Aroma a labial de invierno

Aroma a labial de invierno

Liam Escalante

10/04/2026

Una vez, mi hermana escribió: Qué bello es encontrarnos en el apocalipsis, viendo un cielo y una tierra nueva, donde ya no hay dolor. Este verso me da vueltas mientras corro desesperado por el medio de la calle que lleva al mar. No quiero volver a sentir dolor, no puedo pasar por esto otra vez…

Escucho los escombros contra el asfalto. ¿Será que ya no queda nadie para ser amado?

La melodía de Trátame suavemente se mezclaba con el aire nocturno del parque. Mis amigos y yo hacíamos el asado entre cervezas y chistes. Sin embargo, algo me faltaba. Miré a la distancia y vi a Teo, como un fantasma recortado en el horizonte.

—Está raro ¿no?— Comentó uno de ellos.

—¿Les pegó mal la convivencia?—Agregó el otro.

Mi cuerpo tembló ligeramente. A pesar de eso, nos excusé.

—No, es que Teo está cansado, está con todo el tema de la tesis…

—Benja, eso no es cansancio. Yo que vos presto más atención.

De camino a casa, los dos nos sumergimos en el silencio cotidiano. Teo no sabía qué pasaba por mi cabeza, y yo tampoco en la de él. Llegamos a la puerta de la vieja fachada remodelada. Los sordos pasos retumbaban por la escalera mientras subíamos. Tenía ganas de acercarme pero sus labios estaban tan resquebrajados que me daba miedo de empeorarlos.

Mientras Teo se lavaba los dientes, me senté frente al escritorio y abrí el diario de mi hermana. Busqué la página en donde me había quedado. Solo te pido que me mires porque el olvido corre más rápido que yo.

—¿Te vas a acostar?—Teo se detiene en el umbral de la habitación.

—Ya voy…

Pero antes de darme cuenta de lo frío que sonaban mis palabras, él ya se había ido. Suspiré. Mi espalda se acopló al respaldo y me volví uno con lo inerte. Entonces vino a mi cabeza el profundo aroma del cacao…

Eran marrones claros, muy atractivos. Un par de labios carnosos que invitan a cualquiera a morderlos. Quería ese chico para mí. Pero éramos dos extraños en el colectivo, él ensimismado en sus apuntes, yo aparentando prestarle atención a mis redes sociales. Nuestros cuerpos solamente se conectaban por el roce de las camperas de abrigo. Cuando bajó, se le cayeron las hojas y lamenté no ser yo quién lo ayudaba a recogerlas.

El ateo le rezó a Dios para que el destino fuera bueno con él.

Luego fue un martes, en el gimnasio. Estaba haciendo bicicleta cuando él se subió a la cinta para correr. Cantaba en silencio mientras la cinta empezaba a rodar. Entonces, sin la abultada vestimenta, su cuerpo se veía tan bien definido que daba placer estético observar. Espalda ancha, cintura pequeña, piernas largas.

Dicen que uno es sorpresa, dos es casualidad y tres es sistema. ¿Tenía que esperar a la tercera vez para confirmar nuestro destino? ¿O esa sería la casualidad que necesitaba? En esa nueva etapa de mi vida quería seguridad, no incertidumbre. Si lo volvía a ver, sería una señal de que tenía que alcanzarlo. Sin embargo, no volvió al gimnasio.

Pasaron tres meses de decepción hasta que lo volví a encontrar en una previa. Era tan sociable que me intimidó. Recién cuando estábamos yendo de camino a la fiesta, me animé a acercarme. Me dio conversación rápidamente y, como si el tiempo se elipsara sin permiso, terminamos solos, hablando hasta las siete de la mañana. Vimos un primaveral amanecer en medio de una suave ventisca alimentada de cacao.

Era más chico que yo, estudiaba filosofía, trabajaba en una tienda de kpop, le gustaba la menta granizada y dormir la siesta. Era lento pero intenso.

La primera vez que lo hicimos me dijo que nunca antes lo habían hecho acabar. Después de eso, quería que se lo hiciera todos los días. En ese momento, me sentí el elegido, capaz de todo, lleno de codicia por querer una vida junto a un lucero como él.

El sonido congelado de la tabla de picar me sacó del ensimismamiento. Los recuerdos en mi cabeza ya no tenían un orden. Eran como un agujero negro. Vi a Teo con la mirada fija en la sangre que goteaba sobre un pimiento. Reaccioné luego de unos segundos. Tomé un poco de papel de cocina y sujeté su dedo. El corte era profundo y contrastaba con la mirada vacía de él.

—Voy a comprar curitas—Me apresuro a agarrar la billetera sobre la mesa.

–No hace falta, no me duele

—Se puede infectar…

Teo se llevó el dedo a la boca.

—Eso no sirve

—Así se para la sangre

—¿Qué te pasa últimamente?—Le saqué la mano de la boca con brusquedad.

—No seas exagerado. Es un corte, nada más—Me apoyé en la mesada, lo miré a los ojos. Sin embargo, él me esquivó y se fue de la cocina sin decir una palabra.

Por la ventana ingresaba la luz fría del alumbrado público. La cama últimamente se veía más espaciosa que de costumbre. Sobraba colchón por todos lados. Antes parecía mucho más pequeña; extrañaba el contacto. Cuando Teo se volteó, cerré rápidamente los ojos. Sé que me miró durante un rato hasta que finalmente se levantó de la cama. El sillón le gustaba más que yo.

El viento zonda le seca los labios… Por eso, a la mañana siguiente, le acerqué su labial. Él me miró con una sonrisa prestada. Me senté frente al escritorio para seguir transcribiendo. El olor del cacao era fuerte e inundaba los frágiles versos de mi hermana. El tiempo explota en mi cabeza como un cáncer fatigado de dormir.

—Mañana cumplimos dos años…—Suelto de repente. Ante su silencio, insisto. -Hagamos algo

—¿Qué querés hacer?

—¿No hay nada que quieras hacer? El año pasado elegiste vos y fue divertido

Teo permanece en silencio de nuevo. Eso me parte el corazón. ¿Ya no tiene sentimientos por mí? Lo miré de forma tal que esperaba que se sintiera amenazado.

—Viajemos…

Miré distraídamente como la velocidad se tragaba el asfalto. Tras un leve movimiento, el edredón que nos cubría se cayó. Teo estaba ensimismado en su celular, por lo que no lo notó. En un ataque de celos, le arrebaté el celular de las manos. Me miró con molestia pero solo se acomodó y cerró los ojos. Lo contemplé un rato, me seguía pareciendo tan hermoso como la primera vez y, sin embargo, algo se había apagado en su semblante.

El pueblito rionegrino al que llegamos tenía un aura mágica. Aún nos quedaban unas horas de nuestro aniversario y francamente esperaba que algo del aire sureño curara la relación.

Entramos a un hostal de fachada rústica. Tan solo pasamos el umbral, una sonrisa se dibujó en los labios resecos; Teo mostró toda su amabilidad con la recepcionista. Una vez en la habitación, esperé que esa sonrisa se prolongara a mí, pero solo conseguí un simple “gracias por todo”. Teo se tiró en la cama, quejándose de sus contracturas. Intenté adivinar si era una forma elegante de rechazar mis planes de ir a cenar o verdaderamente estaba cansado. Decidí no presionarlo y me recosté junto a él. Teo jugaba con sus dedos. Siempre tuvo la mala costumbre de hacerlos crujir. Tomé sus manos con gentileza y besé cada uno de sus dedos.

Me regaló una pequeña sonrisa. 

—¿Querés ir a cenar o…?

Con un movimiento veloz, Teo se subió arriba mío. Con una voracidad que creía muerta, me mordió los labios y empezó a desvestirse. Mi desconcierto mutó rápidamente en excitación. Nuestros cuerpos se entrelazaron. Los jadeos se hicieron presentes. Las respiraciones se igualaron. Su labial era mi labial. Esa conexión perdida, de la nada se reconstruyó. Al contrario de su habitual rol pasivo, Teo controló cada parte de mi deseo. En algún punto, su nueva faceta me fascinó y me hizo olvidar del silencio aterrador de los últimos meses. Mientras me hacía volar, susurró a mi oído un contenido “Te amo”. Jadeé y me aferré a su cuello con miedo a que, en un instante, se desvaneciera.

Giré sobre el colchón buscando la calidez de su cuerpo. Sin embargo, su lado estaba vacío. Abrí los ojos con pesadez y suspiré. ¿Acaso fue todo un sueño? Los sollozos ahogados llegaron a mis oídos. Me levanté con cuidado, sin querer interrumpir su intimidad, pero curioso de entender el problema. Del otro lado de la puerta del baño, el llanto era apenas una queja. No sabía si quería abrazarlo o sacudirlo.

No pude tomar nada más de él.

Me vestí rápidamente y abandoné la habitación. 

Las lágrimas lastiman mis mejillas, arden. La brisa marina me despeina, me devasta el alma. Cada parte de este desconocido lugar me recuerda lo que alguna vez nos mantuvo en la misma página.

Me digo resiste, resiste un poco más, pero el dolor es expansivo y abrasador. Mi hermana era sabia. Si tan solo hubiera resistido un poco más… Si tan solo yo me hubiera dado cuenta… Si tan solo…

Me detengo cuando el agua llega a mi pecho. El mar es oscuro. Grito. Lloro. La sal del viento seca mis labios. Entonces anhelo el cacao, aquel aroma del invierno en que nos conocimos. Aunque lo que más quiero es enamorarme de su presente.

–¡Benja!—Su grito llega como un susurro. No me volteo, no quiero su compasión.

Pronto, unos fuertes brazos me rodean. Trato de zafarme pero las olas me empujan contra su pecho. 

—¡No necesito que me salves!—Grito con furia y egoísmo. 

Apoya la barbilla en mi hombro. Siento su respiración agitada. 

—Solo te estoy acompañando… 

Una vez, mi hermana escribió que lo bello es encontrarse en el apocalipsis, ver un cielo y una tierra nueva, donde ya no hay dolor.

Tal vez el apocalipsis no es el fin, sino el lugar donde empezamos a ser otros.

De pronto, me doy cuenta: ambos queremos lo mismo.

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