Estaba sentado en mi terraza, disfrutando el sonido de los grillos, el rocío de la noche y la luz de la luna reflejada en el asfalto. Tomaba un café endulzado con chocolate amargo. Descansaba de una jornada escolar extenuante como docente. Era mi momento.

Desde lo alto de mi terraza, divisé lo que parecían ser pequeñas estrellas fugaces. Estas caían sobre el pavimento causando una gran explosión e incendiando todo a su paso. Era un ruido estrepitoso que ensordecía con solo su esplendor. Eran granadas.

La confusión era evidente. Todas las casas prendieron sus luces para esclarecer lo que sucedía. Así como aquellos marineros que morían en altamar atraídos por el canto de las sirenas, la curiosidad de las personas de mi ciudad hizo que salieran de sus casas para estar cerca del aullido y colores destellantes de las sirenas. Yo no salí, pero vi todo desde mi terraza.

Era un monstruoso vehículo fuertemente acorazado. En mis clases de historia, les hablaba a mis alumnos sobre las guerras en la Edad Media, y como en estas se protegía a los caballos con armaduras de metal muy pesadas, capaces de resistir flechas, lanzas o incluso espadas. El vehículo, como aquellos caballos, estaba ferozmente blindado.

La seguridad de mi pueblo había detenido en el centro de la ciudad un medio de transporte que estaba fuertemente reforzado con metal grueso de color negro, soldado de manera artesanal y tosca. El blindaje hacía rebotar todo proyectil que detonara contra él. Sin embargo, se detuvo cuando los protectores del pueblo lanzaron sus granadas en contra de aquel acorazado.

Los jinetes que lo conducían emergieron completamente armados y con el cuerpo rodeado de placas metálicas gruesas. Estas modificaban su silueta humana, y bajo la densa noche, los hacía parecer monstruos. Comenzaron a defenderse de forma descarrilada, disparando sin razón ni objetivo. Usaron el vehículo como escudo, pero se vieron superados en número y armamento contra los protectores de la ciudad.

Siendo superados en personal y equipamiento, divisaron la esperanza de la huida en aquellos inocentes que estaban presenciando este desasosiego infernal. Comenzaron a disparar a todos los que observaban el enfrentamiento. Después del primer disparo, del vehículo sonaban trompetas, clarinetes y demás instrumentos mientras gritaban cantando ferozmente – decían que cargaba el diablo, mentiras no traía nada –.

Casi no podían ver bien por las protecciones, pero aun así sus balas lograban encontrar la inocencia y acabar con ella. Una de las balas rompió mi taza de cerámica artesanal haciendo que el café hirviendo se derramara por mis manos.

Mientras sentía el ardor del café recorriendo mis manos, caí al suelo. Mi perro, un labrador adulto, ladrando secamente y corriendo en un estado de total paranoia, chocó contra mis piernas con tanta fuerza que las dobló y me tumbó. El animal en su desesperación saltó la arandela de la terraza. Cayó al adoquín de la calle. Hasta lo alto de mi terraza, escuché, nítido, el crujir de sus huesos. Aun así, corrió despavorido. Corrió sin parar hasta morir.

La luz de los proyectiles me ensordecía. Los gritos inocentes me cegaban. El ruido estaba acompañado de un sabor amargo de angustia y perversión. Los jinetes soltaban gritos de excitación. Cantaban con orgullo los versos – soy verdugo, soy azote, mi venganza tiene nombre, viene escrita en cada bala –. Vociferaban su conteo de muerte de forma fantoche compitiendo entre sí por el número más grande. Fue al oír el número diecisiete que mi cuerpo cedió. Desmayé.

El calor de los rayos del sol se incrustó en mi cara con insistencia, arrebatándome el sueño. Me levanté. Miré la calle donde todo había sucedido. Los bomberos limpiaban con la gran presión de agua que salía de su máquina, querían lavar la depravación carnicera que se encontraba en el asfalto. Se esforzaban por quitar todo rastro de plomo y carne para devolver el color negro del pavimento.

Regresé a mi cuarto. Sonó el despertador. Eran las 7:00 am. Solo tenía una hora para alistarme e ir a impartir clases. Me bañé con agua helada. El gélido líquido que corría sobre mi piel era insuficiente para limpiar las escenas que mis ojos habían presenciado. Se habían tatuado en mi cuerpo. El café que había escurrido en mis manos no lograba desaparecer con jabón ni con la aspereza del estropajo. Mi conciencia no podía limpiarse.

Frotaba mi cabeza de forma desesperada. Buscaba penetrar con la fuerza de mis manos mi cráneo y sacar los recuerdos de la noche. El shampoo resbaló por mi cara hasta a mis ojos. Mis ojos se enrojecieron y ardieron. Un dolor minúsculo comparado con la desesperanza que había sentido horas antes. Pero fue con esa sensación de ardor que por fin pude salir de mi prisión mental.

Tenía la costumbre diaria de ir a la escuela acompañado de un desayuno casero y un snack que comía entre clases. Pero no sentí hambre. Duré días sin sentirla. Mi cuerpo se alimentaba de los flashbacks que atestigüé. Éstos llenaban mi estómago de un gran vacío que se acompañaba de dolores inmundos. El dolor llenaba de forma abismal mi apetito con retorcijones viscerales.

La cercanía de la escuela con mi casa era notable, por eso iba en bicicleta. Me subí a ella. Mis piernas no lograban pedalear. La cadena siempre rechinaba, era un sonido agradable para mí. Después de la masacre de los inocentes, el rechinido de la cadena evocó en mi mente el chasqueo de dientes y los gemidos de las personas inocentes abatidas. Mis piernas no respondieron. Tuve que caminar hasta el centro educativo.

Cada paso pesaba más que otro. Las calles se hicieron inmensas y largas. Ningún carro circulaba. Ningún perro callejero salió a perseguirme. Los escombros entorpecían mi andar. Mis tobillos flaqueaban torciéndose cada tercer paso. El camino se redujo tanto que la entrada de la escuela vino a mí. Pero mi marcha, que se sentía eterna, no lograba llegar. Al final de esta odisea, aparecí en la escuela.

Me dirigí a mi salón. Estaba cerrado. El intendente no lo abrió y mucho menos lo limpió. Usé mis llaves para entrar. Había un denso polvo flotando. Era un olor a abandono de años. A pesar del uso diario del aula, ese olor se impregnó en todo el mobiliario. La fragancia rancia abundaba toda la escuela. Al querer exhalar y deshacerme del olor, mis alumnos comenzaron a llegar.

El contacto físico con mis alumnos es limitado. Pero ese día, mis alumnos llegaron, me saludaron con un fuerte apretón de manos y luego me abrazaron con mucho sentimiento diciendo: feliz cumpleaños, maestro.

Mis colegas docentes arribaron a mi salón con un pastel de chocolate amargo, globos de helio y refrescos. Listos para celebrar mi cumpleaños junto a mis alumnos. Percibí el desaliento frustrante del colectivo. Todos con una sonrisa apresurada. La tensión en sus piernas los hacía temblar como gelatinas. Era evidente la firmeza forzada de sus pasos al caminar hacia mí y tratar de no tumbarse.

Al entrar al salón, inmediatamente cantaron – estas son las mañanitas, que cantaba el rey David… –. Los versos me provocaban acidez. En el ambiente se palpaba el áspero momento. Mi cumpleaños era la excusa perfecta para no pensar, recordar ni reflexionar lo sucedido hace menos de 24 horas en el pueblo. Yo era el mártir usado para olvidar sus penas. Ni siquiera me dejaban hablar ni intervenir.

Estaba por soplar la vela encendida sobre el pastel. Todos insistían en que pidiera un deseo. En sus rostros pude leer el mismo pensamiento: querían que yo deseara que el atentado jamás hubiera ocurrido. Mi deseo fue que aquella matanza desapareciera de la memoria de todos. No cerré los ojos al soplar la vela y pedirlo. Jamás se volvió realidad.

El pastel se acabó, los refrescos se vaciaron, las sonrisas se agotaron. El director ordenó que los alumnos salieran temprano ese día. No dio explicaciones. Nadie las pidió. Se nos citó a los docentes en la sala de reunión para conversar.

Cada pisada de los docentes sonaba pesada. En cada una cargaban toneladas de sentimientos. Las pisadas sonaban secas y estrepitosas, pero se veían titubeantes. La mirada gruesa y pesada de cada uno contrastaba con la fragilidad que había en sus pupilas. Los ojos estaban por desbordarse. Solo faltaba una gota para ello.

Dentro de la sala, nadie cruzó miradas. Ni siquiera por accidente. Todos estaban pendientes de: sus pies, del techo del salón, del azulejo del suelo, de las astillas de las mesas e incluso de las imperfecciones de las paredes. La tranquilidad que da perder la mirada en banalidades estéticas de los objetos cotidianos fue lo que permitió la supervivencia de la población escolar hasta el término del ciclo.

El director llegó. Sus lentes estaban empañados. Sus ojos no lograban verse, pero su mirada estaba hinchada. Respiraba jadeante. Su nariz estaba congestionada de tanto escurrimiento nasal. No estaba enfermo. Estaba sintiendo.

Todos los miramos. Nadie se fijó en sus ojos. Notamos su cara. Comenzó a hablar. Sus palabras chocaban en los oídos presentes – diecisiete, esos son los alumnos que en total serán sacados del registro de asistencia escolar. Necesito que me entreguen el reporte de asistencia de hoy. Los que tengan los siguientes nombres de alumnos, háganmelo saber –. Las indicaciones rompieron el hielo de la sala. El único hielo que nos permitió estar fríos ante el infierno emocional que enfrentábamos.

–Pero el locutor de radio dijo que solamente habían muerto 5 infantes, no entiendo – expresó la maestra de química con la voz entrecortada y un pañuelo húmedo en su mano.

­­­– Mi esposa enfermera me llamó diciendo que no llegaría a casa, su turno se alargaría; que todos los heridos que llegaron al hospital murieron en el recorrido o durante las intervenciones médicas, los cuerpos que ella mencionó fueron de 27 – dijo el maestro de educación física con la mirada fija en la puerta. Su voz de desespero impedía que alguien pudiera preguntarle más.

– Mi esposo era el chofer de la ambulancia, él aún no ha regresado a casa ni tampoco he tenido algún contacto con él – externó la subdirectora con la mirada perdida en el teléfono esperando la llamada de su esposo.

La respiración de todos recayó en un mismo suspiro. Intentamos abrazarnos. Nuestros brazos rígidos no respondían a la indicación que daba el cuerpo. Aquel impulso que ordena el sentimiento amoroso de dar y recibir un abrazo de consuelo. No pudo ser.

A los pocos minutos, nos vimos a los ojos. Acompañamos las miradas con una sonrisa consoladora. Gracias a ese abrazo al alma que recibí de forma colectiva, pude dormir esa noche.

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