
«Allí no corre el tiempo:
el aire quedó inmóvil
después de tantas lágrimas.»
Elena Garro
¡Por Dios! Ya tiene seis días que no para de llover. ¡Día y noche! A ratos la llovizna, que nomás te ilusiona, y luego otra vez el pinche aguacero. El sol dejó de alumbrar justo cuando la Julietita cayó enferma.
Primero la panza, luego la oreja, los mocos y esa diarrea de harta hediondez. Me bajé en chinga por el doctor. ¿La Julietita? Caliente la sesera y perdidos los ojitos entre las ojeras. Casi dos horas de camino jalando la bestia entre el lodo; puro resbalar en la vereda.
Al doctor lo encontré cenando. Se levantó de la mesa a fuerzas.
—No pudo venir —le dije a mi mujer—. Me dio aspirinas y un jarabe.
—En cuanto pare la lluvia subo a verla —dijo él.
Ojalá no parara nunca. Ojalá siguiera y siguiera lloviendo.
La Julietita murió hace tres días; se nos fue en un suspiro. Allí bajo la tierra debe tener mucho frío. Mi mujer me apura:
—Bajá al pueblo. Contále al doctor pa’ que no venga.
Yo nomás espero. Sentado. Afila y afila el machete sobre mis piernas.
—En cuanto pare la lluvia subo a verla —dijo.
Yo nomás espero. Ya me anda mucho por verlo.
© 2003 By Oscar Mtz. Molina
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