Otra vez este maldito síndrome de la hoja en blanco. La tabula rasa, más rasa que nunca. La tabula me mira desde la más profunda y oscura negrura de su alba alma. Nada viene a la cabeza. De hecho todo viene a la cabeza, toda la frustración, la envidia hacia los guionistas de Netflix que tienen una imaginación a prueba de balas. Me pongo verde, pero la hoja sigue blanca. Intento garrapatear alguna palabra al azar, algo que sirva de disparador, de asidero para una historia más o menos decente: petricor, numismática, mångata. Pero ¿que diantres tiene que ver el olor a tierra mojada con un obsesivo coleccionista de monedas y billetes? ¿Y con mångata? ¿Acaso puede pagarse en metálico la contemplación del reflejo de la luz prestada de la luna sobre la superficie del agua?

Abro la ventana para renovar la viciada atmósfera de la habitación. Al ritmo que vamos no voy a tardar demasiado en corromper la pureza del nuevo aire con los vapores del cigarro y el humo del café. En la lontananza de la noche brilla, impuro, maculado, un disco blanco de Luna. Aquella Luna que tantas historias dio y dará. La noche es ideal para escribir poesía, para sacarle el freno al desenfrenado inconsciente. Para que hable el corazón. ¡NO!, para que hable el hígado. Porque es noche de nostalgia y melancolía. Es noche para historias tristes, para contar lo que fue y ya no es, lo que pudo haber sido y no será jamás. Y todas esas evocaciones nacen en el hígado, no en el corazón. Se depositan ahí, bajo el borravino de su piel, ensuciando el filtro de la sangre. Contaminan la bilis y digieren las grasas y las ilusiones por igual.

Pero no hay nada. ¿Cómo pensar en una lírica o en una trova cuando siquiera puedo aventurar un endecasílabo? No hay poesía si hay ausencia de rimas. No hay rimas si hay ausencia de palabras. No hay palabras si hay ausencia de inspiración. No hay inspiración si hay ausencia de poesía. Y se podría seguir así indefinidamente, la serpiente se come la cola.

La hiel del hígado y el veneno de la serpiente son todo lo que tengo. Puedo escribir los versos más amargos esta noche, escribir por ejemplo: “la vida está anubarrada, y titilan, en sepia, los recuerdos, a lo lejos”. Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

Y a los recuerdos apelo. Una vez intenté superar el bloqueo del escritor solicitando a terceros palabras y conceptos al azar, para después tener que unirlos en una historia. El resultado fue catastrófico, un cuento tan malo como cualquiera de los que escribo. No, ¡peor! Con una pobreza de narrativa que daba náuseas, un estilo sin estilo, sin gracia. Un cuento nacido de la obligación, sin la aquiescencia de las fibras del corazón. La típica prosa que escribe un puberto ante la solicitud de la profesora de literatura. “Les dejo como tarea escribir un cuento de una página para el lunes”. Personajes escasamente diagramados, un ambiente sin atmósfera, dos o tres hechos que se apretujan como en una estampida de búfalos para entrar en las escasas líneas que permite la legislación, un final sobrenatural como para enmascarar todos los errores y las faltas de coherencia de los renglones previos. O mejor: todo era el sueño de un loco dormido o el delirio de un loco despierto. “Quizás ambas, quizás ninguna” se escribe al final, y con eso se camuflan todos los errores de continuidad.

Apelo, entonces, a los recuerdos. Al baúl de los recuerdos. Literal. A la nunca bien ponderada caja de fotos viejas. A aquellas reminiscencias de tiempos felices, donde no existía el tiempo y el espacio era infinito. Cuando las vacaciones eran eternas y en el asiento trasero de un auto entraba un mundo entero. Quizás una de aquellas fotos reviva algún recuerdo, alguna historia olvidada que valga la pena contar. La caja espera en su sarcófago de tierra, juntando polvo entre ataque y ataque de nostalgia. La sustraigo de su letargo, la soplo, le paso un trapo. Las cenizas del tiempo son ahora las que invaden la atmósfera que se suponía renovada. El polvo del pasado flota en el aire, como una bruma invasiva que cala hasta la médula. Estornudo unas trece veces, mala señal. La nariz finalmente se adapta a esa mezcla de humos, vapores, polvo y volutas del pasado. Un escalofrío me recorre el cuerpo, como si presintiera que algo dentro de la caja debiera permanecer en silencio, en las sombras. El ayer se me viene encima de golpe, cuando veo a ese pequeño Severino de rizos dorados mirar a este otro Severino entrado en años, con la vista estéril, sin la alegría de aquellos tiempos de bonanza. Aquel Severino sostiene un pequeño auto azul en una de sus manos. Este Severino cierra los ojos, sopesa el juguete en la palma de su mano derecha, hace girar las ruedas con los dedos de su mano izquierda. Escucha una risa de fondo, la risa de un niño feliz. Sin darse cuenta, sin saber bien cómo, aunque sí sospecha tibiamente del por qué, sonríe también. Cuando abre los ojos y mira sus manos las ve vacías, ajadas; el auto ya no está ahí. Las manos vacías y un hueco en el corazón. Ya nada queda de aquel niño. Primero se fueron los rizos dorados, luego el espacio se volvió finito. El tiempo empezó a correr desbocado, imparable, devorando todo lo que encontró a su paso: los juegos, los familiares, la risa.

Esa Luna que brilla en la noche era un mal presagio, auguraba la melancolía, la tristeza, la soledad. Escribir sintiéndote solo es escribir sin sabor. Porque nada de lo que pueda salir se acercará remotamente a la felicidad. La sed por lo pasado tampoco es buena compañera. Aquel escalofrío era una advertencia, una señal que no quise escuchar.

Nada bueno puede salir de esta caja. En las fotos se disimula la pobreza. Claro que las risas a la cámara la enmascaran, la esconden, la reprimen. Pero no hay mucho material útil. Preveo la técnica de sumergirse en el recuerdo tan o más estéril que la de los conceptos al azar. Si me dedicara al stand-up tendría horas y horas de monólogo. La ropa, los peinados, las combinaciones de unas y otros. Hoy nos reiríamos del mal gusto a la hora de vestirse, de los pantalones de pana con camisas de seda, de las botamangas que se estiran tratando de llegar infructuosamente a los tobillos. Polleras escocesas combinadas con unas hermosas blusas a lunares. Pero no, no era mal gusto, era la imposibilidad de elegir. Era la pobreza haciendo gala de sus vestimentas. Las sempiternas tenis negras, heredades de generación en generación. El buzo con la estampa de Mickey Mouse, tan amplio y cálido que alcanzaba para cobijar todo un árbol genealógico. Porque mi hermano aparece con él en una foto a sus diez años. Luego mi primo, tres años menor que mi hermano, festeja su décimo cumpleaños también con ese buzo. Severino a los doce, porque siempre fue un mequetrefe de poco más de un metro y toda ropa le iba grande. Y así, toda una sucesión de primos menores heredará el lujo de vestir la estampa del ratón. Innegable la calidad de las costuras de aquellas épocas.

Nuestros padres, nuestros tíos, nuestros abuelos nos mentían por omisión. Nosotros, hijos, sobrinos, nietos no sabíamos que éramos pobres. Y aquellos nada nos decían. Nos enteramos que éramos pobres mucho tiempo después, cuando la vida comienza esa brutal competencia por ver quién tiene más, que mi padre se dedica a tal o cual cosa, que gana tanto o cuánto dinero.

Aparece en una instantánea el viejo DKW de mis padres. Testarudo para la ignición, perezoso. Pero sumamente utilitario cuando mi padre lograba que tuerza el brazo. Una fiesta en el asiento trasero, mis hermanos y yo como invitados de lujo. Sí que era una fiesta cuando arrancaba. Porque sabíamos que, después de un par de clanclanclanclan, unos yiquiyiquiyiquiyiqui y unos trucutrucutrucutrucu, llegábamos a la casa de mis primos. Los primos ricos. Mi tío ostentaba un flamante Super Europa que había pasado previamente por solo cuatro manos. La propiedad, con un inmenso patio, era otro universo para nosotros. En ese patio nos sentíamos amos y señores, los demiurgos de toda la mecánica que allí funcionaba. Al fondo, el límite era un cañaveral espeso, que hacía las veces de separación con el terreno del vecino. Y dentro de él jugábamos todos juntos, como una gran familia. Sin ningún agrimensor que diga estas seis cañas de acá son de nosotros, aquellas once de acullá son de vosotros.

Como los más avezados de los ingenieros construíamos toda una serie de laberintos con trampas y escollos con los huesos que los perros se habían cansado de roer. Ni un paleontólogo podría sacar tanta satisfacción de un puñado de huesos. La noche nos agarraba en plena aventura. Nos mentíamos con que el frío y la falta de visual y corríamos bajo las polleras de nuestras madres. Ninguno se atrevía a admitir que lo que nos corría en realidad eran los fantasmas, monstruos, íncubos y súcubos que habitaban el cañaveral y que salían a buscar su alimento entre las inocentes almas de los niños perdidos cuando el sol corría hacia el oeste, yéndose a iluminar otra parte del planeta.

Nos estamos por subir al auto para emprender la vuelta. Un momento, mamá, ¿nuestros primos son ricos? Ella, por supuesto, me responde con otra pregunta. Porque los adultos hablamos otro lenguaje, como si necesitáramos una traducción preguntamos ¿por qué preguntas eso? Es la respuesta a toda pregunta. Porque primero hay que adivinar por dónde divaga la mente del niño para después recién ver cómo encaramos la réplica. Porque tienen un auto nuevo, que no hace clanclanclanclan, yiquiyiquiyiquiyiqui y trucutrucutrucutrucu como el nuestro pero no tienen juguetes, juegan con los huesos como nosotros. Porque la pobreza no está acá, dice mi madre, sino acá y acá, dice, palpándome sucesivamente el bolsillo, el corazón, a la altura de la oreja izquierda de Mickey y la frente.

La pobreza es, como el hogar, un estado de ánimo, remata mi padre cuando ya estamos todos arriba del auto. Dentro del DKW jugamos a la escondida, a la mancha y al gallito ciego. Así de grande nos resultaba el asiento trasero. Incluso desplegamos un tablero de ajedrez magnético con piezas tan fuertemente atraídas que soportan los embates del auto, cuyos amortiguadores tienen los resortes total y absolutamente vencidos. Ninguno tiene ni la idea más remota de cómo jugar, pero la imaginación de un niño se encargará de establecer una serie de reglas rígidas, que se mantendrán intachables. Intachables hasta que llegue el turno del otro, que le dará una vuelta de tuerca y agregará un par de incisos e incumbencias intachables. Intachables hasta que llegue el turno del primero, que le dará otra vuelta de tuerca. El reglamento sufre un par de virajes y cuatro cuadras más adelante ya no se sabe si jugamos a las damas, al ajedrez, a la batalla naval, al backgammon, al tatetí o al veo-veo. Simplemente jugamos a “el juego de la vida”. No saben nada, el caballo avanza a los saltos, dice mi hermano, igual que el DKW digo yo, y sigo haciendo luchar sobre mis rodillas a un peón blanco con una torre negra que ya ha perdido una almena tras tanta batalla.

Los recuerdos se suceden, lejanos, distantes. Levanto la cabeza, mi mirada se posa nuevamente en la Luna. Algo sucede dentro mío. No puedo dilucidar si es algo que se está rompiendo o que se está construyendo. Tampoco puedo mover los ojos, están fijos en la fría incandescencia de Selene. Me atrae como aquel tablero magnético a su monarca. Solo que no soy rey si no peón. Ella dicta y yo obedezco. Me pide que prenda otro cigarro. A la orden, capitán. ¡Oh, capitán! ¡Mi capitán! El humo inunda mis pulmones, me adormece. Me sosiega, pero solo por unos instantes. Ese algo adentro sigue bullendo. Hierve. Y ese vapor de ensueño satura la habitación. Cierro los ojos.

Cuando los abro vuelvo a ser aquel Severino. Aquel niño pobre que era pobre y no lo sabía. Que nunca lo supo. Aquel pequeño que solo contaba con sus padres, sus hermanos, sus amigos, la educación de la escuela, su curiosidad, un mundo infinito y un tiempo que corría a cuentagotas. Con eso y con un auto azul de juguete. Con esas pocas herramientas tenía que afrontar la tortuosa tarea de ser feliz.

Aquel Severino corre como un loco por la playa. Descalzo y con una palita de plástico en la mano. Corre como un loco, no tanto por la alegría de conocer el mar sino más bien por refrescar un poco en él esos pies descalzos que se le están derritiendo al contacto con la ardiente arena. Espérennos, gritan las mujeres desde atrás, mientras mi hermano y mi padre pasan a mi lado como dos bólidos, salpicando sílice en los rostros de la gente que, hasta entonces, disfrutaba de una vista apacible bajo las sombrillas que proyectan las sombrillas. Claro, nadie nos había dicho que la arena se calentaba tanto. Como buenos primerizos nos encontrábamos con la primera espina de la rosa. La segunda fueron las olas. Uno por uno el oleaje nos fue enterrando de cabeza a los cinco, nadie se salvó. ¿Cómo íbamos a saber barrenar las olas si ni siquiera sabíamos que existía esa palabra? Nos enterraron como en “camposanto”, proclamaba mi padre, en franca alusión al apellido familiar. El humor maquinal, instintivo siempre fue cosa de genética. Siempre sublimamos y nos defendimos por esa vía.

Severino adulto sonríe, tiene el recuerdo grabado a flor de piel. En la planta del pie, debajo del flexor hallucis brevis, o, como el vulgo gusta en llamar, músculo flexor corto del dedo gordo, tiene la marca indeleble de aquella aventura. La piel de una ampolla arrancada una y otra y otra vez por la inquieta queratina de su dígito pulgar derecho. No te saques la cascarita, gorjeaba la madre, que te va a quedar una marca. Pero qué más quería el niño que conservar un recuerdo de aquella primera vez frente al mar, donde se enfrentó por vez prístina a las contradictorias sensaciones de estar vivo, pleno, de ser un todo pero conocerse a la vez tan insignificante, tan poco y nada. Noblesse oblige: el bodoque solo quería conservar la marca para presumirla a sus amigos, que esto me lo hice en el mar, los otros motivos y sensaciones son más de este otro Severino, que se sabe nada pero quiere ser todo. ¿Qué sabía aquel pequeño del todo y la nada? Si ni siquiera sabía que el agua salada es pésima para el estómago y que combinada además con el sol es un lanzallamas que todo lo arde, que corrompe la piel y el sueño. Que cuando llega el Sapolán el tren ya pasó y hay que dormir parado como las gallinas.

Porque la pobreza es un estado de ánimo, como decía mi padre. Nunca fui pobre ni lo seré. No lo seré mientras tenga el ronroneo de un gato, a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos, un rosal en flor, el ronco vibrar de un violonchelo, un libro en las manos, la letra de un tango. Mientras tenga la libertad de mirar el cielo nocturno, de contemplar la Luna y las estrellas. Mientras tenga viva la imaginación del niño y pueda buscar formas y siluetas en la bóveda infinita, como lo hacía aquel, en los albores, en las manchas de las tablas de madera del cielo raso de la habitación. Porque aún tengo un auto que hace y hará clanclanclanclan, que hace y hará yiquiyiquiyiquiyiqui y que hace y hará trucutrucutrucutrucu, que sus espejos no espejan y sus amortiguadores no amortiguan, pero que así y todo, con esa sinfónica cadencia de melodías desafinadas, con los tresillos de corcheas en si bemol de las chapas sueltas, me lleva a donde quiero cuando quiero. A veces se cansa del ir y venir, se agota, se desinfla, se queda sin nafta, sin fuerzas para seguir adelante. Y es tan parecido el auto a su dueño, tan Severino, que ya no se si hablo de él o de mí, y soy lo suficientemente noble para no caer en la hipocresía de juzgarlo ni tirarle la primera piedra. A veces se le rompe algo dentro y cuesta mucho unir los pedazos. Al auto también. Que ni haciendo buches con Loctite vuelven a aunarse como en la víspera.

Los pobres de las historias de Laura Restrepo, de García Márquez, de todo ese boom de escritores latinoamericanos del siglo pasado, aguantan la pobreza con resignación pero con estoicismo. Le hacen frente con el humor y con el arraigo. Con la esperanza del verde porvenir que nunca llega. Con la humildad del pobre que se mezcla con la soberbia del pobre, con la rebeldía, para que el sometimiento sea de cuerpo y no de espíritu. Soportan su desdichada dicha con el calor de una mano amiga, que la pobreza compartida es más amena y menos punzante, de bordes romos, como el corazón.

Nosotros la tolerábamos con la ignorancia, con la inopia inducida por verdades calladas, omitidas, silenciadas. Que la palabra pobreza es verbo mal habido y si la mentás tres veces delante del espejo te persigue y te tira de las patas, te arrastra al fango. Que si no la nombrás parece que no está. Que la pobreza es verbo y no sustantivo. Que no es objeto sino sujeto.

Escribí, Severino, escribí, dice con los ojos el bodoque ruliento de piernas rollizas. Escribí, pero no esta página en blanco que tenés enfrente tuyo. Escribí lo que te queda de vida. Quedan muchos capítulos. Adornala con flores, parábolas, metáforas, hipérboles, pero escribila. Y no te angusties ni te compadezcas por lo que fuiste antes, yo no lo hago de lo que soy ahora. Porque vos sos vos porque yo fui yo. Y un poquito de mí sigue estando dentro tuyo, como vos estuviste dentro mío cuando yo soñaba con ser adulto. Hice todo lo que pude para hacerte como sos ahora, espero que te sea suficiente.

Guardo las fotos en la caja, la caja en el armario. Vuelven los recuerdos a su sepultura de polvo y tierra. Hasta el próximo ataque de nostalgia. Tampoco usaré más este recurso en un próximo bloqueo. Nada bueno puede salir de esta caja de Pandora.

Comprendo que no fui pobre ni lo soy ahora. Pero…

La Luna sigue atormentándome con ese brillo blanco, diáfano, que se cuela por el hueco de la ventana. Su luz oscurece la noche, impregnando de sombras el éter de la habitación. El aire se espesa más y más. La hoja sigue blanca, vacía. Vacía, como mi mano derecha, que llora y añora palpando en la penumbra aquel intangible pequeño auto azul.

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