Hay algo en los días como hoy que simplemente aparece: Se instala, se mete por las ventanas, se queda en las manos frías e, insistente, te lleva a dar un paseo en el tiempo.
El cielo gris, la lluvia finita, ese frío que no llega a doler pero tampoco abriga.
De repente, ya no estoy acá.
Estoy en Villa Gesell, en uno de esos días en los que el mar parece lejano aunque esté a pocas cuadras. Afuera llueve y el plan es quedarse adentro, con las puertas cerradas, inventar otra forma de pasar el rato. La casa alquilada —parte de un complejo que prometía amigos y noches de estar fuera de casa, pero que escondía, casi como un secreto, el susurro del bosque— se convertía en un mundo completo.
Antes de llegar, la subida. Una loma exagerada que parecía asustar a la gente, como si solo algunos pocos se animaban a subir caminando por el mero hecho de conocer «la calle de arriba». Y después, el complejo: la casa número uno al frente, alpina, separada del resto… pero no es esa la que vuelve cuando llueve, aunque también hayamos estado ahí algunas veces y recuerde su patio de piedras grises con cariño.
Es otra.
Una de las primeras al entrar a Villa Escondida, el complejo en cuestión. Quizás no la más codiciada: daba de frente a un camino de tierra y piedras, demasiado expuesta para algunos. La entrada, de costado, desembocaba contra un paredón plantado justo frente a la puerta balcón, como si quisiera apropiarse del paisaje. Pero eso mismo es lo que la volvía distinta.
Al estar un poco más escondida que las demás, era territorio perfecto para reuniones nocturnas de caracoles y sapos que, de vez en cuando, aparecían en las escaleras de atrás. El paredón armaba una especie de pasillo casi secreto, aunque no dejara de ser un pasillo. La casa tenía dos accesos que daban a esa puerta balcón principal, y sobre ese mismo paredón, como parte del recorrido, estaba la parrilla de material donde papá hacía algún que otro asado. Pero para eso tengo otro recuerdo, en otra casa del complejo porque, sí, ibamos muy seguido con mis tíos.
Eran épocas muy Geselinas.
Desde el living, la ventana abría igual: al camino de entrada, a las colinitas verdes, a los pinos altos que no se quedaban quietos nunca. En aquel entonces, al lado del complejo solo había un gran terreno aunque nunca supe si era un terreno sin edificar o el parque de alguna casa. El viento atravesaba las ramas, las hojas y ellas respondían con ese sonido largo, constante, como un susurro que no termina. Un ruido blanco calma. Y, cada tanto, las palomas. Siempre las palomas, como si los días grises fueran de ellas y de algún que otro pájaro que aparece en estos días específicos.
Nuestra teletransportación, ¿Quién dice que no existe?
Me siento ahí… Estoy ahí. Sentada en la mesa del comedor, justo al lado de la cocina, con las piernas colgando y las luces prendidas —cálidas, amarillas, envolventes— de esas que hacían que todo pareciera un poco más chico, más «hogareño», porque Gesell supo ser eso: Nuestra segunda casa. Las paredes de ladrillo a la vista intentaban ponerse serias, casi oscuras, pero no podían competir con esa luz ni con lo que pasaba adentro. Era la hora de la siesta, no me dejaban salir por el frío y la lluvia. Mis amigos del complejo no aparecieron en lo que iba del día; las mellizas, hijas del dueño, no estaban. Pero eso no era problema para mí que me fascinaban los días así.
Mamá prendía un fósforo.
Ese instante exacto… El raspón seco, la chispa, el olor inmediato. Después, un segundo de espera, el gas corriendo apenas, y finalmente la hornalla encendiéndose anunciaba un café con leche en camino. Y yo ahí, mirando, sin saber que ese momento se estaba guardando para siempre…
No era solo el café. Era el ritual.
Sonaba Himno de mi Corazón de Los Abuelos de la Nada.
La llovizna caía afuera.
El silencio detrás de la lluvia.
El sonido de un pájaro —siempre hay uno— que parece entender mejor que nadie esos días.
El olor a fósforo recién apagado.
Todo junto. Todo en armonía. Todo muy vintage, ¿no?
Y ahora, cada vez que el día se vuelve lento y gris, pasa lo mismo: cierro los ojos… y vuelvo. Como si nunca me hubiera ido.
Imitando ese ritual como si fuese una tradición…
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