
«Bajo mis pies el barro no es silencio,
es un nombre que se ha quedado ciego.»
— Juan Bañuelos
—Daba miedo —recuerda ahora mi madre.
—Daba miedo aquel taconeo sonoro, aquel silbido en medio de la profunda oscuridad. Jamás intentamos asomarnos —agrega, y guarda silencio.
Tenejapa estaba enclavada en un enorme hoyo rodeado de montañas. En aquel tiempo, la llovizna era un velo que nunca terminaba de caer. Cuenta ella esto mientras limpia de maleza sus macetas y persigue alguna mariposa con la mirada.
Al caer la noche, se hacía presente el Sereno. Recorría las calles con su farol y su bastón de madera negra. Una noche, el miedo se volvió curiosidad y mi madre-niña acercó el ojo a la rendija de la puerta. Vio pasar la luz, pero las gotas de lluvia no se estrellaban contra el hombre: lo atravesaban como si fuera humo. Escuchó el silbido largo y frío, un sonido que no nacía del metal del silbato, sino del aire mismo. Bajo el ala del sombrero solo habitaba un vacío de sombra, y el hombre, sin dejar huellas en el lodo, seguía su marcha como una prolongación de la misma niebla.
—Mi abuela decía que antes de ser aire, ese hombre tuvo peso y nombre —añade ella ahora, bajando la voz.
Contaban los mayores que en una noche de diluvio negro, él bajó a las grietas del K’atinbak
porque la tierra tenía hambre. No hubo forcejeos; simplemente dejó que el ach’el le reclamara las rodillas mientras su biil se deshacía en el aire. Aquel primer silbido no fue de vigilancia, sino el aire escapando de un cuerpo que aceptaba volverse el cimiento de Tenejapa. Un ch’ulel que se entregó para que el lodo dejara de devorar los sueños de los vivos.
Aquel silbido no se apagaba con el sol, solo se hundía en las grietas para volverse agua. Mi madre-niña solía pegar el oído al suelo después de la llovizna; juraba que el barro latía con un pulso lento, como el de un animal dormido en el fondo de la olla.
Hoy, el pueblo está cubierto por esa costra gris que pretende silenciarlo todo. Pero mi madre sabe que es un engaño. Me mira con sus ojos pequeños y señala una grieta en la banqueta, por donde asoma un brote verde, terco y minúsculo. Un silbido agudo parece escapar de esa hendidura, raspando contra el concreto.
—Mira —susurra—, es el aliento de los que se quedaron abajo. El Sereno no se fue, solo cambió de sitio. Ahora que no tiene calle que recorrer, se ha vuelto el ch’ulel
de las grietas.
Tenejapa, como muchos otros lugares, amanece ahora con bocas abiertas: socavones de sombra, bostezos silenciosos de la tierra que de repente se tragan pedazos de calle, laderas que se hunden de golpe. No son fallas del suelo; es él, cobrándose el aire que le robamos, abriendo grietas a dentelladas para que la tierra, por fin, pueda soltar el suspiro que lleva contenido tanto tiempo.
Me acerqué a la orilla del socavón que se abrió frente a la antigua casa cural. Abajo no había tuberías rotas ni cimientos de piedra; solo un vacío que olía a tierra húmeda y a sueño antiguo. Al fondo, entre el desmoronamiento del asfalto, creí ver el destello de un farol que no iluminaba, sino que absorbía la poca luz que quedaba en la tarde. Un silbido, esta vez cargado de una vibración que me caló los huesos, subió desde el fondo del agujero. No era un sonido de paz; era el rascado de un bastón de madera negra contra las paredes de tierra, un golpe rítmico y furioso que exigía espacio. Comprendí que los socavones no son accidentes: son sus pasos volviendo a tener peso.
Me alejé del borde con el frío del silbido todavía pegado a la nuca, sin saber si lo que escuché fue un lamento o una amenaza. Al llegar, mi madre seguía ahí, estática frente a su brote verde. No me preguntó qué había visto; se limitó a señalar con la barbilla hacia la calle, donde el asfalto parecía ondularse bajo la luz de las farolas.
—Ya no cabe —dijo apenas, como quien anuncia una lluvia que nunca termina de caer.
Me quedé a su lado, mirando cómo la sombra de los cerros se tragaba las últimas luces del pueblo. No sé si los socavones son el paso del Sereno o si es la tierra misma que se cansa de nosotros. Solo sé que, bajo mis pies, el concreto vibraba con un pulso que no era el de los autos ni el de las máquinas. Era un latido sordo, profundo, que parecía esperar el momento exacto en que la costra gris terminara por ceder. Mi madre cerró los ojos, y por un instante, el silbido del viento y su respiración fueron una sola cosa perdiéndose en la niebla.
Sabe que el mundo, bajo la niebla de Tenejapa, es solo espejismo y aliento.
©2026 By Oscar Mtz Molina
Glosario de términos tzotziles:
* K’atinbak: Profundidad de la tierra / Inframundo.
* Ach’el: Lodo o barro primordial.
* Biil: Nombre / Identidad.
* Ch’ulel: Alma o esencia vital.
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