El trauma de Pablito no era un recuerdo, era una humedad pegajosa que se había filtrado en sus huesos. De día, el circo era una jaula de colores chillones donde el maquillaje se le derretía sobre la piel como cera, una careta que no podía contener la podredumbre que sentía por dentro. El olor a palomitas ya aserrín era un insulto, un perfume de felicidad que ahora le provocaba arcadas. Por la noche, sin embargo, el payaso se desprendía de su piel y se convertía en la cosa que había en su interior.
Se deslizaba por las grietas de la ciudad, una sombra con seda de degradación. Los callejones eran sus nuevos escenarios, y su público, los hombres cuyo olor a orina rancia y vino barato era el único aroma que lograba anular el recuerdo de sus violadores. Allí, de rodillas sobre el cemento frío y pegajoso, buscaba su absolución en la humillación más absoluta.
«Por favor… báñenme», susurraba a las figuras encorvadas que lo miraban con una mezcla de lástima y asco.
Y entonces llegaba el chorro. No era un simple flujo, era una marea caliente y acre que golpeaba su cara con la fuerza de una bofetada. El líquido se le metía en los ojos, cegándolo con un ardor salino, se le colaba por las comisuras de los labios, y él lo aceptaba, abriendo la boca para sentir el sabor amargo y metálico. Le corría por el cuello, empapando el cuello de su payaso, un río de desecho que lo purificaba con su propia suciedad. Sentía el calor penetrar su ropa, pegándose a su piel, y en esa humedad foránea, por un instante, el trauma se disolvía.
Pero el vacío en su ano seguía ahí, un agujero negro que succionaba su cordura. Necesitaba llenarlo, pero la mera idea de un pánico lo helaba hasta las entrañas. Necesitaba algo vivo, pero que no fuera un hombre. Algo salvaje.
Una noche, entre montañas de basura húmeda, sus ojos se encontraron con los de un gato. Un esqueleto cubierto de pelo sucio, con ojos que brillaban como dos ascuas verdes en la oscuridad. El animal siseó, erizando el lomo. Pablito no sintió miedo, sino un reconocimiento visceral.
La caza fue rápida y desesperada. Las garras del gato arañaron sus manos, dejando surcos finos y ardientes. Con el animal retorciéndose entre sus brazos, Pablito se desabrochó los pantalones y se agachó a cuatro patas, presentando su trasero como un altar. Con una mano temblorosa, guio al animal hacia su centro.
La penetración fue un caos de carne y furia. El gato, aterrorizado, se debate con una violencia salvaje. Sus garras se clavaron en las paredes internas de su recto, desgarrando la carne ya cicatrizada. Pablito emitió un sonido gutural, un grito ahogado que era puro dolor y puro éxtasis. Sentía el cuerpo peludo y convulso dentro de él, una presencia viva y luchona que llenaba ese hueco con una mezcla de agonía y plenitud. El animal maullaba, un sonido desgarrado que se mezclaba con los sollozos del payaso. Sentía el calor del animal, la textura áspera de su piel, el movimiento caótico de sus extremidades arañando todo a su paso.
Era una violación invertida, una profanación que él mismo orquestaba. El dolor era real, visceral, un torrente de fuego que recorría su espina dorsal, pero era su dolor. Un dolor que elegía, que lo anclaba a la realidad y le impedía ser arrastrado de vuelta a la carpa.
Cuando el animal, agotado, cesó su lucha, Pablito se quedó allí, temblando, con el cuerpo del gato aún dentro de él, un peso caliente y sangrante. La humedad de la orina se seca sobre su piel, y la sangre de sus heridas internas le manaba por los muslos.
El amanecer encontró a Pablito en el estado en que lo había dejado la noche: un amasijo de carne temblorosa y ropa empapada. El gato, finalmente liberado, había huido como un espectro, dejándolo con un vacío que ahora olía a sangre y miedo. Se vistió con movimientos automáticos, el cuerpo dócil y la mente en blanco. El camino de regreso al circo era un trance, cada paso un peso que lo acercaba a la máscara que debía volver a ponerse.
En la carpa, el olor a aserrín fresco le toca las fosas nasales como un insulto. Sus compañeros, con sus caras lavadas y sus uniformes impecables, lo miraron con extrañeza. «Pablito, estás ojeroso», le dijo la malabarista, su voz una nota discordante en la sinfonía de su zumbido interno. Él solo irritante, una comisura de labios que no alcanzaba sus ojos muertos. El maquillaje esa mañana fue diferente. La base blanca se sentía como un yeso que sellaba una tumba. El rojo, como la sangre fresca que aún podía sentir en sus muslos.
Los días se convirtieron en una repetición tortuosa. Durante el día, el payaso era una marioneta cuyos hilos estaban flojos. Sus chistes caían al vacío, sus pasos eran torpes. Los niños ya no se reían con él, sino de él. Sus compañeros empezaron a murmurar, a mirarlo con una mezcla de lástima y repulsión. El payaso olía, decían en voz baja. Un olor a humedad, a algo podrido.
Y era verdad. Pablito ya no se limpiaba del todo. Llevaba en su piel el fantasma de la orina ajena, un perfume de humillación que se había impregnado en sus poros. Y su ano, su centro sacrílego, era un pozo de dolor crónico. Se había vuelto adicto a la sensación de estar lleno, pero el gato ya no bastaba. El animal, tras la primera violación, huía de él a kilómetros de distancia. Pablito necesitaba más.
Sus rituales nocturnos se volvieron más desesperados. Ya no bastaba con la orina. Necesitaba la humedad, la calidez, la vida. Empezó a buscar en la basura no solo comida, sino objetos. Zanahorias largas y nudosas, botellas de vidrio con cuellos gruesos, trozos de madera pulida que se encontraron en talleres abandonados. Cada noche, en su rincón del callejón, se introducía estos objetos en el cuerpo. El vidrio frío le producía un escalofrío seguido de un ardor insoportable. La madera áspera le desgarraba la piel una y otra vez. Se sangraba, se hería, pero el hueco se llenaba. Y en esa penetración inanimada, encontró un eco del caos que necesitaba.
Una noche, en medio de su fiebre de autodestrucción, tropezó con algo diferente. Era un muñeco de trapo, abandonado en un charco. Tenía el pelo de hilo negro, ojos de botón y una sonrisa pintada con un rojo desvaído. Pablito lo reconoció. El muñeco estaba frío y mojado, pero sus piernas de tela eran largas y flexibles.
Una idea, retorcida y brillante, iluminó su mente quebrada.
Esa noche, de vuelta en su caravana, no salió a la ciudad. Se encerró con su nuevo tesoro. Desnudo, se acostó en su estrecha cama, el olor a su propia sangre ya su sudor llenando el pequeño espacio. Tomó al muñeco y, con una delicadeza reverencial, comenzó a introducirle una pierna en su ano.
La tela era suave al principio, pero a medida que la empujaba, se volvía áspera, absorbente. Sentía cómo el tejido se deslizaba, rozando sus heridas, empapándose de sus fluidos. No era el dolor agudo del vidrio ni el caos del gato. Era algo peor. Era una violación íntima, perversa. Estaba siendo penetrado por la inocencia, por un juguete de niño. La sonrisa pintada del muñeco lo miraba fijamente mientras él lo usaba para desgarrarse por dentro.
Se movió, usando la pierna del muñeco como un consolador casero, cada embestida más profunda, más violenta. El muñeco se balanceaba sobre él, su cabeza de trapo moviéndose en un sí grotesco. Pablito gimió, no solo de dolor, sino de una excitación oscura y repulsiva. Estaba violando su propio pasado, destruyendo la imagen del payaso feliz que una vez fue.
Cuando finalmente llegó, fue un orgasmo seco y doloroso, una contracción espasmódica que lo dejó vacío y temblando. Se quedó allí, con la pierna del muñeco aún dentro de él, el cuerpo del juguete manchado de su sangre y su suciedad. La sonrisa del muñeco ya no parecía inocente. Parecía burlarse de él.
Pablito había encontrado a su nuevo compañero. Ya no necesitaba salir a la calle en busca de humillación. Había traído la oscuridad a su casa, y ahora dormía todas las noches con el muñeco de trapo clavado en su alma.
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