Desde la primera página, supe que los muertos del autor serían también mis muertos, porque a pesar de que la muerte es la única certeza transversal a la vida, el cómo y el cuándo es un enigma al que le tememos; por eso hay quienes viven cada día con tal intensidad que lo único que se llevan y nos dejan es una colección de recuerdos. Hay quienes viven poco, pero su existencia fue un punto de encuentro de varias humanidades, que conectaron a través de allí y permanece en la memoria de quienes le rodearon. Pero también hay otros tantos que dejan amores inconclusos, palabras sin decir, corazones rotos y sillas vacías que nunca se llenan, pero creyendo que a veces el espíritu y la presencia de quienes no están, sigue por ahí dando vueltas, acompañándonos cada tanto, como en un arcoíris que se nos muestra después de una tarde de lluvia con el arribo del sol nuevamente, en un roce del viento que nos acaricia el rostro y también en un sueño vívido que nos hace añorar y, algunas veces, llorar.
Crear arte con el cual muchas personas se puedan llegar a sentir identificadas no es una tarea fácil. Para muchos escritores, la escritura es una posibilidad de atesorar memorias para la posteridad. Ahora, que esas memorias contribuyan a evocar las memorias de los otros sobre sus propias vivencias, ya es un logro del cual el autor se puede enorgullecer.
Escribir permite liberar el alma y poner en palabras todos esos sentimientos que nos componen a los seres humanos; sentimientos que nos engrandecen, minimizan, enojan y a veces, sentimientos que sacan lo peor de nosotros sin un grado de consciencia. Escribir permite mantener vivo el recuerdo de las personas que han pasado por nuestras vidas y nos han moldeado el carácter y los sueños, los pensamientos.
Escribir es un acto de liberación que permite imaginar escenarios fantásticos, pero en otros casos, nos permite simplemente contar una historia que teníamos atravesada entre pecho y espalda.
Tuve dos pausas y cinco actos reflexivos a lo largo del libro. Esas pausas ameritaban respirar profundo, tomarse un café, dejar que se secaran las lágrimas que me encharcaron los ojos y que trataba por todos los medios que no rodaran por las mejillas. El papito Toño es la representación de todos nuestros abuelos que ya no están; esos abuelos que crearon, criaron y amaron.
Y Fureza es aquella mascota que todos amamos, que nos acompañó en nuestros ires y venires sin dimensionar siquiera lo que su presencia representaba. Y decir adiós, adiós para siempre, porque no sabemos después de la muerte qué hay. Por eso, la única certeza en la vida, es la muerte y estar en paz con ello es la tarea difícil e imposible para algunos.
Todos mis muertos, me hizo reafirmar mi amor por la vida, la gratitud por la compañía que tuvimos de nuestros queridos mientras estaban en vida y las enseñanzas que quedan después que los perdemos.
Todos mis muertos, me hizo pensar en todos los funerales a los que fui desde que era una niña, por eso, a diferencia del autor, yo no le temo a la muerte. Mi inventario es extenso, se volvió paisaje y lo que se naturaliza, ya no genera tanto temor. Genera dolor, eso sí, pero ya no tanto miedo.
¿Qué habrá después de la muerte? Es una pregunta que nos hacemos todos. Puede ser la nada, puede ser la vida eterna, puede ser un salto a una nueva dimensión o simplemente, puede ser que la materia que habitamos en un cuerpo se transformó y creó un nuevo cuerpo.
Lo único que quiero creer es que después de la muerte, haya un algo habitado con los espíritus y los recuerdos de las personas que fuimos perdiendo a lo largo de la vida.
Lo mismo le deseo a Eisen, que todos sus muertos se sientan orgullosos, honrados, amados y recordados, porque este libro es eso, un inventario de sus amores ahora ausentes.
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