En México, miles de niñas, niños y adolescentes viven bajo resguardo institucional. No aparecen en estadísticas cotidianas ni en conversaciones públicas, pero están ahí: creciendo entre normas, rutinas, cuidadores rotativos y una historia que casi siempre comienza con abandono, violencia o silencio.
Este texto nace de la experiencia directa con uno de ellos.
Tiene 12 años, es inteligente, irónico, desafiante. Se pelea, desobedece, insulta, rompe reglas. A veces parece que lo hace a propósito. A veces logra que todos a su alrededor se cansen.
Pero eso no es lo importante.
Lo importante es que no sabe cómo estar bien.
Desde muy pequeño aprendió que las personas que debían cuidarlo desaparecen, fallan o lastiman. Aprendió que el afecto es inestable. Que confiar es peligroso. Que depender de alguien puede doler
Y entonces hace lo único que sabe hacer: defenderse.
Se Opone
Evita
Provoca
Controla
Rechaza, antes de ser rechazado
Cuando se le pide que cumpla una norma, no escucha una regla: escucha una amenaza
Cuando se le exige orden, no siente estructura: siente pérdida de control.
Cuando se le corrige, no percibe guía: revive abandono
Y cuando ya no puede sostener lo que siente, explota.
A veces contra otros
A veces contra sí mismo
En un episodio reciente, tras una discusión, se arrojó al suelo, escupió a un cuidador y terminó golpeándose el rostro con sus propios puños
Muchos verían esto como un problema de conducta.
No lo es
Es una forma de lenguaje
Un lenguaje que no se aprendió con palabras, sino con experiencias.
Porque hay algo que pocas veces se dice con claridad:
Los niños institucionalizados no están “mal educados”. Están emocionalmente desbordados.
Su comportamiento no es el problema. Es la consecuencia.
En México, más de 8,000 niñas, niños y adolescentes viven en centros de asistencia social. Muchos de ellos llegan con historias de trauma complejo: abandono temprano, violencia crónica, abuso, negligencia.
Y el sistema que los recibe, aunque intenta protegerlos, muchas veces no alcanza a reparar lo que ya fue dañado.
Las instituciones dan estructura, pero no siempre logran dar vínculo.
Y sin vínculo, no hay regulación emocional.
Por eso algunos niños “mejoran” cuando ven a su familia —aunque esa familia haya fallado— y recaen cuando regresan al albergue
No es manipulación
Es apego
Es necesidad
Es humanidad
El verdadero reto no es que estos niños obedezcan.
Es que puedan sentirse seguros.
Seguros con un adulto. Seguros con una regla. Seguros consigo mismos.
Porque solo desde ahí pueden empezar a cambiar.
Si seguimos interpretando su conducta como rebeldía, responderemos con castigo.
Si empezamos a verla como dolor, podremos intervenir con sentido.
Y eso cambia todo.
No estamos frente a niños difíciles.
Estamos frente a historias difíciles.
Y entender esa diferencia no es un detalle técnico.
Es una responsabilidad ética.
Luis Omar Orozco
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