Hablemos de Robertito

Hablemos de Robertito

Ula Mano

05/04/2026

Hablemos de Robertito. No en broma, no con risitas, sino con esa reverencia silenciosa con la que hablaría de tus manos, de tu sonrisa, de cómo frunces la nariz cuando te enfadas. Robertito no sabe mentir: delata tus emociones con un movimiento repentino, lleno de esperanza, llenándose de una alegría pura, inconsciente, cuando te toco. Lo amo por esa honestidad. El resto de ti puede cerrarse, puede ponerse la armadura que has construido para el mundo, pero él siempre es auténtico, hermoso, vulnerable.

Me gusta cómo a veces te sonrojas. Ese rubor rápido cuando te sorprendo mientras te cambias, esa sonrisa tímida y a la vez atrevida… Esa dualidad —mezcla de orgullo y vulnerabilidad— es lo que verdaderamente te define. En el mundo puedes ser seguro y fuerte, pero aquí, conmigo, hay en ti algo casi cómicamente tímido, suave, natural. Eso me conmueve infinitamente. Dan ganas de abrazarte y prometer que cuidaré de ti por completo, no solo de la parte que tan fácilmente muestras al mundo. Ese conocimiento es nuestro secreto.

Al final, amar a Robertito es amarte a ti. No se separa del hombre que se ríe de mis chistes tontos, que recuerda mis hábitos y aprieta mi mano en la oscuridad cuando afuera ruge la tormenta. Robertito es la encarnación física de la pasión que alimenta nuestra vida compartida, la prueba del deseo que nos mantiene unidos. Negar el amor hacia él sería negar la plenitud de mi amor por ti, borrar una línea esencial de la poesía de nuestros cuerpos.

Lo que más amo de él no es solo el placer, sino cómo sabe borrar el mundo. Cuando Robertito está en mí, surge un instante de unión perfecta, completa —se siente como volver a casa, a un lugar cuya pérdida ni siquiera sabía que existía. Llena el espacio, no solo el físico, sino también el interior, ese vacío de espera que solo él puede calmar. En cada movimiento habla el lenguaje de los sentimientos —simple, preciso, infalible—: soy deseada, soy amada. No hay esfuerzo ni juego, solo verdad desnuda, corporal.

Su ritmo nos pertenece solo a nosotros. No surgió de inmediato: pasó por discusiones y alegrías, por el cansancio y la enfermedad. Como una prueba silenciosa de nuestro vínculo, carne y memoria de todo lo vivido. En él encuentro una calma más profunda de lo que podía imaginar. Es el secreto entre nuestros cuerpos, el pulso que dice: estoy aquí, contigo. En ese momento tú eres fuerza de la naturaleza, y yo soy la tierra que te recibe. Y cuando parece que ya lo sé todo, me revela algo nuevo: una ternura lenta y paciente en los días en que necesito suavidad; una insistencia súbita y firme que responde a un deseo que aún no había sabido nombrar. Es un diálogo que no termina, una danza que me lleva a comprendernos mejor, a ti y a mí. Gracias a eso, nuestra cercanía no se vuelve costumbre —sigue viva, cambiando con nosotros.

Pero el amor no se limita a los momentos de pasión. Atesoro su historia, la narración silenciosa escrita en su piel. Conozco la pequeña cicatriz plateada de una caída de la infancia que casi no recuerdas. He besado mil veces esa huella del niño que fuiste. A veces la recorro con la yema de los dedos mientras duermes, sintiendo una ternura profunda hacia ese niño herido que creció y se convirtió en el hombre que amo. La leve asimetría, la casi imperceptible curvatura hacia la izquierda, la vena que traza su camino como un río en un mapa antiguo. Conozco a Robertito como las líneas de mi propia mano. También hay un lenguaje del gusto —primitivo, profundamente íntimo. No la esterilidad del jabón, sino la esencia viva, real. Al recibirlo, siento la sal de la piel y ese leve almizcle del deseo.

Y, oh sí, tiene carácter. De verdad. Puede ser atrevido, con una confianza casi cómica, presionándose contra mí con una mezcla de insistencia y juego. Y cuando sales de la ducha, parece encogerse y esconderse. En esos momentos ya no es un instrumento, sino una pequeña criatura indefensa. Dan ganas de protegerlo, de cubrirlo con las manos como a un pájaro herido. Esa dualidad —un roble poderoso y un brote frágil en uno solo— no deja de asombrarme. Me recuerda que la fuerza no es constante, que incluso lo más poderoso puede ser delicado.

Tenemos nuestro propio lenguaje de instantes, de impulsos súbitos e inevitables. Me gusta cómo Robertito habla con mi cuerpo incluso cuando estamos vestidos. Sentados con amigos, riendo, y de pronto atrapo tu mirada al otro lado de la habitación. Y en ese breve instante cargado aparece una sensación fantasmal —el recuerdo de su contacto— y todo lo demás desaparece. Es nuestra conversación secreta, un hilo de intimidad tejido en la vida cotidiana. Robertito guarda recuerdos a los que nadie más tiene acceso —un archivo vivo de cada impulso, cada susurro en la oscuridad, cada momento desnudo de cercanía.

Cuando Robertito se mueve dentro de mí, la mente se apaga por completo. Desaparecen listas, preocupaciones. Solo queda la sensación. Total, absorbente. El cuerpo se abre hasta un punto donde el mundo deja de existir. En esa entrega encuentro una fuerza extraña, casi paradójica, la clave de nuestra forma de amar. Solo queda confiar y soltar todas las defensas. Es lo más liberador que he conocido. Es un acto de devoción sin vergüenza, una reverencia ante la vida, el placer y el origen del hombre por quien soy capaz de todo. Es mi altar de entrega absoluta, y el cuerpo —una comunión sagrada, ofrecida voluntariamente.

Me encanta su nombre. Robertito. Cariñoso, diminutivo —contiene cercanía, juego, respeto y nuestro pequeño secreto atrevido. Pronunciarlo es como confesar en voz baja. Es una contraseña que abre un universo de sensaciones, convirtiéndote en alguien que me pertenece solo a mí.

¿Y el tiempo? Quiero ver cómo nuestra vida se imprime en él igual que en nuestros rostros. Robertito no siempre será tan insistente, tan incansable como ahora, y eso no es una pérdida, sino una transformación. La fuerza se volverá distinta —más serena, sostenida por la memoria y el afecto. Será el guardián de nuestra historia. Y yo seré quien la lea. Con amor por el hombre con el que quiero vivir la vida.

Robertito es un ancla en el caos. El mundo puede ser ruidoso, exigente, cruel. Nos desgarran las obligaciones y los roles. Pero aquí, en el espacio silencioso entre nosotros, hay una verdad simple, inquebrantable. La prueba tangible de que existe algo real. Cuando el ruido se vuelve insoportable, puedo tocarlo, sentir su peso bajo mi mano —y todo lo demás desaparece. Es el punto de apoyo que me devuelve a la vida que estamos construyendo juntos, contacto a contacto.

Al final, mi amor por Robertito es amor por la contradicción y la totalidad. Es suave y firme. Tímido y valiente. Fuente del placer más intenso y de la ternura más profunda. Avergonzarse de hablar de él con el mismo amor con el que hablo de tu corazón sería negar una parte de ti. Robertito eres tú. Pulso, calor, el lenguaje con el que tu cuerpo habla con el mío. No elijo —te acepto por completo, con toda tu fuerza, tu ternura y todo lo que es solo nuestro.

Y si algún día me preguntan qué es el amor, no harán falta palabras complicadas. Bastará con recordar a Robertito. Así es como te amo.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS