Me senté para andar más cómodo, como quien decide detener el tiempo en un pliegue apenas perceptible. No fue un acto físico; fue, más bien, una renuncia parcial a la realidad que creemos vivir. Respiré. Espiré. Respiré otra vez. Y en ese vaivén mínimo —tan antiguo como el primer hombre y tan secreto como el último— comencé a desdibujarme.
La meditación, o aquello que yo quise llamar así, empezó a quitarme densidad. No era una metáfora: yo sentía cómo mis pensamientos diambulaban. “Este pensamiento lo veo, pero no lo sigo”, me dije, y lo dejé pasar, dócil, como una bestia domesticada. “Este otro no me conviene”, añadí, y lo solté como quien abre la cerca para que un potro se escape.
Fue entonces cuando advertí que la gravedad —esa ley que creemos externa— comenzaba a ejercerse desde adentro, como si el planeta me reclamara no por mi cuerpo, sino por mi esencia. Perdía masa. O tal vez ganaba ligereza. Me acercaba, sin saberlo, a una frontera que no está en los mapas: la frontera de lo que los antiguos llamaron Maya, ese velo que no oculta la realidad, sino que la hace posible.
Y, sin embargo, la tristeza vino.
No era mía del todo. Me atravesaba.
Era como si mi cuerpo emocional —ese doble que siempre me sigue— hubiese aprendido a leer una lengua hecha de partículas invisibles: restos de llantos, sedimentos de angustias, fósiles del dolor humano. Entonces lo comprendí, había recogido todas las congojas del planeta.
Imaginé al Logos, no como una deidad, sino como un archivista infinito. Lo vi compactar las tristezas humanas en una carpeta sellada por una contraseña impronunciable. Y, sin embargo, esa carpeta —perfectamente cerrada— filtraba un vapor tenue, una emanación casi imperceptible que se infiltraba en los sueños de los hombres, en sus silencios, en sus miradas vacías.
“Van tristes”, pensé. “Los hombres van tristes por la vida.”
Pero no todo era sombra.
También percibí alegrías: ráfagas breves, chispas de amor, complacencias diminutas. Sin embargo, estaban contenidas en una carpeta pequeña, casi ridícula en su tamaño. Me inquietó esa desproporción, como inquieta descubrir que el universo cabe en un grano de arena, pero el dolor necesita bibliotecas enteras.
Entonces ocurrió la visión.
No puedo asegurar si la vi o si fui visto por ella.
En la mitad de un Eón, alguien decidió construir un cementerio. No de cuerpos, sino de impulsos. Allí estaban enterradas la envidia, la tristeza, la mentira, los intereses geopolíticos —que, curiosamente, tenían forma de mapas que se devoraban entre sí— y hasta los chismes, que murmuraban aún bajo tierra como insectos obstinados.
Pero no reposaban en suelo alguno.
Estaban dispuestos en un laberinto.
No un laberinto de piedra, sino de verdades.
Cada pasillo conducía a una revelación insoportable; cada salida era una entrada disfrazada. Percibí, con serenidad, que aquel lugar no había sido construido para encerrar, sino para impedir la huida. Porque nadie escapa de la verdad cuando esta adopta la forma de un camino.
Y entonces —como si una ecuación secreta se hubiese resuelto en el corazón del tiempo— la proporción cambió.
La carpeta de las alegrías comenzó a expandirse.
Primero lentamente, como una respiración tímida. Luego con una violencia silenciosa, hasta volverse vasta, inconmensurable, infinita. No eliminó el cementerio; lo contuvo. Como si la felicidad no negara el dolor, sino que lo integrara en una arquitectura más vasta.
Fue en ese instante cuando regresé.
O, mejor dicho, cuando fui devuelto.
Mi cuerpo —ese avatar que había dejado sentado— me recibió. Pesaba. Dudaba. Pensaba. Abrí los ojos, y el mundo volvió a su escala habitual: las paredes, el aire, el tiempo domesticado por relojes.
Pero algo no encajaba.
Me quedé pensativo, sí, pero no como antes. Era una duda distinta, más antigua. Como si una parte de mí hubiese quedado atrapada en aquel laberinto de verdades, o tal vez custodiando la carpeta infinita de las alegrías.
Desde entonces sospecho —y esta sospecha es mi única certeza— que cada vez que cerramos los ojos no entramos en nosotros mismos, sino en un archivo. Y que alguien, en algún lugar fuera del tiempo, decide en qué carpeta ponernos.
OPINIONES Y COMENTARIOS