Vivir en un quinto piso no tiene nada de malo, a no ser que lo hagas una altura por encima de Elpidia. El día en que Dolores compró con su marido el quinto todo cambió. Llegar con un Volkswagen Passat último modelo tampoco ayudó. Descargar las últimas cajas de la mudanza en el portal fue como escupir en su cara. Hacía no mucho que Elpidia, la vecina nativa del cuarto, había comprado justo el mismo coche, solo que en una versión anterior.
Lejos de amilanarse ante el desafío, hizo lo que solo una vecina puede hacer cuando siente envidia: hacerse amiga de la recién llegada. No solo tenían una edad parecida, sino que estaban casadas con maridos de trabajos similarmente remunerados y seguidores del mismo equipo de fútbol. Ellas compraban en las mismas tiendas de moda, veían los mismos programas en la tele y eran más de playa que de montaña ¿Cómo no iba a fingir ser su amiga?
Decía Quevedo que la envidia es tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Así, Elpidia alimentaba su menudo cuerpo con los deseos que Dolores satisfacía. Si quería unos zapatos, ella los compraba antes, si alquilaba un apartamento en el mar, ella anulaba sus planes para hacer lo mismo, si follaba tres veces por semana, ella lo procuraba con su propio marido, si quería quedarse embarazada, ella tenía un hijo.
Dos ríos que transitaban los años con aparente sincronía y de forma casi paralela, solo que para Elpidia el suyo siempre discurría con menor caudal. Tener un hijo exigía que éste estuviera a la misma altura (o incluso a más) que el de Dolores. Que aprendieran a andar antes era cuestión de estimular las piernas de su bebé, que sacara más cantidad de sobresalientes requería supervisar estrictamente que su hijo repasaba bien los temas, que tuvieran los mismos regalos en Navidad, sonsacar al hijo de Dolores qué iba a pedir para Reyes.
Fue algo más complicado que el hijo de Elpidia consiguiera novia antes que el otro, aquello fue una batalla perdida pese a que se tomara la libertad de invitar a comer a todas las amigas de su hijo habidas y por haber. Pero el día en que llegaron los resultados de la Selectividad de ambos, el hijo de Dolores sacó un 7’9 de media, el suyo había obtenido un 8’1. Mi esfuerzo ha dado sus frutos, se regocijaba ella. Si no fuera por la noticia que había llegado ese mismo día, se podría decir que era el día más feliz de su vida. Pero no, tenía que venir la vecina a empañar su gran victoria, siempre tenía que ser la maldita protagonista.
Cuando Dolores empezó a recibir las primeras sesiones de quimio, todo el mundo se volcó con ella. La pena que sentía Elpidia iba en aumento, al principio no sabía cómo explicarla. La del cuarto empezó a darse cuenta de que nadie le preguntaba ya por su vida, se dirigían a ella en calidad de mejor amiga de la enferma. Al verla cariacontecida, todos pensaban en el gran pesar que debía sentir por su amiga, aunque ella realmente tramara.
Fue tan progresivo que nadie lo vio venir, la enfermedad empezó a consumir a las dos, pero solo una de ellas padecía una dolencia invisible. Comenzó con un guiso que alegró el día a Dolores, Elpidia lo preparó tal y como lo hacían en el pueblo de su vecina. Aquel gesto fue agradecido y celebrado por la familia y la escalera. No contenta con llevarle un poco, preparó de sobra para ofrecer a todos en la comunidad, pregonando por supuesto la razón altruista que la llevó a prepararlo. Todos probaron ese exquisito manjar y ella el irresistible sabor de los halagos.
Sus cuidados fueron desplazando a los del resto. Dolores podía contar con ella para lo que sea. De forma natural todos fueron delegando en Elpidia hasta los cuidados más básicos. Dolores perdía las ganas de comer, pero a Elpidia se le iba el hambre de verla así. Dolores tenía que ir de médico en médico, pero Elpidia no daba abasto entre cuidar de su casa y llevarla a todas las consultas. Si Dolores no dormía, Elpidia tampoco porque tenía pesadillas. El día en que Elpidia pasaba la máquina cortapelos por el cuero cabelludo de su amiga, todos debieron darse cuenta, pero nadie supo pararlo. Entre bromas y mechones de pelo en el suelo, el reto se planteó como un juego, pero fue algo más que eso. Elpidia no iba a quedarse atrás y cortó su pelo también, uniendo para siempre el destino de ambas.
La metástasis se hacía insostenible, también la amistad. A medida que el final acechaba a Dolores, el papel de Elpidia perdía sentido. Con la muerte a las puertas, estas mismas se iban cerrando para ella. El marido e hijo de su vecina procuraban cada vez más pasar tiempo a solas en familia. Los ingresos en el hospital eran frecuentes y no siempre permitían a Elpidia hablar con los médicos. Así, se convirtió en una suerte de pregonera que contaba a todas las visitas con pelos y señales qué medicación le había puesto a su amiga, cómo la había ayudado a comer más o si había andando un poco ese día por la habitación gracias a ella… Pero todo esto le sabía a poco.
En el décimo día del último ingreso, el marido de Dolores no podía más. Después de diez noches en el mismo sillón de hospital, el cansancio hizo que se desplomara cuando iba al baño por la mañana. Aquel tremendo sacrificio podía hacer empalidecer todos los de Elpidia. Era el momento de actuar. Con la insistencia oportuna y la ayuda de más allegados, no fue tan difícil convencer al marido de que aquella noche sería Elpidia la que tomaría el relevo.
Con la horas, la oscuridad fue tomando asiento en la habitación. Después del último refrigerio de la noche, nadie tenía que pasar a cambiar el gotero en unas horas. El silencio barría los pasillos del hospital. La cháchara del personal de guardia iba y venía en el ambiente, algún televisor encendido, alguna cisterna del baño, ruidos que se iban apagando con la noche. En la calle los semáforos alternaban el rojo y el verde para ningún coche. Ya fundida con las sombras, Elpidia abrió sus ojos y se levantó del sillón. Su figura se aproximó a la camilla y tomó la mano de su vecina, su amiga, su rival.
Nadie supo qué ocurrió aquella noche. Algunos dicen que Elpidia murió de pena al ver expirar a Dolores, otros decían que no estaba comiendo nada y que tuvo una parada cardíaca. Llegaron a contar incluso, que ella también tenía cáncer, pero no se lo había dicho a nadie. Las historias corrieron de boca en boca en el barrio con más rapidez que cordura, los medios locales de comunicación se hicieron eco. En la placa de la estatua conmemorativa de Dolores y Elpidia aparece el nueve de abril como fecha oficial de su muerte simultánea, un monumento a su amistad.
En la talla de bronce la vecina del quinto está tumbada en la camilla, mientras que la del cuarto la asiste en pie cogiendo su mano, por fin más alta, por fin más visible.
[…]
El tiempo ha pasado, en el parque las palomas adoran la cabeza de Elpidia, los niños se pasan la pelota por encima de la estatua y ya nadie se acuerda en qué piso vivía cada una.
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