Pasadena, California1952Con mucha cautela, Jacobo sacó del fondo del librero de su habitación una revista que le había prestado un compañero de la escuela. Su madre se había acostado para tomar una siesta.Aprovechando que ella estaba durmiendo y su padre trabajando, el jovencito entró al baño.Sacó la revista que llevaba escondida, debajo de la camisa. Se bajó el pantalón y los calzoncillos y se sentó en la taza del váter. Comenzó a pasar las primeras páginas. Mujeres desnudas, senos perfectos y turgentes, rostros femeninos preciosos haciendo guiños y muecas sugerentes, close up de vaginas, chicas abiertas de piernas y cosas por el estilo. Comenzó a acariciar la parte superior de su miembro viril, mientras pasaba las páginas, apoyadas en sus piernas. La dopamina comenzaba a inundar su cerebro. Las mariposillas se hacían más intensas en el estómago. Sintió necesidad de aumentar los movimientos. La sensación de placer y bienestar se hacía cada vez más intensa. Nunca había visto fotos de mujeres desnudas. Pocos segundos después, escuchó un golpe fuerte. Su madre había abierto la puerta del baño y lo estaba observando.—¿Qué haces? —los ojos de ella parecían dos espadas afiladas. Jacobo se quedó estupefacto— ¿Te he preguntado que qué haces?—Estoy intentando evacuar mamá, ¿no me ves? —le dijo, intentando disimular su erección.—¿Y esa revista? —preguntó sin acercarse—sabes que no tolero ningún tipo de perversión bajo este techo.—Estaba en el buzón. La he cogido esta mañana—dijo— es del ayuntamiento de la ciudad—mintió—. Estoy leyendo, a ver si puedo evacuar.—Cuando termines, ve al salón y muéstramela. Quiero verla. Vamos a hablar—dijo, mientras tiraba la puerta con toda su fuerza.Jacobo temblaba. Era la primera vez que conseguía una revista de chicas desnudas. Aquella adolescencia incipiente le estaba jugando una mala pasada. Comenzaba a tener erecciones continuamente. Hacía muy poco que había descubierto su sexualidad. La presión que sus hormonas estaban ejerciendo sobre él, se hacía insoportable. Había sido una mala idea entrar al baño para liberarse de aquella tensión, y lo peor, llevar la revista.Esperó unos minutos, se subió el pantalón e intentó asomarse a la puerta, para ver si su madre estaba en el cuarto o en la cocina. Abrió muy despacio. Tendría que coger una publicación cualquiera y poner aquella donde ella no la encontrara. Salió a hurtadillas, llevaba el corazón en un puño. La revista pegada al cuerpo, tratando de disimular. Entonces oyó su voz, que lo aguardaba, cual soldado que vigila la celda del prisionero.—¿Dónde está lo que estabas leyendo Jacobo? —preguntó con un rictus de rabia en su cara —. El niño bajó la cabeza. Ella fue hacia el baño, y regresó como un bólido—¿Sabes lo que has hecho? —le dijo, mientras le tiraba del pelo. —¿La tienes debajo de la camisa, verdad? —le increpó, mientras le palpaba el abdomen y la espalda.—Me haces daño mamá.—Aquí está —le dijo sacándola de debajo de su camisa y abriéndola. En la página central había una foto gigante de una chica con las tetas afuera, bajándose las bragas—. Estás muchachas que salen en las revistas son pervertidas y asquerosas. Son prostitutas, a las que les pagan para que exhiban sus vergüenzas—dijo, empujando al chico hacia el sofá.—Yo no sabía nada.—¿Quién te la ha dado?—La encontré en la parada del autobús.—No me mientas. Has manchado esta casa con esa porquería llamada sexo—le increpó, mientras le resaltaban las venas de su cuello.—Lo siento—dijo llorando. Le temblaba todo el cuerpo.—Veo que ya empiezas a sentir deseos impuros. ¿No sabes que el sexo es solo para tener hijos? Desde que salí embarazada de ti, jamás le he permitido a tu padre que me toque, ni un pelo. ¿Sabes por qué? Porque soy una mujer decente, y una mujer decente ni siquiera se deja ver desnuda por su marido.—Perdóname mamá. No volverá a ocurrir.—Claro que no volverá a ocurrir—dijo, mientras le daba una sonora bofetada.—Déjame ya.—Espero que sepas que tienes que pagar por esto. Esta noche dormirás con Sagunta.—No, no, por favor, con Sagunta no. Haré lo que quieras …. pero eso no.La madre lo llevó a un pequeño cuarto que tenía su padre en el patio, con el piso de tierra. Le puso una silla, para que se sentara, levantó la tapa de cristal de su terrario, y soltó una tarántula enorme, negra y peluda. Jacobo gritaba de horror.—No te hará nada si te portas bien. Reflexiona. Cuando veas sus patas negras, horribles y peludas, piensa en el vello púbico de esas modelos que mirabas. Al final son lo mismo: algo repugnante. Hasta mañana Jacobo—. Y apagando la luz, cerró la puerta por fuera.Fin
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