
Sé que nunca más recuperaré mi historia. No se trata de memoria —eso sería un consuelo—, sino de desposesión. Alguien, o algo, la ha retirado con la prolijidad de un empleado eficiente: sin ruido, sin testigos, sin dejar siquiera el desorden que justificaría una sospecha.
No hubo violencia. No la necesitaban.
Mi pasado fue archivado en una oficina sin puertas, etiquetado con un nombre que ya no reconozco del todo. Tal vez el mío. Tal vez el de otro que ahora lo habita mejor que yo, con más derecho, con una legitimidad que desconozco pero que, sin embargo, se impone.
Y yo quedé aquí: con los gestos, pero sin las razones; con las palabras, pero sin su origen. Como si alguien hubiera aprendido a ser yo con una precisión admirable y, luego, me hubiese dejado esta versión defectuosa, este borrador tardío que no termina de encajar en ninguna biografía.
Cuánta habilidad, sí. Cuánta destreza aplicada a un trabajo sin firma, sin gloria, sin destinatario. Un arte perfecto, pero inútil. O peor: útil para un propósito que me excluye.
A veces sospecho que no fui víctima, sino trámite. Que mi historia no fue robada por su valor, sino por su disponibilidad. Estaba allí, descuidada, abierta como una puerta mal cerrada. Y alguien —metódico, paciente— simplemente la tomó.
No puedo reclamarla. No sabría cómo describirla. No podría probar que fue mía.
Y sin embargo, persiste esta incomodidad, esta certeza muda: hubo un tiempo en que yo coincidía conmigo mismo. Un tiempo en que mi nombre no era una hipótesis.
OPINIONES Y COMENTARIOS