“P” fue institucionalizada tras haber sido víctima de abuso sexual dentro de su propia familia. Creció en un entorno de violencia e inestabilidad emocional, donde el miedo y la confusión formaron parte de su desarrollo. Cuando ingresó al sistema de protección, no llegó con herramientas para entender lo que sentía, sino con una historia que no sabía cómo expresar.
Y cuando un adolescente no puede nombrar su mundo interno, lo actúa.
En su caso, ese lenguaje tomó distintas formas: impulsividad, ruptura de normas, dificultades para establecer vínculos sanos, episodios de desbordamiento emocional y conductas autolesivas de carácter superficial. También se observaron momentos de desconexión emocional, donde la conducta parecía no estar acompañada de conciencia sobre sus consecuencias.
“La encontraron diseccionando una paloma. Tenía 15 años, Ese momento bastó para definirla: problemática, sin empatía, difícil”
Pero esa lectura, aunque común, es profundamente incompleta.
Desde un enfoque clínico, estos elementos no son aislados. Corresponden a un patrón de desregulación emocional asociado a trauma complejo: dificultades para identificar emociones, ambivalencia afectiva, baja tolerancia a la frustración y uso de la conducta como mecanismo de alivio inmediato ante el malestar interno.
En términos simples: no se trata de que no quiera entender, sino de que no sabe cómo hacerlo.
Aun dentro de este contexto, hay indicadores relevantes. La adolescente mostró disposición al proceso terapéutico, capacidad progresiva de introspección y reconocimiento parcial de que ciertas conductas no resolvían su malestar. Sin embargo, estos avances son frágiles y requieren continuidad, estructura y acompañamiento especializado.
Aquí es donde el sistema tiene un papel decisivo.
Las instituciones de protección, como el DIF, no solo resguardan. También tienen la responsabilidad de generar condiciones reales de recuperación emocional. Esto implica ir más allá del control conductual y sostener intervenciones integrales: atención psicológica constante, seguimiento psiquiátrico cuando es necesario, trabajo en regulación emocional y acompañamiento en procesos vinculares.
Porque contener una conducta no equivale a resolver su origen.
Cuando el enfoque se limita a corregir lo observable —romper reglas, desafiar límites, actuar impulsivamente— se corre el riesgo de ignorar lo esencial: la historia que sostiene esas conductas.
Casos como el de “P” obligan a replantear la mirada.
No son adolescentes “difíciles”.
Son adolescentes que han aprendido a sobrevivir en contextos donde nadie les enseñó a entender lo que sienten.
Y si el sistema no logra traducir ese lenguaje, lo único que hará será administrar la conducta… sin transformar la causa.
La diferencia entre una y otra no es menor.
Puede definir si un adolescente repite su historia o si, por primera vez, tiene la oportunidad de cambiarla.
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