A las ocho y media de la mañana me convierto en una leona hambrienta que sale a la calle en busca de su presa. Las tripas me rugen y mis cinco sentidos están más despiertos que nunca. Camino despacio sin perder detalle, observándolo todo, pendiente de cualquier movimiento. Observo con los ojos, con los oídos, con el olfato, con la piel, con el corazón.

El tiempo transcurre lento y, tras unos improductivos minutos, comienzo a impacientarme. Nada merece la pena: el mismo frutero de siempre empujando su carretilla hasta arriba de cajas que colocará en el almacén nada más llegar; las mismas madres que llevan a sus hijos al colegio y que después compartirán cháchara alrededor de humeantes tazas de café; las mismas sexagenarias ociosas armadas con palos para ayudarse en su caminata diaria; los mismos coches apresurados por llegar a tiempo a la oficina… El mismo cielo gris, el mismo asfalto sucio, la misma gente anodina.

Cruzo por el paso de cebra y una niña con uniforme de colegio me sonríe. Yo le devuelvo la sonrisa. La madre de la niña le tira del brazo y la sonrisa de la pequeña se desvanece. La mía se transforma en un gesto de desdén que dedico a la madre sin ningún pudor.

Me invade el desánimo. Mis movimientos de antaño, suaves y sinuosos como los de un gato salvaje, son ahora torpes y desentrenados como los de un elefante ciego. Mi tripa está vacía y mi cabeza revuelta. La impresión de que volveré a casa sin nada que alimente mi mente y mi corazón me atormenta como el mantra de la riña de un padre.

Un corro de escolares teclean en las pantallas de sus móviles a las puertas del colegio. No hablan; no se miran. Sumergidos cada uno en su pantalla. Recuerdo entonces cuando era yo la que se reunía con sus amigos en la puerta del colegio. Entre nuestras manos no había teléfonos móviles, sino cromos de Candy Candy o Willy Fog.

Pero no quiero alimentarme del recuerdo. Podría hacerlo, aunque esa no es la presa que busco. Ansío carne fresca, abierta, sangrante. Algo imposible de guardar en la nevera. Algo que me muera por devorar nada más llegar.

Sin embargo, la sensación de búsqueda infructuosa martillea mi cabeza. Hastiada, me dejo caer en un banco acunada por el bullicio de los niños, gritos de júbilo o rabia, cláxones de despedida, chirrido de ruedas, el volumen demasiado alto de una canción que se escapa por la ventana de un coche que circula demasiado rápido…

El rocío de la mañana traspasa la fina tela de mi pantalón. Aún así, permanezco sentada. Echo de menos un cigarrillo entre mis labios, el humo viajando hacia mis pulmones, la sensación de relajación que provocaba de forma casi instantánea en todas y cada una de las células de mi cuerpo. Cierro los ojos dispuesta a disfrutar de esa calada ficticia que tanto añoro. Sin embargo, no es el febril aroma de la nicotina lo que mi cuerpo reconoce, sino el viejo hedor de un bocadillo de chorizo como el que me preparaba mi madre todas las mañanas.

Abro mis ojos y otros me observan: los de una niña de unos diez años con mochila a la espalda que blande en su mano un bocadillo en papel de plata cual espada de Alonso Quijano.

“Señora, ¿se encuentra bien?”. No recuerdo el tiempo que hace desde la última vez que me formularon esa pregunta. Y no digamos un menor. Me atrevería a decir que es la primera vez. Puede que haya encontrado a mi presa. Sonrío.

—¿No te han enseñado que no debes hablar con desconocidos?

—Usted no es una desconocida. Vive en la calle Cervantes n.º 10. Sale todas las mañanas a dar un paseo. Está casada pero no tiene hijos. Conduce un Seat Ibiza azul oscuro y hace más o menos un año que se trasladó aquí. Tiene un perro que se llama Roque. Es un pastor alemán. Hace unos meses se rompió una pata, pero ya está bien.

No salgo de mi asombro. Intento decir algo, pero la mocosa me ha dejado sin palabras. ¡A mí!

—Ya sé que debe de estar preguntándose cómo dispongo de todos esos datos sobre usted. Muy sencillo; somos casi vecinas. Yo vivo en su misma calle, tres números más abajo. Mi casa es la de color verde con placas solares en el tejado.

—Perdóname, no me había fijado en ti —logro articular.

—No es de extrañar. Suelo pasar bastante desapercibida. Soy una niña algo tímida, ¿sabe?, pero muy observadora.

—Eh… ya me he dado cuenta, ya.

—Mi madre me dijo que es usted escritora. He estado investigando y sé que tiene algunos libros publicados, pero aún no he podido leer ninguno porque no están disponibles en el colegio ni en la biblioteca. Me gusta mucho leer, ¿sabe? También me gusta observar a la gente. Nunca se sabe dónde se esconden las buenas historias, ¿verdad?

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