El cuarto estaba en penumbra, solo la luz tenue de la luna se filtraba por la ventana, dibujando sombras alargadas en las paredes. Mi piel erizada por la anticipación mientras me recostaba en la cama, las sábanas suaves rozando mis piernas. Mi respiración se volvió más profunda, más consciente, mientras mi mano viajaba lentamente por mi torso, explorando cada centímetro de mi piel.

Mis dedos encontraron mis pezones, ya duros y sensibles al tacto. Los acaricié suavemente al principio, luego con más presión, sintiendo cómo se ponían más erectos, cómo el placer se extendía por mi pecho. Pero no era suficiente. Necesitaba más, necesitaba esa mezcla de dolor y placer que me volvía loca.

En la mesita de noche, junto a la cama, había un trozo de vidrio que había encontrado en la calle. Lo tomé con cuidado, sintiendo su peso y su frialdad en mi mano. Lo examiné bajo la luz de la luna, viendo cómo los reflejos bailaban en su superficie afilada. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho, un ritmo frenético que se mezclaba con el deseo que crecía dentro de mí.

Lentamente, acerqué el vidrio a mi pecho. El borde afilado rozó mi piel, enviando una corriente de electricidad por todo mi cuerpo. Cerré los ojos, concentrándome en la sensación, en el miedo y la excitación que se mezclaban en mi mente. Con un movimiento rápido y preciso, hice un pequeño corte en mi pezón izquierdo.

El dolor fue agudo, intenso, casi abrumador. Pero luego, algo cambió. El dolor se transformó en un placer extraño y exquisito, una oleada de calor que se extendió por todo mi cuerpo. Abrí los ojos y vi la sangre, un rojo brillante que se mezclaba con la pálida piel de mi pecho. La sensación era increíble, una mezcla de dolor y placer que me hacía temblar.

Mi mano derecha bajó hacia mi entrepierna, encontrando mi clítoris ya hinchado y sensible. Comencé a frotarlo, primero suavemente, luego con más fuerza, sincronizando mis movimientos con las oleadas de placer que emanaban de mi pezón sangrante. Cada vez que el dolor pulsaba en mi pecho, una ola de placer recorría mi cuerpo, haciéndome gemir.

Con el vidrio todavía en mi mano, hice otro corte, esta vez en mi pezón derecho. El dolor fue igual de intenso, igual de placentero. La sangre goteaba lentamente, manchando las sábanas. Mis dedos se movían más rápido ahora, frotando mi clítoris con un ritmo frenético. El placer se acumulaba, una presión creciente en el interior de mi vientre que amenazaba con estallar.

Mis pensamientos eran un torbellino de imágenes y sensaciones. Pensaba en el dolor, en el placer, en la sangre que manaba de mis pechos. Pensaba en la belleza de la autodestrucción, en la emoción de llevar mi cuerpo al límite. Cada corte era una liberación, una forma de conectar con mi cuerpo de una manera que nada más podía igualar.

El orgasmo me golpeó como una ola, un tsunami de placer que me hizo arquear la espalda y gritar. Mi cuerpo se convulsionó, sacudido por espasmos de placer puro. El dolor en mis pechos se intensificó, mezclándose con el placer hasta que ya no podía distinguir uno del otro. Era todo una sola cosa, una experiencia abrumadora que me consumía por completo.

Cuando el orgasmo finalmente se desvaneció, me quedé tirada en la cama, temblando y sin aliento. La sangre todavía goteaba de mis pechos, manchando las sábanas de un rojo oscuro. Me sentía vacía pero completa, agotada pero viva. Era una sensación extraña, una mezcla de dolor y placer, de destrucción y creación.

Miré los cortes en mis pechos, ahora coagulándose lentamente. Eran hermosos, pensé, un testimonio de mi capacidad para sentir, para experimentar el mundo en su forma más cruda y honesta. Con una sonrisa en los labios, me limpié la sangre y me cubrí con las sábanas, sintiendo el peso del sueño invadiéndome. Había sido una noche intensa, una noche de dolor y placer, de autodescubrimiento y autodestrucción. Y yo no la cambiaría por nada del mundo.

En el silencio que siguió, apenas perceptible al principio, escuché un zumbido débil. Al principio lo atribuí al eco de mi propia sangre martilleando en mis oídos, pero el sonido persistió, creciendo en insistencia. Abrí los ojos, mis pupilas aún dilatadas por el éxtasis, y las vi. Pequeños puntos negros danzando en el aire iluminado por la luna. Moscas. Atraídas por el olor metálico y dulce de la sangre.

Las observé, fascinada, mientras descendían en espirales hacia mí. Una se posó primero, temerosamente, en el borde de la herida de mi pezón izquierdo. El contacto fue casi imperceptible, un cosquilleo húmedo y vibrante. Sentí sus diminutas patas caminando sobre mi piel rota, explorando la herida, y una nueva y extraña sensación recorrió mi cuerpo. No era dolor, no era placer, era algo más primitivo. La sensación de ser comida, de ser parte de un ciclo más antiguo que yo.

Pronto se le unieron otras. Dos o tres más se arremolinaban sobre mi pecho, disputándose los charcos de sangre fresca. Otras volaban más bajo, atraídas por otro olor, el de mi sexo. Una de ellas aterrizó suavemente sobre mi vello púbico, y luego otra directamente sobre mis labios, todavía hinchados y húmedos por el orgasmo. Sentí su peso diminuto, el zumbido de sus alas contra mi piel sensible. Se movía con torpeza, explorando la humedad, el calor. No la aparté. La dejé estar, sintiendo cómo su probóscide se extendía, probando los fluidos de mi cuerpo.

Yacía allí, inmóvil, un altar de carne y sangre. Las moscas eran mis únicas testigos, mis únicas compañeras en ese momento de absoluta rendición. Una se posó directamente sobre mi clítoris, y el estímulo inesperado me hizo estremecer. No era un estremecimiento de placer, sino de algo más profundo, más visceral. Era la aceptación total de mi propia corporalidad, de mi decadencia y mi vitalidad.

Mientras las moscas se alimentaban de mí, de mis heridas y de mis fluidos, sentí una paz extraña. Ya no estaba sola en mi habitación, en mi cuerpo. Era parte de algo más grande, parte del ciclo de la vida y la muerte, de la putrefacción y la renovación. Mis pezones cortados, mi vagina palpitante, caliente y húmeda, ya no eran míos solo. Eran un festín, un ecosistema. Y en esa rendición, en ese ser consumida, encontré una forma de eternidad. Cerré los ojos y dejé que el zumbido se convirtiera en mi canción de cuna.

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