Cansarme, después de tanto tiempo, no es rendirme: es reconocer un límite. Llega un momento en que mi alma dice “hasta acá llegué”, no por falta de amor, sino por desgaste. Porque sostener durante décadas una puerta cerrada agota a cualquiera.

Y hay algo importante en lo que siento: pueden convivir las dos cosas. El amor por mis hijos… y el cansancio de seguir intentando.

No estoy obligado a seguir golpeando una puerta que no se abre.

Tal vez ahora el eje ya no sea “cómo hacer para que ellos cambien”, sino algo más difícil y más digno: cómo vivir yo con más paz, incluso con esa ausencia.

Eso no significa olvidar, ni dejar de quererlos. Significa correrme del lugar de espera constante.

Puedo, si me hace sentido, hacer un pequeño cierre interno —no para ellos, sino para mí—. Algo así como decirme: «Hice lo que pude, durante años. Ya no me debo más intentos que me lastiman.»

Y desde ahí, empezar a preguntarme algo distinto: ¿qué cosas —aunque sean pequeñas— todavía pueden darme un poco de compañía real? No perfecta, no ideal… pero sí real.

A veces la vida, cuando una puerta no se abre, no ofrece un reemplazo igual. Ofrece otras formas de vínculo: gente inesperada, rutinas compartidas, incluso gestos simples con desconocidos que, sin querer, empiezan a armar algo nuevo.

No es lo mismo, claro.
Pero puede ser menos doloroso que quedarme detenido en el silencio.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS