A los diecisiete años, mi mundo se reducía a un salón sofocante en Chigorodó y a una lista de asistencia que amenazaba con exponer mi ignorancia. El «sí» que pronuncié por teléfono no fue solo una respuesta a una oferta de trabajo en Medellín; fue el sonido seco de una cadena rompiéndose.
Salí del colegio sin pedir permiso y sin recoger mis cuadernos, dejando sobre el pupitre los restos de una vida que ya no me pertenecía. Cargaba únicamente la bendición apresurada de mis padres y un tiquete de bus comprado con los últimos ahorros.
Mientras el motor rugía, me quedé fija frente al vidrio trasero, viendo cómo el pueblo se hacía pequeño hasta convertirse en un punto de polvo en la carretera. Iba tras la vida que me habían prometido, sin sospechar que la ciudad me recibiría con lecciones más crudas que cualquier examen de inglés, y que el precio de la libertad, a diferencia de los pasajes de bus, siempre se termina pagando por adelantado.
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