Llamalo realidad, llamalo vida, llamalo como quieras. El mundo opera por goteo. Más que al alcance de la mano viaja pegado a la epidermis (incluso más adentro) y de muy cerca (está probado) el ojo no ve. Con el tiempo, la mirada se vuelve redundante y lo evidente, irrevocable. Un día despertás y te das cuenta que las certezas te secaron. Lo cotidiano se agradece, por supuesto. Y la vida. Pero que no quede una rendija por donde poder colar una extrañeza es demasiado. Y desmontar este aparato de obviedades parece costar caro. ¿Tarde para sublevarse? Suerte con el intento.
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