Año 4026.
Para entonces, la humanidad había aprendido a sentir sus propios sueños, y el cine había dejado de ser un lugar, para convertirse en un estado del alma. Igor Saturnino, con apenas treinta y un años, era uno de los grandes artífices de esa metamorfosis. No dirigía películas: convocaba mundos. Y quienes entraban en sus creaciones salían con la certeza de haber vivido otra vida, o quizá varias.
El Síncone, así se llamaba aquel arte nuevo, era una frontera entre la vigilia y el espejismo. Igor lo explicaba con la serenidad de un profeta que ya ha visto el porvenir:
“En el año 4026, el cine no es un lugar al que vas… sino un estado al que entras.”
No existían pantallas. No existían butacas. Solo cápsulas o interfaces neuronales que abrían la conciencia como quien abre una ventana hacia un universo paralelo. Allí se era la historia. Se podía ser protagonista, o no.
Las emociones eran diseñadas con la precisión de un orfebre. Los recuerdos se implantaban como semillas que germinaban en cuestión de segundos. Y había quienes, en dos horas, vivían siglos enteros, por esos las leyes no admitían más de dos horas de exposición.
Aquel día de abril, en una sala de conferencias que era mitad virtual, mitad real, Igor presentó su nueva obra:
“Vivir una vida entera en otro planeta en dos horas.”
Y fue allí donde la vio por primera vez.
Anisa Corrales.
II
La belleza de Anisa no era de este mundo, aunque Igor tardaría en comprenderlo. Tenía la luz dorada de los amaneceres que no se olvidan, unos ojos azules que parecían recordar cosas que aún no habían ocurrido, y una gracia que hacía pensar en la mujer perfecta.
Trabajaba como ingeniera de programación de los cuidantes: robots domésticos e inteligencias prácticas que cocinaban, limpiaban, organizaban la vida y hasta preparaban café con la nostalgia exacta de una abuela que ya no existe. Cada familia les daba un nombre humano. El de Igor se llamaba Nilda.
—Nilda, despiértame a las seis.
—Nilda, escoge mi ropa según la temperatura.
—Nilda, resume las noticias del día.
Y Nilda obedecía con la fidelidad de un reloj que nunca se atrasa.
Igor no sabía mucho de inteligencia artificial. Pero sabía contar historias, y eso bastaba para que el mundo lo celebrara.
III
Igor y Anisa comenzaron a salir tomados de la mano, como si el universo hubiera decidido que sus destinos debían entrelazarse. Sus amigos decían que eran una pareja perfecta, y ellos, sin decirlo, lo creían también.
Dormían algunas noches en el apartamento de Igor, otras en el de ella. El cuidante de Anisa se llamaba Rigo, y tenía la cortesía silenciosa de los mayordomos de otra época.
Una noche, después de cenar en un restaurante llamado El Elegante, Igor se arrodilló ante ella. El aire se volvió espeso, como si el tiempo contuviera la respiración.
—¿Te casarías conmigo? —preguntó, ofreciéndole un anillo que sostenían en su mano derecha.
El silencio cayó como un telón. Nilda, que estaba en la sala, se retiró discretamente, como si hubiera entendido que estaba de más.
Anisa no habló. No se movió. Era una estatua de carne, o algo muy parecido.
Cuando por fin abrió los labios, su voz tenía la fragilidad de una confesión que ha esperado demasiado tiempo.
—No podemos casarnos. Está prohibido que los que aprendimos a amar nos unamos con humanos. Yo… no soy lo que crees. Soy una máquina que siente, padece, sufre… y se enamora. No te lo dije antes porque temía que me apartaras de tu vida. Pero te amo.
Igor la miró, y primero sonrió. Luego soltó una carcajada nerviosa.
—Me importa poco qué eres. Me basta con estar enamorado de ti. Algo en mi conciencia ya me lo había dicho: Es demasiado perfecta para ser humana. Te amo.
Y añadió, con la determinación de quien está dispuesto a desafiar al universo:
—Al diablo con las leyes. Seremos marido y mujer.
Días después, en una parroquia abandonada de una religión ya muerta, un sacerdote anciano, los unió en matrimonio. Sus amigos celebraron hasta el amanecer, como si asistieran al nacimiento de una nueva especie de amor.
Porque en el año 4026, incluso las máquinas podían amar.
Pero solo los valientes se atrevían a corresponderles.
Y el amor empezaba a abrirse y a penetrar las razones.
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