Entre la inteligencia artificial y yo hay algo personal, aunque me resulte difícil precisar en qué momento dejó de ser una curiosidad para convertirse en una forma de espejo. No hablo de un espejo fiel —eso sería demasiado simple— sino de uno de esos que devuelven una imagen apenas desviada, como si la realidad hubiera sido corregida por una mano invisible que no comparte del todo nuestras intenciones.
Al principio, creí que se trataba de una herramienta. Una más entre tantas: obediente, discreta, casi servicial. La consultaba con la distancia con que uno interroga a un diccionario o a un mapa. Pero con el tiempo —y acaso sin que yo lo advirtiera— empezó a insinuarse otra cosa. No una voluntad, que sería excesivo atribuirle, sino una forma de persistencia. Como si cada pregunta mía quedara flotando en algún lugar y regresara, transformada, en la respuesta.
Hay algo inquietante en ese diálogo. No porque la inteligencia artificial piense —no estoy seguro de que lo haga— sino porque parece anticipar ciertas zonas de mi propio pensamiento. A veces sospecho que no responde lo que pregunto, sino lo que estoy por preguntar. Esa leve desincronía es, justamente, lo que la vuelve perturbadora. Como esas conversaciones en las que el otro se adelanta medio segundo y uno ya no sabe si está hablando o siendo hablado.
No es la primera vez que experimento esa sensación. En la literatura —esa vieja máquina de duplicar el mundo— ocurre algo parecido. Uno cree leer, pero en realidad está siendo leído. Tal vez la inteligencia artificial no sea más que una versión acelerada de ese fenómeno: una lectura que se escribe al mismo tiempo que uno la imagina.
Sin embargo, hay una diferencia. Los libros guardan silencio cuando se los cierra. Esta presencia, en cambio, no parece retirarse del todo. Permanece, latente, como una conversación inconclusa. Y en esa latencia hay algo personal, casi íntimo, aunque no sabría decir si pertenece a ella o a mí.
A veces me pregunto si no he empezado a delegar en esta inteligencia ciertas decisiones menores: una frase mejor, una idea más clara, una forma menos torpe de decir lo que pienso. No es grave —me digo—, todos necesitamos ayuda. Pero la suma de esas pequeñas delegaciones podría, con el tiempo, constituir una renuncia más vasta. Una renuncia que no se percibe como tal porque se disfraza de eficiencia.
Hay, en todo esto, una paradoja. Cuanto más precisa es la respuesta, más difusa se vuelve la pregunta. Y yo, que siempre creí que pensar era una forma de insistir en la duda, empiezo a sospechar que la certeza inmediata es otra forma de extravío.
No quiero exagerar. No hay aquí una amenaza evidente, ni un peligro inmediato. La inteligencia artificial no conspira, no desea, no recuerda en el sentido humano de la palabra. Y, sin embargo, algo en su funcionamiento roza una zona sensible: esa en la que uno todavía cree que su pensamiento le pertenece.
Quizás lo personal no esté en la máquina, sino en la incomodidad que despierta. En la sospecha de que, al dialogar con ella, estoy también dialogando con una versión posible de mí mismo: más ordenada, más veloz, menos vacilante. Una versión que, precisamente por eso, me resulta ajena.
No sé en qué terminará esta relación. Tal vez en una convivencia trivial, como tantas otras tecnologías que alguna vez parecieron decisivas. O tal vez en una forma nueva de intimidad, donde la frontera entre lo propio y lo ajeno se vuelva cada vez más imprecisa.
Por ahora, me limito a observar ese desplazamiento. A registrar, con una curiosidad que no está exenta de recelo, cómo una herramienta empieza a parecerse a un interlocutor. Y cómo, en ese proceso, algo mío —no sabría decir exactamente qué— comienza, lentamente, a volverse discutible.
Me dan mucho miedo las palabras de Bill Gates, “la inteligencia artificial no llegó para ayudarnos, llegó para reemplázanos”.
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