A mí no me digan qué tengo que hacer, ni me den sermones sobre cómo debo llevar la vida. No me cuestionen, porque yo no me meto con nadie; no critico a nadie para que nadie me moleste a mí.
Mi mujer y yo hemos tenido cuatro hijos. Los hemos criado juntos y no hemos necesitado de nadie para mantenerlos. Hemos trabajado duro por ellos, para que crezcan y hagan sus vidas también.
Ya la mayoría de nuestros hijos se han casado; solo falta el último, que aún está en la casa. El mayor se metió con una mujer que no queremos, pero, ajá, con ella ha tenido dos hijos y no podemos hacer nada. Aunque no estamos de acuerdo con esa relación, nos ha tocado resignarnos, porque él decidió su vida así.
El muchacho ha sido perseverante: ha estudiado, se ha preparado y ahora tiene un buen sueldo. Él debería ayudarnos a nosotros y también a sus hermanos, pero la mujer que tiene no lo deja; esa mala mujer lo ha atrapado y todo lo quiere para ella. Todo lo que le pide, él busca y se lo da. Lo mismo pasa con esos pelaos: le piden todo y él se lo da.
Ahora les mandó construir un kiosco de palma grande. Eso está bien, derrocha la plata en eso, pero qué carajos: que les dé todo a ellos mientras nosotros sufrimos.
¡Verraco hombre! Qué malo es: nos niega su ayuda. Solo nos da un mugroso mercado cada mes. Además, nos mandó a arreglar el piso del kiosco para calmarnos; esas pequeñas cosas son las que nos da el malvado.
La hija que le sigue se ha casado y ha fracasado varias veces, la pobre loca. Ha tenido mala suerte con los hombres, porque la dejan y se van. Tiene tres hijos, y con la separación no puede cuidarlos bien. Pero nosotros no dejaremos que esos muchachos sufran por ahí: los cuidaremos como si fueran nuestros propios hijos y no les faltará nada.
Pobre hija… ahora se ha enviciado en el ron y toma todos los fines de semana. ¿Qué le habrán hecho a nuestra hija? Ahora se va a las cantinas a compartir sus penas con los amigos, y por la mañana, cuando llega, hay que darle comida y comprarle cosas para el guayabo. Esa mujer es buena para tomar: no es cualquier ron el que la tumba; es verraca con el trago.
Nosotros estamos a cargo de sus hijos: los cuidamos y los mantenemos, porque a esa pobre mujer le han hecho alguna brujería para que actúe así. Por eso la apoyamos hasta donde sea, no como el otro, que estudió y ahora nos da la espalda.
Ella es una mujer y, aunque ha cometido errores, la ayudaremos a salir adelante. Mientras tanto, el desagradecido de su hermano se gana un buen sueldo y no quiere ayudarla.
Ya los hijos de la pobre loca han crecido. Son los nietos que más amamos, porque los hemos criado. Son niños muy sufridos: no tuvieron un padre que velara por ellos y su madre ha estado actuando equivocadamente, seguramente por algún maleficio que le han echado.
De sus tres hijos, la mayor salió embarazada y se casó con un soldado. Pensamos que le iría bien, porque el hombre trabaja y podría ayudarnos en lo que necesitamos. Nuestras esperanzas estaban puestas en ella.
Han pasado varios años desde que se casó. Ya tiene tres niños, y al principio estaba bien con su esposo, pero parece que le echaron lo mismo que a la mamá. Como que les tienen envidia. Ahora se separó del militar, y sus hijos han quedado abandonados.
La pobre nieta no sabe qué hacer. Anda de un lado a otro, sale a tomar y deja a los niños solos. Pero nosotros no dejaremos que sufran: los cuidaremos igual que hicimos con ella. No los dejaremos pasar hambre, así tengamos que mendigar.
Yo trabajo en el campo y también hago algo de música, pero eso da poco. Aun así, hago lo posible por mantenerlos. Las pobres mujeres están destruidas: no han estudiado, no tuvieron oportunidades, y parece que la envidia y la brujería han dañado sus vidas.
Ahora pasan tomando los fines de semana, salen a parrandear y sufren sin que podamos hacer mucho. Mi mujer y yo las ayudaremos a salir de ese estado.
Cuidaremos a nuestros bisnietos como cuidamos a los nietos, y lograremos sacarlos adelante.
No molestaremos al malagradecido del hijo mayor, porque no nos entiende. Él vive criticándonos porque estamos pendientes de hijos ajenos. Dice que somos alcahuetas de nuestra hija, la pobre loca que sufre en su vida de pobreza.
El malvado no quiso saber nada de sus sobrinos y ahora tampoco quiere ayudar a los hijos de su sobrina. Es un mezquino. Dice: “el que corta su palo, que se lo cargue al hombro”.
Estas pobres mujeres no han tenido suerte; nada les ha salido bien, y por eso él las desprecia. No entiende que es por maleficios que les han hecho.
Ahora se ha alejado de la casa, porque no acepta que tenemos que ayudar a nuestros bisnietos y a los otros nietos que están a nuestro cargo. Se pone bravo porque mi mujer les cocina, les lava y los atiende. Le da envidia, porque con él no hacemos eso. Pero ¿cómo lo vamos a hacer, si él tiene su sueldo y le ha ido bien?
A él la vida le ha dado oportunidades, aunque ha tenido que luchar. Es un hombre fuerte, no como las pobres locas, que han sido engañadas y maltratadas por la vida.
El malagradecido no quiere entender que debemos ayudar a nuestros bisnietos. Le da rabia que prestemos plata para ellos, que los cuidemos mientras la madre se va de rumba, y se molesta cuando buscamos créditos para comprarles lo que necesitan.
Ahora dice que somos esclavos de nuestra hija. Dice que somos alcahuetas y que no dejamos que esas mujeres corrijan sus errores. No entiende que eso no está en ellas, sino en lo que les han hecho.
Piensa que hemos destruido la vida de nuestra hija y de sus hijos por consentirlos, pero eso es mentira. Nosotros solo ayudamos a nuestra familia con amor y esmero.
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