Quedarse o Soltar

Nos estamos encontrando en un mundo donde conocerse se volvió un esfuerzo desproporcionado, como remar contra una corriente hecha de dudas, miedos y distracciones.

Hoy, interesarse de verdad en alguien parece un acto casi revolucionario.

Porque no alcanza con aparecer, hay que insistir. Sostener. Preguntar dos veces. Esperar respuestas que a veces nunca llegan.

Y en ese intento, uno empieza a preguntarse: ¿vale la pena tanto esfuerzo para algo que debería fluir?

Lo irónico es que mientras algunos construyen puentes con palabras, otros apenas lanzan migajas y aun así, parecen recibir más.

Como si el desinterés tuviera más valor que la intención, como si mostrarse indiferente fuera la nueva forma de ser deseado.

Y entonces duele, pero no por el otro, sino por la sensación de estar dando en el lugar equivocado.

Porque uno intenta conocer, escuchar, entender, mientras ve cómo alguien que no ofrece nada ocupa espacios que parecían hechos para algo más profundo.

O peor aún, empezás a pagar deudas que no son tuyas. Desconfianzas que no generaste. Silencios que no provocaste. Miedos que no sembraste.

Te miran con cuidado, te prueban, te miden… como si en cualquier momento fueras a hacer lo mismo que el anterior.

Es injusto, sí. Pero también es humano. Porque cuando alguien rompe a otro, no solo deja dolor: deja formas nuevas de defenderse, muros que no estaban, dudas que antes no existían.

Y ahí es donde la persona buena se enfrenta a su propia encrucijada: ¿me quedo a demostrar que no soy lo mismo, o me voy para no cargar con algo que no me pertenece?

No sé si hay una respuesta correcta. Pero sí una reflexión necesaria.

A lo mejor la solución no esté en competir, ni en endurecerse, ni en aprender a dar menos para recibir más.

Quizás la reflexión incómoda es otra: no todo lo que elegimos insistir también nos está eligiendo de vuelta.

Y hay una diferencia silenciosa, pero enorme, entre luchar por alguien y estar intentando convencer a alguien de que valemos.

Porque el amor (o al menos lo que vale la pena) no debería sentirse como una audición constante, ni como un lugar donde siempre hay que rendir examen.

Tal vez no se trata de por qué otros tienen más oportunidades, sino de por qué aceptamos quedarnos donde ser nosotros mismos no alcanza.

Y entender eso, aunque duela, también es una forma de empezar a elegir mejor dónde poner el corazón.

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS