
Siempre
pensé en retornar y limpiar mi imagen. Había
iniciado el camino un sinfín de veces en mi cabeza. Una y otra vez
imaginé como sería el sendero que había de seguir ya que en mi
cabeza serpenteaban sentimientos que me recordaban lo que había
dejado atrás cuando abandone mi casa. Cuando
cumplí los cincuenta, era el momento de volver y afrontar el
encuentro con los responsables de mi dolor, todos aquellos que habían
impedido mi retorno durante muchos años.
Muchas
noches algunas voces difusas me acompañaban durante el insomnio
inquietándome con la idea que me rondaba de regresar en algún momento. Esto me hacia vacilar de una manera que nunca antes había
experimentado. Durante años, la idea de volver había sido una
especie de deseo para borrar una etapa oscura que las circunstancias de la época me habían llevado a realizar. Había dejado
deudas y reputados cargos municipales, aprovechando el momento amenazaban con la idea de grabar como un delito penado con la
privación de libertad.
A
consecuencia de aquello, había abandonado la ciudad de manera
apresurada con un exilio, aparentemente voluntario, con prisas, con
decisiones precipitadas, con la vergüenza de no poder sostener la
mirada de mis familiares, amigos, todos aquellos que me conocían, y que -para colmo- tuvieron que colaborar para poner en marcha aquella huida hacia adelante; pero quizá no fueron solo, las acusaciones lo que me empujó a huir, sino
también mi incapacidad para defenderme.
Sin
embargo cuando apenas había comenzado a poner encima de la mesa mi
proyecto de vuelta, una imagen gregaria fantasmal irrumpió con voces
tratando de quitarme la fútil idea de que fuera a recuperar esos
años perdidos. Aquella figura que
parecía encarnar todos mis temores, me hizo comprender que no bastaba con
desear el regreso. Aquello implicaba volver a ser
juzgado por todos y a todos ellos.
Aquella
noche apenas dormí. Las voces regresaron, pero esta vez no eran
acusadoras ni insistentes, sino casi interrogativas. Me preguntaban
si lo que buscaba era justicia o alivio, si deseaba limpiar mi nombre
ante los demás o reconciliarme conmigo mismo.
A la
mañana siguiente, con la claridad que solo llega tras una noche de
desvelo, tomé una decisión distinta a la que había anunciado. No
renunciaba a volver, pero tampoco lo haría movido por el impulso de
borrar el pasado como si nunca hubiera existido. Regresaría, sí,
pero dispuesto a escuchar, a aceptar mi parte de responsabilidad y a
cerrar lazos.
Ahora,
cuando pienso en mi ciudad, ya no la imagino como un escenario de
confrontación, sino como un lugar donde cerrar un ciclo. No sé cómo
seré recibido ni qué encontraré allí. Tal vez nada haya cambiado.
Tal vez todo.
OPINIONES Y COMENTARIOS