(Yajalón, 1958)


“Quede mi voz aquí para decir que estuvimos vivos.”

— Efraín Bartolomé


El primer recuerdo que guardo de una posada navideña viene de Yajalón, entre amigos de la infancia, vecinos y familiares. Las calles empedradas y resbalosas, las tardes frías y húmedas, la luz eléctrica amarillenta y mortecina. Aquella tarde, mi madre me vistió de pastorcito: un indito de calzones de manta y bigotes pintados con carbón.

La representación era allí, en la calle donde los ingeniosos varones habían construido un pesebre. Al frente estaba la Virgen, representada por la tía María del Carmen, considerada sin duda la más hermosa de las jóvenes; una mezcla de sangre chiapaneca, libanesa, alemana y española, con un chorrito de indígena. San José era un papel que le venía al pelo a otro pariente, el tío Anselmo, un inútil y bueno para nada que se pasaba las tardes dando vueltas para lucir su galanura y su barba.

En el pesebre había un burro de carne y hueso, pastorcitas, pastores y perros con sus correas. Caballos y hasta una vaca de verdad. Un primo recién nacido hacía de Niño Jesús; bueno, ya no tan recién nacido, tenía casi un año. Era regordete, blanco y con lo más preciado: ondulados cabellos rubios.

—La mismita representación del Niño Dios —dice mi madre que oyó decir a una vecina.

Al terminar la cantaleta pastoril, hubo kermés con ponche, rompope y antojitos. Pan y café de Yajalón. Música y, por qué no, baile. En la kermés se «robaban» a los niñitos (estos sí, de cerámica y barro). Había guardias romanos, gentiles y pastores con funciones policiales que perseguían a los ladrones, los amarraban con mecate y los llevaban a una cárcel hecha de caña de maíz y barrotes de papel de China.

En la kermés se vendían rifas y también besos. Una de las que los vendía era mi maestra de primaria. Yo tenía once o doce años. Según mi memoria, era la que más gente tenía en espera; la fila se extendía dos o tres cuadras. Era jovencita, recién iniciada en el magisterio y oriunda de Tuxtla. De tez blanca e intensos ojos claros; la recuerdo delgada, de cintura estrecha y talla menuda.

Después de la larga espera, finalmente llegó mi turno. Pagué lo convenido por un beso en la mejilla con el nerviosismo invadiendo mi alma. Justo al acomodarme, los cohetes alzaron el vuelo; explosiones multicolores iluminaron el cielo entre gritos de alegría. Hubo un descuido y el beso de mi maestra no fue en la mejilla, sino en la boca. No fue fugaz, sino prolongado. Redención y pecado en una misma posada.

—¿Cómo es posible, hijo, que tengas tanta memoria de aquella posada? —me dice mi madre cincuenta y tantos años después. Yo soy ya un barejón de sesenta y cuatro, soltero empedernido.

—Fue porque me vistió usted de pastorcito, mamacita —le respondo.

Claro, a ella no le dije lo del beso y mucho menos lo de la maestra. Tendrían que haber visto mi cara dos o tres semanas después, cuando volvimos a la escuela.

—Fue en la mejilla —dijo la maestra ante mi insistencia de que el beso había sido en la boca.

La maestra, de cuyo nombre no me quiero acordar, se casó algunos meses después con el tío Anselmo, el inútil que hizo de San José. Mi historia pasó a ser un eterno calvario de visitas dominicales al compartir el tiempo con aquel ángel en forma de mujer convertido en mi tía. Así ha sido siempre.

Yajalón sigue con sus noches de sereno y sus mañanas húmedas. Sus tardes grises engalanadas por largas pláticas en torno al café y al pan recién horneado. Los recuerdos saltan de un pariente a otro.

—Te quedaste a cuidar a tu mamacita, hijo —dice algún familiar en turno.

—¡Sí! —es el monosílabo con el que respondo.

—Algún secreto guardas, hijo. Algún pecado inconfesable —dicen las hermanas de mi padre, tías octogenarias siempre de luto.

—El beso fue en la mejilla —me dijo un día la maestra, siendo ya mi tía. Su matrimonio con el tío Anselmo rondaba el décimo aniversario. Yo recién cumplía los veinte años.

—Fue en la boca —le respondí.

Seguía siendo hermosa, de mirada inquieta, delgada y de cintura estrecha; firmes los muslos y las nalgas. Muy hermosa y, desnuda, más todavía.

©2020 By Oscar Mtz. Molina

Etiquetas: tradiciones cuentos

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