No sé si el Viernes Santo
exige algo de mí, o si soy yo quien se lo exige a ese día. Tengo 72 años, y mi hermana, doce años menor, arrastra conmigo una historia que no es limpia: hubo robos, hubo heridas, hubo silencios largos como años.
¿Debo perdonar?
La pregunta no es religiosa solamente, es humana. Porque perdonar no es absolver ni olvidar, ni tampoco fingir que nada ocurrió. Perdonar, si llega, es otra cosa: es dejar de cargar con el peso que el otro dejó en uno.
Pero también hay una verdad incómoda: no todo se perdona en el calendario. Ni el alma responde a una fecha. El perdón no se decreta un viernes, aunque lo llamen santo. A veces llega tarde, otras veces no llega nunca, y en eso también hay una forma de justicia interior.
Quizás hoy no se trate de perdonarla a ella, sino de preguntarme si quiero seguir atado a lo que hizo. Tal vez el verdadero gesto —más silencioso, más difícil— sea soltar sin reconciliar, vivir sin esperar reparación.
Si el perdón viene, que venga sin obligación.
Y si no viene, que al menos no me quite la paz que todavía puedo construir.
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