El computador es viejo, pero funciona. Hay cigarrillos, cerveza y dos bolsas sobre la mesa.

​Escribo. Mi amigo marca un número en el teléfono. Es el de una mujer. 

​—¿Qué vas a hacer con ellas? —le pregunto—. Estás trabado.

​—Que la chupen. La Carla y la Pelona lo hacen por dos rocas.

​—Da igual —digo—. No nos va a sacar de aquí.

​—Tenés cerveza. Te gusta la cerveza.

​Bebo un trago. Miro la pantalla.

​—¿Qué es «todo esto»? —pregunta él—. ¿El licor, las putas?

​Terry se remueve en la silla. Nos mira.

​—Pasemos, pues —dice.

​Reparto la bolsa en seis líneas. Ellos devoran las suyas. Me inclino y aspiro el resto. El golpe me echa hacia atrás. Enciendo un cigarrillo y cierro los ojos.

​A lo lejos, un niño corre por un prado. La brisa le mueve el cabello. Se detiene. Mira hacia ninguna parte.

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