el universo entero era un juguete de cristal que podía romper con solo cerrar el puño.
Esa fue la primera vez que salvó a alguien. Salió de la mina a pie, sin traje espacial, caminando por el vacío del espacio mientras sostenía los restos de la cápsula de escape de los ingenieros. Cuando lo rescataron, su piel brillaba tanto que cegó a los médicos.
En ese momento, Aethel creyó que era un regalo. No sabía que era una maldición de larga duración.
Génesis-4. El Presente.
El adolescente gritó cuando el implante de Aethel hizo contacto con su columna vertebral. Aethel ni siquiera parpadeó. Limpió la sangre de sus dedos en su capa andrajosa, la misma que hace décadas fue un estandarte de libertad.
—Ya no eres un humano —le dijo al chico, que ahora tenía garras de metal implantadas en lugar de dedos—. Ahora eres un arma. Mi arma. De nada.
Aethel miró hacia el espacio, hacia el vacío donde una vez estuvo su hogar, el planeta que él mismo convirtió en una tumba de vacío. Una pequeña lágrima, densa y oscura como el mercurio, rodó por su mejilla.
No era por tristeza. Era porque el chico todavía no era lo suficientemente fuerte. Mañana tendría que romperlo otra vez.
CAPÍTULO 2: EL ÓXIDO DE LA GLORIA
La Tierra. Hace 10 años (El inicio del fin).
El Monumento a la Victoria en el centro de Nueva Metrópolis medía ochenta metros de altura. Era una estatua de Aethel sosteniendo el núcleo de un crucero de batalla enemigo. Pero ese día, mientras el verdadero Aethel caminaba por la plaza, nadie lo reconoció.
Llevaba una gabardina vieja para ocultar el brillo residual de su piel, un brillo que se estaba volviendo opaco, como el metal que deja de estar al rojo vivo. Se detuvo a observar a un grupo de niños. No estaban jugando con sus figuras de acción. Estaban sentados en un banco, operando drones de limpieza con interfaces neuronales.
—¿Saben quién es ese? —preguntó Aethel, señalando su propia estatua con una voz que ya empezaba a sonar a tabaco y soledad.
Uno de los niños levantó la vista, aburrido. —Es el tipo de las guerras viejas, ¿no? Mi abuelo dice que antes el cielo se prendía fuego. Qué pérdida de tiempo. Mi dron puede desintegrar basura a tres kilómetros sin despeinarme.
Aethel sintió una punzada en el pecho que no era física. Era el vacío. Esa misma tarde, el Consejo Global le notificó que su «Asignación de Energía» sería recortada. Ya no necesitaban que patrullara la estratosfera; los satélites automáticos lo hacían mejor, eran más baratos y no tenían «crisis existenciales».
Génesis-4. El Presente.
El adolescente al que Aethel le había implantado las garras, ahora llamado Kael, se retorcía en el suelo de la choza. Su cuerpo estaba rechazando el injerto biomecánico. La infección era de un color negro azulado, subiendo por sus venas como tinta.
Aethel lo observaba sentado en un rincón, afilando un cuchillo de obsidiana con la calma de un carnicero. No había compasión en su mirada, solo un cálculo técnico.
—Si mueres ahora, Kael, habrás muerto en paz —susurró Aethel—. Y la paz es un cáncer. La paz te hace débil. Te hace… olvidable.
Se levantó y caminó hacia el chico. Con una mano firme, le presionó el pecho, obligándolo a mirarlo a los ojos. La energía de Aethel, ahora corrupta y pesada, fluyó hacia el chico, no para curarlo, sino para forzar a sus células a mutar más rápido.
—¡Grita! —le ordenó—. ¡Que el bosque sepa que hay algo más aterrador que las bestias!
El grito del chico rompió el silencio de la selva. Afuera, los otros miembros del clan se taparon los oídos, llorando. Habían rezado por un salvador y el universo les había enviado a un arquitecto del dolor.
Aethel sonrió. Por un segundo, el dolor del chico lo hizo sentir vivo. Lo hizo sentir necesario.
CAPÍTULO 3: EL INCIDENTE DE SECTOR-7
La Tierra. Hace 5 años (El punto de no retorno).
La ciudad de Neo-Kyoto era el orgullo de la paz global. Funcionaba con un reactor de materia oscura que Aethel mismo había ayudado a instalar décadas atrás. Pero ahora, el reactor era autónomo. Aethel ya no era necesario ni para cambiar una tuerca.
Esa noche, Aethel entró en la sala de control. No usó la fuerza; usó sus viejos códigos de «Acceso de Emergencia Alfa». Los técnicos estaban distraídos, confiando en que el sistema era infalible.
Con un movimiento sutil de sus dedos, Aethel sobrecargó los núcleos de enfriamiento. Su plan era simple: el reactor empezaría a fallar, las alarmas sonarían, la ciudad entraría en pánico y él, el gran Aethel, descendería del cielo para estabilizar el núcleo con su propia energía. El mundo vería que las máquinas fallan, pero los dioses no.
Pero el tiempo le había pasado factura. Sus células, oxidadas por la inactividad, no reaccionaron como él esperaba.
Cuando el núcleo estalló, Aethel saltó hacia el fuego azul. Intentó absorber la radiación, pero sus venas se sintieron como si estuvieran llenas de vidrio molido. Gritó de dolor, no de esfuerzo. La energía era demasiada. Se le escapó de las manos.
La Consecuencia: El Sector-7 desapareció en un parpadeo de luz blanca. Doce mil personas fueron vaporizadas antes de que pudieran gritar. Aethel fue hallado en el centro del cráter, desnudo y sangrando un fluido plateado, rodeado de los restos calcinados de una guardería.
Lo peor no fue el desastre. Lo peor fue que, al día siguiente, el gobierno no lo culpó. Dijeron que fue un «fallo técnico» y le pidieron a Aethel que se retirara discretamente a una colonia de descanso para no dañar la imagen de la «Paz Perfecta».
No lo castigaron. Lo ignoraron. Incluso su mayor pecado fue tratado como un error de mantenimiento. Ahí fue cuando decidió que la Tierra no merecía existir.
Génesis-4. El Presente.
Kael ya no gritaba. Su cuerpo se había vuelto gris, con placas óseas rompiendo la piel de su espalda como las crestas de un dragón. Sus ojos eran ranuras amarillas que seguían cada movimiento de Aethel con una mezcla de odio y devoción animal.
—Levántate —ordenó Aethel.
El chico se puso en pie. Sus nuevas garras de tungsteno rayaron el suelo de piedra. Ya no era un adolescente; era una Quimera de Guerra.
—¿Ves esa aldea al otro lado del río? —preguntó Aethel, señalando una tribu que se negaba a adorarlo—. Tienen paz. Tienen comida. Creen que el mundo es un lugar seguro.
Aethel le entregó a Kael una máscara hecha con el metal de su propia nave espacial.
—Ve y recuérdales que la seguridad es una mentira. Mátalos a todos, pero deja a los niños vivos. Quiero que vean quién los «salva» mañana por la mañana cuando yo llegue para detenerte.
Kael emitió un gruñido gutural y desapareció en la maleza con una velocidad sobrenatural. Aethel se sentó de nuevo, sacó un viejo frasco de pastillas que ya no le hacían efecto y suspiró.
Mañana volvería a ser el héroe. Mañana, entre los restos humeantes de otra masacre, los supervivientes le besarían los pies. Y él, con el corazón más negro que el vacío del espacio, les diría que todo estaría bien.
CAPÍTULO 4: EL ECO DEL VACÍO
Génesis-4. El Presente (La Noche de la Masacre).
El aire en la aldea del río estaba saturado con el olor a hierro y paja quemada. Kael se movía como una mancha de sombra entre las chozas. Sus garras de tungsteno no cortaban; desgarraban. No era una batalla, era un matadero.
Aethel observaba desde la colina, con los brazos cruzados. Sus ojos captaban cada frecuencia de luz: veía el calor escapando de los cuerpos, escuchaba el frenesí de los latidos que se apagaban.
—Es perfecto —susurró Aethel—. Ahora, solo tengo que bajar y «detenerlo».
Pero algo cambió. Kael se detuvo en medio de la plaza, rodeado de cadáveres. No siguió el guion. No esperó a que Aethel hiciera su entrada triunfal. El chico-monstruo levantó la cabeza y miró directamente hacia la colina donde Aethel se ocultaba. Sus ojos amarillos brillaron con una inteligencia fría que Aethel no había previsto.
Kael no atacó a los supervivientes que quedaban. En lugar de eso, empezó a escribir algo en el suelo de barro, usando la sangre de las víctimas. Una sola palabra en el idioma de las estrellas que Aethel le había enseñado:
«M I E N T E S»
La Tierra. Hace 3 años (La Celda de Cristal).
Antes del exilio, el gobierno intentó «estudiar» a Aethel. Lo encerraron en una cámara de contención de energía pura. Querían saber por qué un hombre que podía salvar mundos se había vuelto tan negligente.
Una psicóloga militar, una mujer que no le tenía miedo a su resplandor, se sentó frente al cristal. —No fue un error técnico en el Sector-7, ¿verdad, Aethel? —preguntó ella, con voz suave—. Lo hiciste a propósito. Querías que te necesitaran.
Aethel se rió, un sonido que hizo vibrar las paredes de la celda. —Necesitar es una palabra suave, doctora. Yo quería que me adoraran. La paz es un desierto donde nada crece. El miedo es el abono. Yo solo estaba… regando el jardín.
—Estás enfermo, Aethel —dijo ella, cerrando su carpeta—. Tu cuerpo es un sol, pero tu alma es un agujero negro. Y los agujeros negros terminan devorándose a sí mismos cuando ya no queda nada más que tragar.
Esa fue la última vez que habló con un humano. Dos días después, sabotearon su celda y lo lanzaron al espacio, esperando que el vacío hiciera el trabajo sucio que ellos no se atrevían a hacer.
Génesis-4. El Presente.
Aethel descendió de la colina, envuelto en un aura de luz falsa, listo para su actuación. Pero al llegar a la plaza, se encontró con que Kael ya no estaba solo. Los nativos supervivientes, en lugar de temer al monstruo, estaban arrodillados ante él.
Kael les había mostrado la verdad: les había mostrado las cicatrices de su espalda, los cables que Aethel le había cosido a la columna. Les había enseñado que su «Salvador» era el que fabricaba sus pesadillas.
—Has fallado, Aethel —dijo Kael, con una voz que era más gruñido que palabra—. Nos diste el fuego para que te temiéramos… pero ahora el fuego es nuestro.
Aethel sintió una oleada de una emoción que no había sentido en décadas: miedo. Pero no miedo a morir, sino miedo a ser ignorado otra vez. Si este planeta también lo descubría, si este mundo también lo rechazaba… ya no le quedaría nada.
—Sois maleza —dijo Aethel, y su piel empezó a brillar con una intensidad que derretía el barro bajo sus pies—. Si no puedo ser vuestro Dios, seré vuestro apocalipsis.
Aethel extendió los brazos. Sus células empezaron a vibrar, preparándose para la misma onda de vacío que destruyó la Tierra. No iba a esperar a que lo exiliaran de nuevo. Iba a borrar Génesis-4 del mapa estelar antes del amanecer.
—Próximo planeta —murmuró para sí mismo, mientras el suelo empezaba a agrietarse—. El tercero será el definitivo. Allí sí me amarán.
EPÍLOGO: EL JARDÍN DEL SILENCIO
Génesis-4. Hace 5 minutos.
No hubo resistencia. Kael, el muchacho convertido en quimera, no tuvo tiempo de saltar. Los nativos no tuvieron tiempo de rezar.
Aethel cerró los puños y su cuerpo dejó de ser carne para convertirse en un punto de densidad infinita. La onda de choque no hizo ruido; el sonido necesita aire, y Aethel acababa de consumir toda la atmósfera de Génesis-4 en un suspiro gravitatorio. Los océanos se evaporaron instantáneamente, y la corteza del planeta se resquebrajó como un huevo cocido, dejando ver el núcleo fundido antes de que todo se dispersara en el vacío.
Aethel flotaba en el centro de la nada, rodeado de fragmentos de lo que una vez fue un mundo joven. No sentía frío. No sentía remordimiento. Solo sentía una ligera molestia en la espalda, un dolor muscular que le recordaba que seguía siendo, en parte, humano.
—Dos —susurró, y su voz resonó solo en su mente—. Dos mundos que no supieron valorar el orden.
El Tercer Destino
La nave de Aethel, una cáscara de metal negro propulsada por su propia energía residual, derivó durante décadas por el vacío profundo. Él no dormía. Pasaba los años mirando el mapa estelar, buscando una frecuencia específica: el sonido de la paz.
Finalmente, la encontró.
Sistema Estelar Helios-9. El Planeta «Edén».
Edén era el paraíso definitivo. Una civilización que había erradicado la enfermedad, el hambre y, sobre todo, el concepto de la guerra. No tenían armas. No tenían ejércitos. Eran seres de luz y arte que vivían en ciudades de cristal flotante.
Cuando la nave de Aethel entró en la atmósfera, no lo interceptaron. Lo recibieron con señales de bienvenida. Creyeron que era un viajero cansado, un hermano de las estrellas.
Aethel descendió en la plaza central de la Ciudad de Cristal. Su armadura estaba oxidada, su piel era una costra de cicatrices radiactivas y su mirada era la de un lobo entrando en un corral de ovejas.
Un anciano de Edén se acercó, ofreciéndole una fruta de oro y una sonrisa llena de paz. —Bienvenido, viajero. Aquí no conocemos el dolor. ¿Qué podemos ofrecerte?
Aethel tomó la fruta, la aplastó en su mano hasta que el jugo dorado manchó el suelo inmaculado y miró al anciano con una piedad aterradora.
—Necesitáis un monstruo —dijo Aethel, y por primera vez en siglos, su sonrisa era genuina—. Necesitáis un demonio que queme vuestras torres y rompa vuestros huesos. Necesitáis llorar de terror por las noches para que, cuando salga el sol, recordéis mi nombre y me deis las gracias por dejaros vivir un día más.
Aethel levantó la mano hacia el cielo. En las profundidades de la selva de Edén, las primeras semillas de su nuevo experimento empezaron a mutar bajo su voluntad.
—Empecemos —murmuró—. Esta vez, me aseguraré de que el miedo dure para siempre.
FIN.
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