Me llamo Lucía. Tengo el pelo largo y rizado, aunque a veces me lo plancho. Aquí en España me dicen que soy morena, pero en mi querida tierra nos dicen trigueñas. Y no puedo entenderlo bien, porque el trigo tira más a rubio que a moreno, pero sigo, que me disperso. No sé por qué cuando los españoles me ven, se extrañan de que yo sea cubana. Es que eres blanca— me dicen.En Cuba predomina la raza blanca. Que yo veo muy guapos a los mulatos y negros, pero son solamente el 35 por ciento de la población de allá.Suelo ser bastante reflexiva con mis cosas, demasiado tal vez. Siempre fui una adolescente seria. Eran otros tiempos, desde luego. No tuve novio hasta los 21.Mis amigas eran niñas muy inocentes, como yo. Debo decir que en mi país no existía la pornografía, ni siquiera en forma de revistas. Todo se resumía a la imaginación. Nunca vi a mis padres desnudos, ni a nadie. Mi imagen del cuerpo masculino estaba basada en los libros de Biología. Mi idea de un hombre desnudo era la de un niño grande, con pelos. Sí, con pelos, porque era normal tener pelos. Los hombres solo se afeitaban la cara, y las chicas las axilas y las piernas. Lo otro no.En aquella época, que tampoco hace tanto tiempo, las chicas, que allí decimos las hembras, (aunque aquí suene a animal) empezábamos discretamente a acostarnos con los novios. Hasta ese entonces, tenías que ser “señorita” (virgen), para casarte.Recuerdo que la mayoría de los novios, cuando faltaban 15 días para la boda, llevaban a la novia a un hotel, para “partirla”. Sé que esa palabra te sonará muy fea. A mí también, pero era la que se utilizaba allá. Y todavía recuerdo que cuando se enteraban de que una chica había estado con un chico, la frase era, por ejemplo: “Anoche partieron a fulana”. Y lo comentábamos entre chicas. Unos años antes, esa chica ya podía olvidarse de una boda, porque si el novio no estaba seguro de que nunca lo había hecho, no se casaba. Pero en aquella época, hace unos veinticinco años, allá se empezaban a ver las cosas de otra manera.Hoy día es mucho peor. Una gran cantidad de adolescentes se acuestan con los novios. Trece y catorce suelen ser las edades de iniciación sexual en la mujer. Y la mayoría no piensa ni en embarazos no deseados, ni en enfermedades de transmisión sexual. Y los preservativos perdidos, porque en Cuba no hay ni condones.Soy de una generación, donde una parte esperaba hasta la noche de bodas, y otra parte, lo hacía antes. Eso sí, normalmente te cerciorabas de que era un hombre serio y discreto, pero a veces te equivocabas.Una vez me preguntaron si las muchachas de aquella época nos masturbábamos, y debo decir que la mayoría no lo hacíamos, aunque hoy parezca raro.Y en relación al conocimiento de cuestiones sexuales, íbamos regular. Nuestra fuente de conocimiento eran los cuentos que habíamos oído a otras mujeres. Algunos eran verdaderos disparates, y otros se circunscribían a la experiencia personal, y por eso no nos servían, en sentido general.Me enamoré de Frank. Fue mi primer novio. Y él ya había tenido otros encuentros amorosos. Era muy varonil, con un carácter fuerte. Sé fijó en mí y yo en él. Cuando llevábamos 2 meses juntos, él estaba desesperado por acostarse conmigo. Y debo confesar que yo estaba curiosa.Acudí a mis dos amigas, aunque ellas no podrían decirme mucho, pues sus totos estaban tan cerrados como el mío. No debo decir que sus experiencias no eran válidas, pero Beatriz solo había tenido dos novios. Con uno nunca pasó de los besitos en la boca. Al segundo lo dejó a los dos meses. Estaban en su casa, en visita de novios, con su mamá en la cama, despierta y alerta, como solían hacer nuestras madres. Entonces empezaron a “apretar”. Sí, así se decía en Cuba cuando los novios se acariciaban y se besaban, juntando sus cuerpos. Eso sí lo hacían todas las muchachitas que tenían novio. Todas dejaban que el novio le acariciara las tetas, y hasta que se las chupara y las más avanzadas que les metiera la mano dentro del blúmer (braguitas). Lo de la mano era siempre con mucho cuidado y advirtiéndole que no se le ocurriera meter el dedo, y vigilando a la mamá, que a cada rato daba vueltas por la sala.En el caso de Beatriz, como les iba contando, una de esas noches, después de muchos besos y caricias, se dio cuenta de que el novio tenía “aquello” afuera. Allí mismo se acabó la relación y lo mandó a freír espárragos. Agradecida siempre de que la madre no se tropezó con semejante espectáculo, porque ahí sí hubiera ardido Troya.Mi otra amiga, Yorleny, nunca pasó de unos cuantos besitos en la boca, con dos o tres noviecitos que tuvo. Pero nos contábamos todo.Éramos cobardes hasta para decir malas palabras. Teníamos 20 años y decíamos “toto”, “rabo”, y” hacer eso” y cosas por el estilo.No tenía a quién pedir consejos. Entonces decidí dejarme guiar por mi instinto.Mi madre era muy conservadora, como todas las madres de entonces. Normalmente nunca hablábamos de sexo con detalles. Ella siempre me decía que mantuviera las piernas cerradas, y a cada rato me recordaba que se había casado virgen, y que eso era lo que hacían las buenas muchachas.Pero a mí me gustaba Frank.Conversábamos mucho. Poco a poco él me fue convenciendo de que me quería, que en un futuro quería casarse conmigo, y yo sentía que era sincero. Entonces me propuso que me acostara con él. Aquello me impactó bastante, y le dije que le daría una respuesta la semana siguiente.No sé por qué aquella semana pasó tan de prisa. Lo cierto es que enseguida pasaron los días y cuando él me llamó para preguntarme, muerta de vergüenza, le dije que sí.Aunque como les he dicho, ya él había tenido relaciones y yo tenía que averiguar cómo era aquello, en lo que a mí respecta, quiero decir. ¿Qué se suponía que yo hiciera? ¿Qué cuidados debía tener en cuenta? Hablar con mi madre, ni soñarlo. Frank y yo quedamos para el sábado siguiente. Reservó una habitación. Faltaban tres días. Y reflexioné mucho en aquellos días.Yo lo deseaba. Es la verdad. Él era mi primer novio. Quería que se sintiera feliz conmigo. Quería darle placer, y pensar en Frank me traía tranquilidad. Sin embargo, lo más probable era que nunca hubiera estado con una chica “señorita”. Trataba de imaginarme como sería cuando lo hiciéramos, y me parecía algo maravilloso. Pensé que en aquel momento el mundo se detendría, que juntos escucharíamos nuestros corazones latir al unísono, y que los dos sentiríamos un placer inexplicable, que para siempre recordaríamos.Esa era la parte romántica del cuento, la espiritual. Después me puse a pensar en la otra, la que es más carnal. ¿Me dolería? ¿Sería necesario un preservativo para no quedar embarazada? ¿Qué debía hacer yo, mientras él me lo hacía? ¿Quedarme quieta o moverme? ¿Mover las caderas, tal vez? ¿Debía hablar, o quedarme callada? Es que yo no sabía nada de esas cosas.El día anterior no comí nada. Tomé un zumo de melón. Después me arreglé las uñas. Me corté bien las cutículas. Me puse un esmalte rosado monísimo.Por la noche me metí en el baño. Me afeité las axilas y las piernas. Lo otro no se afeitaba. Sobre las 12:00 de la noche me logré dormir.Al fin llegó el sábado. Estaba super nerviosa. Me volví a duchar, que no lo necesitaba por la mañana, pero lo hice igualmente. Me miré en el espejo del baño. Después me puse un tanga amarillo con el sujetador del mismo color. Un vestido azul cielo y unos zuecos. Sé que el amarillo y el azul no pegan para nada, pero era el único conjunto que tenía. Además, abajo del vestido no se notaba. Eché un pañuelo y unas servilletas en el bolso, me puses las gafas de sol y salí. Tenía miedo, pero quería hacerlo.A las 10:45 de la mañana, Frank y yo nos encontramos. Me abrazó, me dio un beso y salimos en un taxi hacia la playa. Aquellos 15 minutos de viaje me parecieron quince segundos. Yo ni hablé, ni lo miré. Me moría de vergüenza. Caminamos media calle, doblamos la esquina y entramos al hotelito. Solo habíamos podido alquilarlo por una hora, y carísimo. ¡Qué presión! Pero no había otra opción. En Cuba, es casi imposible conseguir un hotel, porque todo es para los turistas. Antes le daban oportunidad de ir a las parejas recién casadas, y si venía un turista y no quedaba habitación, el encargado te tocaba la puerta y te decía: «Lo sentimos, pero deben abandonar la habitación». Ahora que todo es con dólares, las cosas están más difíciles.Hace años, si un conocido te veía entrando a un hotel con un chico que no era tu marido, te chivateaba a la escuela o al centro de trabajo, y te abrían un expediente por conducta moral dudosa. Y un poco más atrás en el tiempo, si te pillaban escuchando música americana, viendo revistas extranjeras que algunos lograban entrar a Cuba de forma clandestina (sobre todo los marineros), o si te ponías un pantalón vaquero (que allá les llamaban pitusas) te acusaban de “diversionismo ideológico”, o sea, ideas contrarias a la revolución. Y si se te ocurría ir a la iglesia, o simplemente decir en público que creías en Dios, te podías ir olvidando de estudiar una carrera. Y si eras homosexual, y te descubrían, morir casi que era mejor.Hoy día las cosas son bastante diferentes en esas áreas. Sin embargo, no puedes expresar ningún criterio contrario al gobierno, que lo forma el único partido que se permite, que es el comunista. Y en relación a la economía, destrucción total. Hambre, miseria y necesidad. No me extraña que muchas chicas se hayan tenido que meter a putas para sobrevivir, pero no para acostarse con cubanos, sino con turistas extranjeros, a los que les pueden sacar remesas de dólares, viajes al extranjero, y cosas por el estilo.Perdonen, que me he desviado un poco, pero tengo que volver a la historia que les estoy contando, que me voy a acostar con mi novio por primera vez.—¿Quieres ir al baño? —me preguntó mientras cerraba la puerta.Negué con la cabeza, mientras ponía el bolso sobre la mesita de noche. El reloj de la mesa daba las 11: 00 de la mañana. Era un tercer piso. Una cama grande, con dos mesitas y una silla. A la izquierda, un baño pequeño, con váter y bidet, un lavamanos y una ducha. Un balcón pequeñito, daba al mar. Frank entró al baño.Ya habíamos hablado de prevenir un embarazo, y me dijo que la primera vez quedaba muy feo con preservativo, pero que no me preocupara, que no me la echaría adentro. Después pensé que no era tal vez el método más seguro. Me senté a esperarlo en la cama.También había aprovechado para decirle que aunque lo quería con toda mi alma, lo único que nunca le perdonaría es una infidelidad.Me abracé a una almohada y seguí reflexionando. Aquella habitación le había costado un ojo de la cara. Probablemente el salario de un mes entero. Y era un hotelito, cuyo único encanto residía en aquel diminuto balconcito con vista al mar. Y para colmo, como les decía, solo nos habían alquilado una hora. Él podía haberme propuesto quedar en su casa, cuando sus padres estuvieran trabajando, o en la mía cuando mi madre no estuviera, o en un lugar apartado del campo o la playa, donde se tira una manta en la hierba o arena, pero no. Él quiso un hotel. Y eso decía mucho de él. Yo había hecho bien en acceder a estar con él. Se lo iba a dar, pero él se lo merecía. Además, yo quería pasar por la experiencia. No sé ahora, pero en aquel entonces una mujer lo pensaba muchísimo antes de abrirse de piernas por primera vez.Salió en camiseta, vino hacia mí, se sentó y me besó. Después me quitó el vestido y los zapatos. Me dejó en tanga y sujetador. Se quitó la ropa y se quedó en calzoncillos.Estaba muerta de vergüenza. Apenas podía subir la mirada. Les juro que yo nunca le había visto “aquello”, ni a él ni a nadie. Es que ni se la había tocado. Nuestra relación había sido casi platónica y sobre todo breve. Se le marcaba a la perfección por encima del bóxer. Trató de quitarme el sujetador, pero no logró abrir el broche. Entonces me llevé las manos a la espalda y quedé con las tetas al aire. Los colores me subían y me bajaban. Ningún hombre me había visto desnuda jamás. Me recostó sobre la cama y empezó a besármelas. Lo noté un poquito tenso. Cuando me acariciaba las tetas me las estrujaba. Pasó sus manos toscas y me pellizcó los pezones, los dos a la vez. Me dolió. Quería que él supiera que me gustaba, y que yo también quería hacerlo, pero el miedo y la vergüenza no me dejaban moverme. Traté de sonreir, pero les juro que no pude.Cogió el tanga por los lados, para quitármela. La agarré un poquito, tratando de retrasar lo que se aproximaba, pero la solté enseguida. Intenté sonreír otra vez. Con cuidado me separó bien las piernas. ¡Tierra trágame! —pensé—. Empezó a besarme ahí, y a pasarme la lengua. Y empiezas a pensar si le gustará ese olor, si estás verdaderamente limpia. Me estaba muriendo de miedo, estaba ruborizada hasta lo sumo, pero tengo que confesar que aquello me gustaba. A mí nunca me habían hecho nada. Se demoró. Tal vez yo debería hacérselo también a él, pero ni muerta hubiera tomado la iniciativa. Además, no tenía ni idea. Y me alegré de no hacerlo.Entonces se quitó el calzoncillo, y “aquello” saltó hacia delante como un resorte. Estaba arrodillado entre mis piernas. Fue entonces que me hice la gran pregunta: —¿Me va a meter todo eso? — Es que no cabe, porque el huequito es tan, pero tan pequeño, que hasta a mi me cuesta trabajo verlo, las pocas veces que me lo he mirado.En ese punto, quieres, pero no quieres. Quieres, porque a eso has ido, quieres porque deseas tenerlo dentro de ti, porque tu cuerpo de mujer quiere que él llene ese pequeño espacio cóncavo, que tenemos dentro de las piernas, pero no quieres porque crees que te va a doler, porque es algo nuevo, y le tememos a lo nuevo. Y hay sentimientos encontrados dentro de ti misma. De momento te parece que no te importa nada, y sientes que serías capaz de decirle: hazme lo que quieras, que no tengo miedo, pero otra parte de ti dice: cuidado, que nunca lo has hecho. Ahí ya el corazón te late con más prisa, y el cosquilleo del estómago se hace más intenso, y la respiración se acelera, y si hablas, la voz te tiembla, porque sabes que, enseguida, en segundos quizás, vas a probar “eso”. Y en medio de ese dilema, te das cuenta que sientes el primer roce. Al principio es solo un rocecillo gradable, un frotar ligero dos o tres veces, de arriba a abajo. Es una maniobra de aproximación, como en los aviones. Y piensas que esa cosquilla no está nada mal. Pero la cosquilla a él no le vale. Él quiere entrar, pero no lo logra, porque nunca antes nadie ha entrado y la puerta está sellada.Y empuja hacia adentro. Y no puede porque esa telita con la que nacimos (unas mas finas y otras más gruesas), se lo impide. Y casi siempre queremos mirar para abajo, y yo lo hice, y las cosquillas del vientre aumentaron. No sé si era miedo o deseo. Creo que las dos cosas, pero les confieso que no me hubiera quitado de allí, por nada del mundo. Al fin, era solo una vez en la vida.En mi caso, la puerta estaba bastante cerrada. Presionaba, y eso sí dolía. Al no entrar, él volvía a presionar una y otra vez. Ya no era la cosquilla inicial. Era una sensación que si no eres mujer, nunca vas a entender. Después de sufrir un rato y ver que aquello no entraba, me sentí tentada a decirle que parara, pero pensé que después iba a ser lo mismo otra vez. Y solo teníamos una hora. Entonces lo frené un poquito con la mano y le dije con la voz entrecortada:—Creo que voy a gritar, pero no me hagas caso, tú sigue— y alejé la mano.Era una forma de liberar la tensión.Asintió con la cabeza. Volvió a intentarlo. Entonces, me cubrí la cara con las manos. Te juro que estaba viendo las estrellas. Y “aquello” seguía sin entrar. Quince minutos después estábamos los dos empapados en sudor, y nada.Entonces me acordé que llevaba en el bolso una cremita, a base de aceite de coco, que usaba para ponerme en los labios, para que no se resecaran. Me la puse ahí, y volvimos a intentarlo.Yo cogía aire y después lo soltaba despacito. Aquello duró cuatro o cinco minutos más, que me parecieron una eternidad. Yo sé que hay chicas que para ellas ha sido coser y cantar, pero a mí me parecía que me estaban abriendo “eso” con un cuchillo. Solo chillé un momentico, cuando por fin, después de mucho empujar, se acabó de romper la barrera y me penetró. Después ya no dolía tanto. Por suerte él terminó pronto, y afuera, como había prometido. La sábana quedó inservible. Parecía que allí habían matado un cerdo.No hubo magia, ni el universo se detuvo para mirarnos. Ni escuchamos a las hadas cantar. Estábamos empapados en sudor y manchados. Sin embargo, debo confesar que, a pesar de todo, me sentía bien. Me sentía una mujer.Y no puedo explicarlo, pero cuando acabamos, me eché a llorar a moco tendido. Y no puedo saber por qué. Me abrazó, y al poco rato me calmé. Y no me arrepentía de nada, pero lloré a mares.Nos duchamos, nos vestimos y nos fuimos. Había pasado una hora exactamente.Fin
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