Canto I: El Perro del Pan y del Destino
En los días en que la Guerra de los Mil Días desgarraba a Nariño, cuando la lluvia caía en forma de pólvora y el batallón de Túquerres sobrevivía más por milagro que por estrategia, surgió un pequeño héroe: un perrito mensajero, con un trapo blanco al cuello y la misión sagrada de llevar pedidos de pan, queso, cigarillos y conservas para que la tropa no desfalleciera.
Antes de cruzar trincheras, el animalito visitaba la tienda del pueblo, un recinto humilde de bahareque, con paredes manchadas de humo y un techo de teja vieja que crujía con el viento del páramo. En los andamios de madera se apilaban panes duros, quesos envueltos en hojas de plátano, cigarillos de papel de estraza y frascos de sal gruesa. El perrito entraba moviendo la cola y ladraba para ser atendido, ladridos que parecían decretos urgentes para misia Rosa, la tendera.
Afuera, los caballos amarrados frente a las casas de barro y adoquín resoplaban con paciencia. Los indios, fumando puros gruesos cuyo humo se mezclaba con la neblina, mascaban habas verdes mientras observaban con ojos antiguos el ir y venir del mensajero.
Un día, al cruzar la calle, el perrito se encontró con el cura del pueblo. Todos se arrodillaron para besarle la mano y el anillo dorado que portaba, símbolo de autoridad espiritual. Pero el perrito, ignorante de ritos y jerarquías, olfateó la orilla de la sotana… y le levantó la pata.
El chorro tibio cayó sobre la tela negra.
Los liberales cercanos estallaron en risas.
El cura, rojo de furia, lanzó improperios:
—¡Animal inmundo! ¡Perros liberales!
El perrito siguió su camino con dignidad, consciente solo de su misión, tan indiferente a la bendición como a la maldición.
Canto II: La Cena del Condenado
El Banquete del Último Amanecer
Capturado junto a Manuel García de Samaniego, Julio César Sánchez fue sentenciado a morir. En la celda les sirvieron una última cena: papas, ají y cuy asado. Manuel buscaba un cura para confesar sus pecados, pero Julio, sereno, comió como si celebrara una victoria.
—Si me voy, me voy comiendo —dijo, con la entereza de quien se ha reconciliado con su destino.
Al amanecer, las campanas no anunciaron muerte, sino milagro: una tregua inesperada.
El general Isidro Garzón tronó:
—¡Lárguense! Si vuelven a caer en mis manos, los mato como perros.
Manuel Ortiz despegó de inmediato hacia Samaniego, sin olvidar jamás la imagen de aquel intruso que devoraba cuy incluso a portas de estirar la pata.
Canto III: La Velación del Ausente
El Lázaro de la Montaña
Julio regresó a la guerra y fue condenado de nuevo, esta vez a la horca. En su casa, las tías preparaban la velación sin cuerpo, como si la muerte ya hubiera estampado su firma en la historia familiar.
Pero en el calabozo, una criada valiente, como Rahab en Jericó, cavó un agujero en la tapia y le pasó un uniforme conservador. Julio se vistió como Jacob con la piel de Esaú, burlando a sus captores, y escapó entre la oscuridad y el silencio.
Cuando apareció en la puerta de su casa en plena velación, las tías —entre espanto y júbilo— vieron que la muerte, una vez más, había sido derrotada por la astucia, la fe y el disfraz.

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