Muchas veces nuestros giros, nuestras manías de escribir, engañan a esas máquinas que se creen oráculos, y entonces ellas dudan… y uno también. —Dicen—, lo escribió una IA, y terminas molesto.

Amanecí con una idea fija, casi inquisidora, como si un espíritu me hubiese soplado al oído un disparate: imaginar una nube con sed.

La visión me mostró un pueblo castigado por una sequía interminable. Quizás —me dije— era la sombra de aquel pasado que me obligaba, día tras día, a empujar una carretilla con ruedas de cajas de bolas viejas y un tanque de cincuenta y cinco galones, para cazar agua por los rincones de la ciudad. Mi difunta esposa repetía, con la autoridad de quien sabe lo esencial: “Una casa sin agua no es una casa”.

De ahí que me llega la idea de una nube. Esos viajeras que andan distancias descomunales antes de precipitarse, cargando en su vientre la historia líquida del planeta. Una nube puede cruzar mares, cordilleras, desiertos, y aun así ser juguetona.

A esta nube la bauticé con el nombre de Adela, como aquella novia adolescente que, cuando se enfurecía, descargaba sobre el mundo un aguacero de improperios.

Adela era simpática, coqueta, caprichosa. Cambiaba de forma según el humor de los vientos: ora un oso ártico, ora un elefante señalado por el dedo asombrado de un niño. Cuando vio el mar —“mucha agua”, murmuró— se infló hasta ponerse gorda, negrusca, imponente. Sin embargo, pese a estar repleta de gotas juguetonas, tenía sed.

Su anhelo no era beber agua, sino beber tierra: la tierra reseca, la que se cuartea como piel vieja.

Y así, en su paso solemne, volcó todo su contenido sobre el pueblo sediento. Ella sació su sed, y los hombres de aquella geografía también.

Los creyentes, fieles a su costumbre, atribuyeron el milagro a sus rezos, al dios que por fin los escuchaba. Y Adela, herida por el desdén, por el no reconocimiento de su gesto, hizo lo impensable: se bebió de vuelta el agua que ablandaba la tierra, sorbo a sorbo, hasta dejarla otra vez agrietada.

Porque incluso las nubes —como las mujeres, como los recuerdos, como los viejos amores— reclaman ser vistas y que se les agradezcan sus acciones.  Cuando me dicen que mis escritos son creaciones de una inteligencia artificial; también quisiera beberme de un sorbo todos los algoritmos falsos. 

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