
Caminos cruzados
El esfuerzo mismo para llegar a las cimas
basta para llenar un corazón de hombre.
Hay que imaginar a Sísifo dichoso.
— Albert Camus
La lluvia en la Ciudad de México no cae, se desploma. Es una cortina de agua sucia que borra los edificios y convierte el asfalto en un espejo negro. Me refugié bajo el alero de un comercio, viendo pasar los autos. Dejé ir el primer taxi; una corazonada, un brillo extraño en la placa mal ajustada o quizás el gesto huraño del conductor me hicieron dar un paso atrás. En esta ciudad, la intuición es un mecanismo de supervivencia.
Alcé la mano hacia el siguiente vehículo. Las nubes, densas y amenazantes, parecieron romperse justo sobre mi cabeza. Sentí los primeros goterones, pesados como piedras, golpeando mis hombros mientras abría la puerta trasera.
—A la torre de Reforma 222, por favor. Sé que son pocas cuadras, pero no quiero llegar hecho una sopa. Le daré cien pesos —dije, antes de que pusiera objeciones. Sabía que el taxímetro no marcaría ni treinta, pero el lujo de la sequedad tenía su precio.
El hombre al volante no arrancó de inmediato. Ajustó el espejo retrovisor y su mirada se ancló en la mía. Fue un segundo de electricidad estática. A pesar de los años, de la cara ahora redonda y el cabello ralo que apenas cubría un cuero cabelludo grisáceo, los ojos eran inconfundibles. Eran los ojos de alguien que solía devorar libros de teoría económica en la biblioteca de la universidad.
—¿Calleja? —pregunté, con la voz quebrada por la incredulidad—. ¿Jorge Calleja?
Él no respondió con palabras, pero el ligero temblor de sus manos sobre el volante fue su firma. En ese instante comprendí que el reconocimiento era mutuo y doloroso. Nadie sueña de niño con ser taxista. Pero el tiempo y la necesidad son arquitectos implacables; ellos diseñan rutas que nunca elegimos y nos marcan la frente con el signo del destino. Hacía veintitantos años, nos habíamos graduado juntos. Yo recordaba su tesis, una pieza brillante que le valió elogios de los catedráticos más severos. Él era el hombre destinado a las grandes ligas.
—¿Pero qué pasó, Jorge? —pregunté, tratando de sonar casual, aunque la pregunta pesaba como el plomo.
Él me miró de reojo a través del espejo, interrogando al azar por habernos cruzado en esta inmensa urbe de concreto. Encogió los hombros con una lentitud que denotaba una fatiga antigua.
—La vida, supongo —murmuró al fin, mientras ponía la marcha—. Un mal negocio, una deuda familiar, una crisis que no vimos venir. Lo que iba a ser provisional, se volvió definitivo.
El trayecto fue breve, apenas unas cuadras donde el silencio pesaba más que el ruido del motor. Llegamos a la entrada. Saqué el billete de cien, pero él levantó la mano derecha, deteniéndome.
—Déjalo así —dijo con una dignidad seca que me dolió más que cualquier queja—. Ahora el taxi es mío.
No insistí. Había una frontera invisible entre nosotros que el dinero solo haría más evidente. Bajé del taxi y el aire frío me golpeó el rostro. Vi cómo el auto se incorporaba al tráfico, convirtiéndose en una mota blanca en un mar de asfalto.
Esa noche, la ciudad se partió en dos realidades.
En un departamento de las Lomas, el narrador se despojaba de su traje seco y caro. El silencio era quirúrgico, interrumpido solo por el descorche de un vino de alta gama.
—No vas a creerme a quién me encontré hoy, Elena —le dijo a su esposa mientras observaba las luces de Santa Fe desde el ventanal—. A Jorge Calleja. El mejor de mi clase, manejando un taxi. Tenía las manos agrietadas y olía a encierro. Me dio un vuelco el estómago pensar que alguien con ese cerebro terminó atrapado en el tráfico por treinta pesos la dejada. Es el recordatorio de que un solo paso en falso y el sistema te devora. Mañana voy a ser implacable con el presupuesto; no quiero terminar siendo un fantasma al volante.
Al mismo tiempo, en una casa pequeña de la colonia San Rafael, Jorge se quitaba los zapatos; enseguida, hizo extraños e intensos movimientos de calistenia para liberar la cintura. El olor a sopa de fideo y café recién hecho inundaba la cocina. Carmen, su mujer, lo esperaba con una sonrisa tranquila.
—Hoy subió al coche alguien de la universidad, Carmen. Uno de los «exitosos» —comentó Jorge, soltando un suspiro que liberaba la tensión del turno—. Me miraba con una lástima que casi me daba risa. Quiso pagarme tres veces la tarifa, como si su dinero pudiera comprarme la paz mental o la vergüenza que él sentía por mí. Se lo rechacé.
—Hiciste bien, viejo —respondió ella.
—Me dio pena, de verdad —continuó Jorge, rompiendo un trozo de pan—. Bajó del auto con una urgencia que no le cabía en el cuerpo. Iba directo a encerrarse en una oficina de cristal a rendirle cuentas a gente que ni siquiera lo conoce. Él cree que yo perdí el camino, pero mientras lo veía alejarse, me di cuenta de que él es el que no puede detenerse. Yo apago el motor y soy dueño de mi noche. Mi piedra es pesada, sí, pero es mía; la suya es la piedra que le han impuesto sus dueños.
Afuera, la lluvia seguía lavando la ciudad. En un lado, un hombre temblaba ante la posibilidad de caer; en el otro, un hombre descansaba porque ya no tenía nada que perder, salvo su propia libertad.
@2025 By Oscar Mtz Molina
Nota del Autor: La Reivindicación de Sísifo
Al escribir esta historia, mi brújula fue siempre “El mito de Sísifo” de Albert Camus. A menudo interpretamos el mito como la máxima tragedia: un hombre condenado a repetir eternamente una tarea inútil. Sin embargo, Camus nos propone una lectura subversiva: la felicidad de Sísifo comienza en el momento en que acepta su roca. Al reconocer el absurdo, él se vuelve dueño de su destino; su destino le pertenece, su roca es su cosa.
En esta Ciudad de México que se desploma bajo la lluvia, quise explorar esa frontera. A menudo, el mundo del «éxito» nos impone piedras ajenas —metas de presupuesto, estatus, oficinas de cristal— que cargamos con un terror constante a fallar. Jorge Calleja, en cambio, representa al Sísifo que ha dejado de temer. Su taxi es su roca, sí, pero es una carga que él domina con dignidad y libertad.
Mientras uno vive en la «jaula de oro» del miedo al error de cálculo, el otro encuentra la paz en la soberanía de sus propios días. Esta obra es, en esencia, un homenaje a quienes han aprendido que la verdadera cima no está en llegar, sino en la consciencia con la que cargamos nuestra propia roca.
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