La capitulación de Italia y
la muerte de Mussolini
Dos meses después de rendirse las
tropas del Eje en el norte de África, el sábado 10 de julio de
1943, los Aliados cruzaron el Mediterráneo para apoderarse de
Sicilia. La llamada «Operación Esquimal» resultó el primer
desembarco anfibio a gran escala contra las potencias del Eje en
Europa. En total se movilizaron 3.200 buques para transportar a
160.000 hombres a las órdenes del teniente general George S. Patton,
comandante del VII Ejército norteamericano y el mariscal Bernard L.
Montgomery, comandante del VIII Ejército británico, vencedores
ambos del Africa Korps del mariscal Erwin Rommel en El
Alamein.
A excepción de la dura resistencia que
ofrecieron los alemanes presentes en la cabeza de playa de Gela
(costa sur de Sicilia), los desembarcos aliados se realizaron con
éxito porque la mayor parte de las tropas italianas, que estaban
hartas de la guerra, no querían combatir y se rendían a los
anglo-norteamericanos. Sólo tres divisiones germanas ─la Hermann
Göring, la 15 Blindada de Granaderos y la 29 Motorizada─,
reforzadas por veteranos paracaidistas hasta completar un total de
90.000 efectivos, ofrecieron un sólido freno al avance aliado,
atrincherados en las empinadas faldas volcánicas del Etna. Después
de 39 días de combate, los alemanes consiguieron rescatar a cerca de
53.000 hombres, así como la mayor parte de su material bélico y
replegarse a la península italiana cruzando el estrecho de Messina.
El martes 17 de agosto, las columnas de Patton y Montgomery entraban
en Messina poniendo punto final a su triunfal ocupación de Sicilia.
La campaña ocasionó un total de 31.000 bajas aliadas, 37.000
alemanas y unas 130.000 italianas, incluyendo la muerte de los miles
de civiles.
Tres semanas antes, el domingo 25 de
julio, durante una acalorada reunión del Gran Consejo fascista,
convocado por primera vez desde el inicio de la invasión de Polonia
por los alemanes en septiembre de 1939, el Duce Benito Mussolini fue
obligado a dimitir por diecinueve votos en contra, siete a favor y
una abstención. El nuevo Gobierno, presidido por el mariscal Pietro
Badoglio, arrestó a Mussolini y envió sus emisarios a parlamentar
con los Aliados para conseguir un alto el fuego seguido de un
armisticio. Desde finales de julio hasta primeros de septiembre
tuvieron lugar las negociaciones, tratando Badoglio de obtener un
acuerdo mejor que el de la «rendición incondicional de Italia»,
exigida por el general Eisenhower. Sabiendo que sus tropas iban a
desembarcar en Salerno el jueves 9 de septiembre, el norteamericano
forzó la firma de Badoglio bombardeando días antes Roma por segunda
vez, y el viernes 3 de septiembre firmóse un armisticio secreto con
el reino de Italia en Siracusa (Sicilia).
Sin embargo, estas prolongadas
negociaciones dieron tiempo a los alemanes para prepararse y ocupar
la mayor parte de Italia, apropiándose del Gobierno, puertos,
aeródromos, infraestructuras, etc., asegurándose el control de Roma
y todo el valle industrial del Po ─el principal río por su
anchura, amplitud y caudal─. La Wehrmacht desarmó a las treinta
divisiones italianas que quedaban en la península, además de
reemplazar a las veinticinco que había de guarnición en los
Balcanes, produciendo con ello una mayor tensión a sus ejércitos
que ya eran claramente insuficientes para cubrir los territorios
europeos ocupados por el Eje. A destacar el golpe de mano llevado a
cabo por los paracaidistas del comandante Otto Skorzeny, rescatando a
Mussolini de su prisión en el inaccesible Gran Sasso de la
cordillera de los Abruzzos, el domingo 12 de septiembre. Hitler
quería valerse de su aliado para volver a establecer un régimen
fascista en la Italia ocupada por los nazis.
Y en efecto, aunque el rescate de
Mussolini y la ocupación alemana frustró la rápida e incruenta
conquista de Italia, la rendición de Badoglio tuvo algunos
resultados significativos. Todas las fuerzas italianas depusieron las
armas y la aviación, junto con la marina mercante y militar, se
pasaron a los Aliados. En la noche del miércoles 8 de septiembre,
horas antes del desembarco aliado en Salerno, la Flota de guerra
zarpó de sus puertos en Génova, La Spezia y Tarento rumbo a Malta,
para entregar sus unidades a los británicos. Y aunque la Luftwaffe
bombardeó y hundió un acorazado, dañando a otro, el grueso de la
escuadra, formada por cinco acorazados, siete cruceros y media docena
de destructores alcanzaron el puerto de La Valeta.
Los alemanes, enseguida invadieron
Córcega y Cerdeña cómo represalia, sin encontrar una resistencia
efectiva por parte de las tropas italianas, ni en las islas ni en la
península, por consiguiente, lograron apoderarse del país,
confiscar todo lo que necesitaban y proseguir su lucha contra los
Aliados en la península italiana. Por su parte, Londres y
Washington, que apoyaron al Gobierno de Badoglio y al rey Víctor
Manuel para evitar el retorno del fascismo, el caos y la amenaza
latente del comunismo, se encontraron con el rechazo de las fuerzas
liberales, demócratas y antifascistas, que no mostraron el menor
crédito ni respeto por Badoglio y el monarca, pese a que el 13 de
octubre de 1943, Badoglio declaraba la guerra a la Alemania nazi.
Entretanto, el desembarco aliado en el
golfo de Salerno y en la puntera italiana, entre Catania y Reggio
Calabria proseguía su avance y los británicos ocuparon el 9 de
septiembre la base naval de Tarento y otros dos magníficos puertos
del Adriático: Bari y Brindisi, concitando el entusiasmo de la
población civil. Eso obligó a los Aliados a aceptar a los italianos
como co-beligerantes, con todas sus consecuencias. Pero ni aliados ni
italianos tomaron en consideración la fuerte resistencia alemana que
se iban a encontrar en torno a unos obstáculos naturales reforzados
por las defensas nazis. En su avance desde el Sur hasta el Norte de
Italia, los Aliados tuvieron que abrirse paso luchando a través de
un millar de kilómetros atravesados por ríos, barrancos o
desfiladeros. Y por si esto fuera poco, las lluvias otoñales
convirtieron los ríos en verdaderos obstáculos y dejaron
intransitables las carreteras. El frio, la nieve y el hielo
convirtieron en angustiosa la situación de las tropas y el objetivo
de alcanzar Roma se dilató sine die.
Y mientras todo esto sucedía en el
frente, a primeros de enero de 1944, en Castel Vecchio, tenía lugar
el célebre proceso de Verona para castigar a cuantos dirigentes
fascistas habían intervenido en la destitución del Duce el 25 de
junio del año anterior. Entre los acusados se encontraba el propio
yerno de Mussolini, Galeazzo Ciano, pero de nada le sirvió su
apasionada defensa ni las desesperadas súplicas que su esposa Edda
dirigió a su padre. Y el martes 11 de enero, antes del mediodía,
Ciano, en compañía de Gottardi, Pareschi, De Bono y Marinelli,
fueron llevados al fuerte de San Procolo, en las afueras de Verona,
en donde, según la costumbre italiana de entonces para la ejecución
de traidores, se les ató a unas sillas y un piquete de ejecución de
la Guardia Nacional los fusiló por la espalda.
La realidad era que Mussolini seguía
vivo e Italia se encontraba dividida. Y para colmo de males, al sur
de la capital italiana, las fuerzas alemanas del mariscal
Kesserlring, incluidas sus divisiones Panzer, se habían situado a
lo largo de sus poderosas defensas de la Línea Gustavo, que
se extendía por las márgenes del río Garigliano y sus afluentes, a
través de los Apeninos, rodeando Monte Cassino, desde cuyas alturas
de 520 metros, los alemanes dominaban los accesos al valle Liri, la
región del Lacio y la propia Roma. Como todos sabemos, en lo alto de
esta montaña se encuentra la célebre Abadía de Montecassino,
fundada por el monje San Benito de Nursia en el 529 de nuestra Era.
En dicho monasterio, los nazis se habían hecho fuertes y emplazado
su mejor artillería, lo que les permitía abrir fuego sobre
cualquier contingente de tropas enemigas.
La batalla de Monte Cassino resultó una
de las más sangrientas de toda la campaña italiana y este primer
cenobio benedictino sufrió las consecuencias de su posición
estratégica y la ardua lucha que tuvo lugar desde los inicios del
mes de febrero de 1944 hasta el 18 de mayo, día en el que un
conjunto de tropas internacionales (norteamericanos, británicos,
canadienses, franceses, neozelandeses, indios y polacos) irrumpieron
y tomaron las ruinas de la abadía, abatida por la acción conjunta
de la aviación y la artillería aliada.
Por su parte, el asalto a la Línea
Gustavo se inició el miércoles 12 de enero de 1944, cuando el V
Ejército norteamericano comenzó su primer ataque contra las
defensas germanas y diez días después los anglo-norteamericanos
desembarcaron en las playas de Anzio y Neptuno, a unos 58 km. al sur
de Roma. Los desembarcos constituyeron una completa sorpresa táctica
que al final serviría para abrir el acceso aliado a la Ciudad
Eterna. No obstante, la resistencia alemana iba a resultar un
hueso duro de roer, y las últimas tropas germanas no abandonaron
Roma hasta finales del mes de mayo, declarándola «ciudad abierta» y
dejándola por fortuna indemne en su retirada. Por fin, el 4 de junio
los Aliados entraban en la capital italiana, justo dos días antes de
que cruzaran el Canal para invadir Normandía.
Hubo que esperar hasta el 9 de abril de
1945 para que las tropas conjuntas del V Ejército norteamericano y
el VIII Ejército británico lanzaran su ofensiva final sobre los
alemanes atrincherados a lo largo de la Línea Gótica
establecida en las márgenes del río Po. Los británicos se movieron
con rapidez bordeando la parte superior del Adriático para unirse a
los partisanos yugoslavos del mariscal Tito cerca de Trieste,
mientras que los norteamericanos se lanzaban sobre el paso alpino del
Brennero (entre Italia y Austria) para cortar la retirada alemana y
enlazar por el Oeste con las tropas francesas que avanzaban por la
costa de la Riviera. El miércoles 25 de abril, los partisanos
italianos organizaron un levantamiento de las principales ciudades
italianas del Norte: Milán, Turín, Génova y Venecia, y el sábado
28 un grupo de ellos descubrieron a Mussolini, acompañado de su
amante, la joven Clara Petacci, cerca del lago Como, cuando la pareja
pretendía escapar a Suiza.
Según la versión más aceptada por
los historiadores, avisado de su apresamiento el Comitato di
Liberazione Nazionale Alta Italia, este organismo revolucionario
de inspiración comunista envió a uno de sus delegados, Walter
Audisio, apodado Coronel Valerio, quien actuó a las órdenes
de sus jefes: el dirigente comunista Palmiro Togliatti y el líder
partisano Luigi Longo, quien había sido inspector de las Brigadas
Internacionales en la Guerra Civil española y figura clave de la
Resistencia italiana.
Audisio cumplió las directrices
recibidas de Togliatti y Longo, fusilando a las 16:20 horas a
Mussolini y Claretta frente a la tapia de la villa Belmonte, en la
localidad de Mezaggra, además de ejecutar previamente a otra
quincena de ministros fascistas y miembros de su séquito en el
muelle Dongo del lago Como. Al día siguiente, domingo 29 de abril,
los cadáveres del Duce y Petacci, después de ser pisoteados y
escupidos por los milaneses, fueron colgados cabeza abajo de la vigas
de una cochera, en donde los más exaltados escarnecieron y mutilaron
los cuerpos salvajemente.
Al día siguiente, lunes 30 de abril,
su aliado el canciller alemán Adolf Hitler se suicidaba en compañía
de su mujer Eva Braun, dentro del bunker de la Cancillería
(Führerbunker) de Berlín, al verse cercado por las tropas
soviéticas. Eran las 15:30 horas cuando el Führer se disparaba un
tiro en la cabeza, al tiempo que Eva Braun ingería una cápsula de
cianuro. En la medianoche del martes 8 de mayo, representantes del
Alto Mando alemán, con el mariscal Wilhelm Keitel a la cabeza,
firmaban la capitulación incondicional de Alemania en el recinto del
Museo Berlín-Karlshorst, en presencia del comandante en jefe del
Ejército Soviético, el mariscal Georgy Zhukov, en representación
de los Aliados. Esa noche, la guerra en Europa se daba por terminada.
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