Las manos de Micah sostenían los delicados copos de nieve que descendían con elegancia desde el cielo. Si usaba el suficiente poder, era capaz de encerrarlos en una pequeña burbuja de aire y después congelarla para así preservar el copo de nieve. Ya tenía varias burbujas guardadas dentro del bolsillo de su abrigo, sonaban como canicas cuando jugaba con ellas mientras esperaba con nerviosismo a Víctor.
Víctor, el vampiro que había conocido durante una de sus misiones. Aún no descifraba del todo sus sentimientos hacia él, o quizá, simplemente tenía miedo de aceptarlos. Lo cierto era que una cándida sonrisa iluminaba su rostro cada vez que se encontraban y ese día no era la excepción. Tan pronto como escuchó sus pisadas sobre la nieve, sintió a su corazón dar un considerable brinco de alegría.
—¿Esperaste mucho?
Víctor le preguntó, llevaba puesta una bufanda que le cubría hasta las mejillas y que hacía resaltar el color dorado de sus ojos.
—No realmente —el mago respondió, aunque se preguntó si había creado una burbuja por cada minuto consumido.
—¿Entramos?
Micah asintió con la cabeza.
Ambos habían acordado de verse en el castillo encantado, aquel que se pintaba de acuerdo a las estaciones del año; en invierno, un manto blanquecino le cubría de pies a cabeza, los pinos que colmaban sus jardines lucían hermosamente albinos, solo habría que tener cuidado con las escaleras que llegaban a ser resbaladizas.
Luego de que Micah usara una fina ráfaga de viento para abrir la cerradura, los dos jóvenes ingresaron al castillo e inmediatamente quedaron boquiabiertos ante la magnífica belleza de su interior. Nunca habían visto una arquitectura tan escrupulosa, y aquellos colores iridiscentes que se reflejaban en los ventanales parecían danzar de felicidad por sus nuevos visitantes.
Cerca uno del otro, Micah y Víctor recorrieron los pasillos del castillo. Pudieron observar que las pinturas en los cuadros se movían, que las escaleras cambiaban de lugar, que el eco de sus risas se mezclaba con los crujidos del fuego azul en las antorchas. En un par de ocasiones, Micah hacía trucos con pedazos de hielo que se encontraban en el camino, los derretía solo para volver a congelarlos en forma de rosas.
Antes de que el crepúsculo se uniera a su visita, el mago le obsequió a Víctor una de esas canicas con la forma intacta de un copo de nieve en su centro. Micah siguió caminando para ocultar el sonrojo en sus mejillas mientras que Víctor permaneció enmudecido y con el corazón desbocado.
OPINIONES Y COMENTARIOS