En el corazón de la noche, cuando la ciudad se rinde al silencio y solo los desesperados y los pervertidos deambulan por sus venas, una figura encorvada se deslizaba fuera de su modesto apartamento. Era un hombre de 62 años, con el cabello cano y ralo, y una piel arrugada que contaba historias de una vida vivida sin grandes sobresaltos. Pero bajo esa apariencia de abuelo bonachonal ardía una lujuria oscura, un secreto que había guardado durante décadas y que ahora, en la soledad de su vejez, se desataba con una ferocidad insaciable.
Se movía con la lentitud de su edad, pero cada paso estaba cargado de un propósito claro. Sus ojos, inyectados en sangre, escudriñaban cada callejón oscuro, cada contenedor de basura, en busca de su presa. No era una mujer, ni un niño. Su deseo se había torcido de una manera que ni él mismo comprendía del todo, anclándose en la calidez animal y la sumisión instintiva de las gatas callejeras.
Cuando encontraba a una, se arrodillaba con una dificultad que le robaba el aliento. El dolor en sus rodillas era nada comparado con el fuego que consumía su entrepierna. Con manos nudosas y temblorosas, acariciaba el pelaje del animal, sintiendo la vibración de su cuerpo bajo sus dedos. Luego, con una delicadeza que contradecía su tosco exterior, la volteaba, exponiendo el objeto de su adoración.
El anciano se inclinaba, su espalda protestando con cada movimiento, hasta que su cara quedaba a centímetros de ese centro de calor y humedad. Inhalaba profundamente, el aroma a animal, a suciedad, a vida salvaje, llenando sus pulmones y excitándolo hasta el punto de la locura. Su lengua, áspera por los años, emergía para explorar esa carne suave y húmeda. Lamía con un ritmo lento y metódico, saboreando cada gota, sintiendo cómo el cuerpo de la gata se tensaba y relajaba en un baile de éxtasis animal. El anciano sentía un poder perverso, una sensación de control que la vida le había negado, mientras llevaba a la criatura al clímax con solo su boca.
Una noche, absorto en su ritual con una gata siamesa de ojos azules, no escuchó el susurro de las botas en el asfalto. Una pandilla juvenil, los «Cazadores de la Noche», lo había estado observando durante semanas. Al principio, se burlaban del «viejo loco», pero pronto su asco se transformó en una curiosidad morbosa y un deseo de poner fin a aquella aberración.
Cuando el anciano levantó la vista, con el mentón brillante por los fluidos de la gata, se encontró rodeado por un semicírculo de rostros jóvenes y crueles. El líder, un muchacho de no más de dieciocho años con un tatuaje de una calavera en el cuello, sacó una pistola de metal negro.
«Se te acabó el juego, abuelo perverso», dijo con una voz que no tenía ni una pizca de compasión.
El anciano intentó ponerse de pie, pero sus piernas, ya débiles, se negaron a obedecer. El miedo se apoderó de él, un frío que se sentía más profundo que el invierno. El primer disparo le atravesó el estómago, y un calor ácido se extendió por su abdomen. El segundo le destrozó el pecho, y el aire abandonó sus pulmones en un último estertor.
Mientras yacía en el suelo, sintiendo cómo su vida se escapaba junto con su sangre, vio a la gata siamesa que lo observaba desde la distancia. Sus ojos azules parecían reflejar una indiferencia eterna, un recordatorio de que el mundo continuaba su curso, indiferente a las lujurias y tragedias de los hombres. La sangre del anciano se mezclaba con la inmundicia del callejón, creando un último manchajo de la obsesión que había definido sus últimos años. En su último aliento, el viejo no pensó en su familia ni en sus arrepentimientos, sino en el calor y el sabor de la última gata que había lamido.
OPINIONES Y COMENTARIOS